Sexualmente hablando: ¿gozan las feministas?

Sexualmente hablando: ¿gozan las feministas?

Sexualmente hablando: ¿gozan las feministas?

Entre las muchas creencias erróneas que circulan alrededor de la sexualidad femenina, está la que sostiene que, cuanto más baja sea la clase social y el nivel de instrucción de una mujer, mayor es su capacidad para gozar. A esto se refiere la sexóloga argentina María Luisa Lerer en su ya clásico “Sexualidad femenina. Mitos, realidades y el sentido de ser mujer”. En efecto, que “las mujeres primitivas o de clases marginales gozan más del sexo” es una idea bastante difundida. Como si las “simples” y no demasiado informadas se encontraran más próximas a la naturaleza, motivo por el cual serían capaces de dejarse llevar fácilmente por el deseo que conduce al orgasmo.

Pensamiento responsable, sostiene Lerer, de otra falacia: cuanto más evolucionada, liberada y feminista es una mujer, “más lejos estaría de reaccionar con femenina sexualidad por encontrarse cubierta por valores masculinos, por dilemas intelectuales del sistema dominante y poseer una razón desarrollada que impide su goce”. Y continúa: “Se estereotipó a la mujer de alta capacidad orgásmica como un animalito salvaje, una mujer tribal o una campesina algo brutalizada por el trabajo, que puede entregarse sin trabas a toda clase de lujurias nocturnas”. Del mismo modo, a la mujer intelectual se la calificó de “frígida”.

Lo cierto es que los hechos demuestran exactamente lo contrario: muchas investigaciones -empezando por las de Alfred Kinsey en los 50 o las de Reainwater en los 60- han comprobado que, cuanto más elevado es el nivel sociocultural de una mujer, con mayor constancia, frecuencia e intensidad alcanza el orgasmo. Entrevistas intensivas realizadas con mujeres de bajos recursos materiales y simbólicos de distintos países demostraron que, en general, no disfrutaban del contacto sexual y que para ellas era más un deber conyugal que un motivo de placer y gratificación. Una de las hipótesis causales de esta realidad es que en esos ámbitos suele ser más marcado el machismo y los roles de género están rígidamente separados y diferenciados; hay poca atención de parte del varón para los reclamos íntimos de sus mujeres, los que, por otra parte, raramente se producen. Realidad que contrasta con la de las familias de clase media, en las cuales los papeles se han ido haciendo menos precisos y se pone un mayor énfasis en la comunicación en la pareja.

En concordancia con esto, la Encuesta Nacional de Salud Sexual de España, realizada hace unos años en base a casi 10.000 entrevistas, confirmó hasta qué punto los factores socioeconómicos afectan la satisfacción sexual: las personas de menor nivel declararon estar menos satisfechas sexualmente, lo que sucedía sobre todo en las mujeres, a las que parecían influirles más dichos valores. También advirtieron que ellas sufrían más experiencias abusivas que los hombres. Por el contrario, las personas con una mejor posición parecían ser más conscientes de sus propias necesidades y más capaces de desarrollar su sexualidad de una manera satisfactoria, incluyendo lo referente al uso de anticonceptivos.

Es evidente que, para tener una vivencia gozosa de la sexualidad, “la información es poder”. Y es que… ¿cómo lograr satisfacción en la ignorancia de nuestro cuerpo y su funcionamiento? ¿Cómo conectarnos con el deseo sin conocernos a nosotras mismas, sin estar al tanto de nuestros derechos? Para estos saberes no alcanza con la práctica y la experiencia: es necesario el acceso efectivo a una información científica y confiable, despojada de tabúes, prejuicios e ideologías.

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