Casi dos horas después del pitazo final, cuando el estadio estaba vacío y el partido contra Suiza ya había quedado atrás, Lionel Messi apareció por la zona mixta. Fue el último jugador de Argentina en salir. Había pasado por el control antidoping y, para entonces, la clasificación a las semifinales ya empezaba a transformarse en historia.

Otra vez Messi caminó despacio. Se detuvo, habló, sonrió y quizás todavía no había terminado de dimensionar que acababa de romper otra marca más. Será el primer futbolista argentino en disputar tres semifinales de un Mundial. Lo hizo en Brasil 2014, en Qatar 2022 y en esta Copa del Mundo.

“Impresionante, ¿no? Poder estar una vez más, o que Argentina esté una vez más en una semifinal, que estemos entre los cuatro mejores. Es muy lindo”, dijo.

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A esta altura, los récords parecen perseguirlo porque Messi ya no juega para alcanzarlos. Simplemente aparecen en el camino; cada partido agrega una cifra, rompe una barrera o abre un capítulo que parecía imposible. Su carrera se convirtió hace tiempo en una colección de marcas, pero quizás ninguna estadística alcance para explicar completamente lo que está haciendo. Porque Messi sigue ahí.

A los 39 años, después de haber ganado lo que buscó durante toda su carrera, después de haber levantado la Copa del Mundo y de haber completado el casillero que durante tanto tiempo pareció perseguirlo, podría haberse ido. Podría haber elegido el recuerdo perfecto y podría haberse despedido en lo más alto. Pero no.

Estiró su carrera, volvió a ponerse la camiseta argentina, se metió en otro Mundial y ahora acaba de estirarla, al menos, un partido más. Messi se niega a dejarla, quiere disfrutar hasta el último segundo.

Durante muchos años jugó con la obligación de ganar un Mundial; con esa mochila invisible que crecía después de cada torneo. En cambio hoy juega sin esa deuda, pero con una ambición intacta. “Este grupo no se cansa de seguir haciendo historia, de seguir queriendo más”, aseguró.

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Messi hablaba del equipo, pero también podría haber estado hablando de él. Porque si existe una virtud que Messi trasladó definitivamente a esta Selección es esa inconformidad. Argentina aprendió a ganar, pero también algo quizás todavía más difícil: a no conformarse después de haber ganado.

Fue campeona de América, levantó la Finalissima, se consagró campeona del mundo en Qatar, volvió a ganar la Copa América, y ahora está otra vez en una semifinal mundialista. “No es normal lo que hizo este grupo. Ser campeón del mundo, ganar la Copa América y volver a estar otra vez en una semifinal; entre los cuatro mejores, no es normal”, reconoció.

Tampoco es normal que Messi siga allí. Su influencia sobre esta Selección no puede medirse solamente en goles, asistencias o partidos. Está en la manera de competir, en la naturalidad con la que un equipo que ya ganó todo vuelve a exponerse, en la exigencia y en esa sensación permanente de que siempre queda algo más.

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Argentina pudo haber sentido que el ciclo estaba completo en Qatar, pero no pensó así. Messi tampoco.

Contra Suiza volvió a dar otro paso. Esta vez, el golpe decisivo llegó desde los pies de Julián Álvarez. Un golazo que Messi celebró como si fuera propio y que después elogió públicamente. “Hizo un golazo, pero no es la primera vez. Ya tiene varios así. Tiene un golpeo muy bueno y lo viene demostrando durante muchísimo tiempo”, destacó. También celebró que tanto Julián como Lautaro Martínez hayan convertido: “Los necesitamos de esta manera a los dos”, afirmó.

Durante años, Argentina necesitó que él resolviera casi todo. Ahora sigue siendo el centro emocional y futbolístico de la Selección, pero alrededor suyo existe un equipo capaz de responder. Julián y Lautaro aparecieron cuando la situación lo pedía. Otros corren, otros presionan y están también los que pueden definir una noche.

Messi sigue siendo Messi, pero ya no está solo, y quizás esa sea una de las razones por las que todavía está acá.

Esta Selección le permitió prolongar su historia y él, al mismo tiempo, le dio a esta Selección una forma de entender la competencia. Se retroalimentan. El equipo quiere seguir ganando por sí mismo, pero también parece empujado por una misión que nadie necesita pronunciar: regalarle a Messi una última oportunidad de llegar hasta el final.

Nadie sabe cuándo será el último partido, nadie quiere ni siquiera pensarlo. Tal vez ni siquiera él lo desea así. Pero cada vez que Argentina avanza, la despedida vuelve a correrse un poco más lejos.

Ahora será Inglaterra, una semifinal del Mundial, contra una potencia. Además, un rival que guarda una particularidad en la interminable carrera de Messi: nunca lo enfrentó. “Es especial porque es mi primera vez. Jugué contra todos menos contra Inglaterra”, contó. “Es una selección grande, una potencia y siempre es lindo jugar contra selecciones así; partidos de este estilo, una semifinal de un Mundial”, aseguró.

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Hasta eso parece haberle reservado esta historia. Después de tantos partidos, tantos rivales, tantos Mundiales y tantos escenarios, todavía queda algo nuevo para Messi: Inglaterra.

El desafío será enorme. Argentina llega con el desgaste acumulado de un torneo que ya empezó a exigir piernas frescas, cabeza y capacidad de recuperación. “Venimos de mucha acumulación y mucho desgaste. Hay que intentar descansar y llegar en las mejores condiciones para poder hacer lo que venimos haciendo y queremos, que es competir”, lanzó.

Messi sigue porque todavía quiere competir. No parece perseguir récords, aunque los récords sigan cayendo a su paso; tampoco necesita demostrar que es capaz de jugar una semifinal, aunque esté a punto de disputar la tercera y mucho menos necesita ganar un Mundial para completar su historia, porque esa historia ya está completa.

Casi dos horas después de la clasificación, Messi fue el último en abandonar la zona mixta. Para entonces, Suiza ya era pasado y del otro lado empezaba a aparecer Inglaterra.

Messi sigue corriendo el final un poco más lejos. Argentina le regaló un partido más y él todavía no parece dispuesto a que sea el último.