26 Junio 2002 Seguir en 
"Ese que va ahí, ese joven de mirada inquieta, el que camina a grandes zancadas, el de los enormes zapatones y sombrero aludo que lo defiende del resplandor del sol, ese, frecuentador de libros...(...)... de bibliotecas y tabernas, ese, a quien algunos llaman el bastardo y al que muchos temen por su carácter de hombre de pocas pulgas, ese no es otro que Simón Rodríguez, el maestro. Va hacia la casa de los Bolívar, donde requieren los servicios de un buen preceptor, alguien que pueda contener los ímpetus de un muchacho rebelde, algo que no pudo hacer el padre Andújar ni con rezos ni con penitencia, ni tampoco el licenciado Sanz, que lo llevó a su casa y que ahora ha renunciado a la educación de ese niño rico y caprichoso. Simón, Simón Bolívar se llama. Gente de alcurnia. Gente de poder. Eso es algo que al joven Simón Rodríguez le importa poco. No rinde pleitesía a los que mandan, se burla de los modales de quienes bailan el minué y renuncian a su condición de indianos, de gente del Nuevo Mundo. El no; él está orgulloso de lo que es. Un nadie, dicen, un bastardo. Dicen que su padre lo abandonó al nacer y que su madre lo dejó en un asilo de expósitos para ir a vivir con un cura. Simón no usa el apellido de su padre: Carreño, sino el de su madre: Rodríguez, que le cae como camisa limpia. A su hermano Cayetano Carreño, el chupacirios, no lo ve. Pero él no quiere recordar esa historia mientras camina hacia la casa del niño rico. ?Lo único que recuerdo son los ojos de almendro de mi madre?. Y le parece verla en una casa del suburbio de Caracas, en un día de sol como este, lavando ropa y luego secándola en el techo de la palmera, donde se secan las ropas de los pobres y donde se ve toda clase de cosas: nidos de pájaros, amuletos, bandejas de madera rebosante de hortalizas. ¿Y quién necesita más? Sólo hace falta una madre.La perdió pronto...(...)...
Simón Rodríguez tenía catorce años cuando dejó su tierra para conocer el mundo. Aprendió el oficio de caminante, que no es sólo andar pisando el propio suelo. Llegó al puerto de La Guaira y se embarcó como grumete en un barco negrero. Aquella fue su primera travesía y su bautismo en los oficios de la guerra. Sin querer, asistió a un motín en alta mar y vio cómo los condenados a la esclavitud, la fiebre, el escorbuto, se levantaban en armas contra sus captores, rompían sus cadenas, corrían por la cubierta y el puente de mando y degollaban al capitán del barco negrero. Sofocada la rebelión, los rebeldes fueron ajusticiados y lanzados al mar. Nadie reparó en el grumete, que había asistido,con temor, a la ira de los que nada tienen que perder.Un año más tarde Simón Rodríguez andaba por el norte de Africa. Y un año después por España, donde no disimuló su condición de indiano ni su desprecio por la monarquía. En una posada de peregrinos y caminantes, conoció a Philippe Rivet, un propagandista de la Revolución Francesa, lector de Rousseau. El le hizo conocer el Contrato Social y el Emilio, que despertó su vocación de maestro. Rivet fue su mentor en otros menesteres menos eruditos".
Simón Rodríguez tenía catorce años cuando dejó su tierra para conocer el mundo. Aprendió el oficio de caminante, que no es sólo andar pisando el propio suelo. Llegó al puerto de La Guaira y se embarcó como grumete en un barco negrero. Aquella fue su primera travesía y su bautismo en los oficios de la guerra. Sin querer, asistió a un motín en alta mar y vio cómo los condenados a la esclavitud, la fiebre, el escorbuto, se levantaban en armas contra sus captores, rompían sus cadenas, corrían por la cubierta y el puente de mando y degollaban al capitán del barco negrero. Sofocada la rebelión, los rebeldes fueron ajusticiados y lanzados al mar. Nadie reparó en el grumete, que había asistido,con temor, a la ira de los que nada tienen que perder.Un año más tarde Simón Rodríguez andaba por el norte de Africa. Y un año después por España, donde no disimuló su condición de indiano ni su desprecio por la monarquía. En una posada de peregrinos y caminantes, conoció a Philippe Rivet, un propagandista de la Revolución Francesa, lector de Rousseau. El le hizo conocer el Contrato Social y el Emilio, que despertó su vocación de maestro. Rivet fue su mentor en otros menesteres menos eruditos".







