Tragedias que causa el tránsito

Los accidentes conforman un cuadro grave, que reclama medidas.

24 Junio 2002
Una premisa fundamental que rige la circulación de vehículos, tanto en las calles y avenidas como en las carreteras, es el respeto de la mano del tránsito. Ignorar esa pauta significa lisa y llanamente el caos en el flujo automotor y abre paso a la posibilidad cierta de accidentes de todo tipo. Decirlo parece obvio, pero la realidad de los últimos tiempos estaría indicándonos que no lo es.
Un reciente ejemplo patético de lo anterior, está constituido por la muerte de una criatura, en El Manantial, arrollada por un ómnibus que circulaba a contramano, teóricamente para evitar a los piqueteros.
Días pasados, se produjo un accidente fatal a la altura del ex Arsenal, porque un automotor venía en dirección contraria a la que correspondía en ese carril de la ruta. Como lo hizo notar una carta del lector (y lo hemos sostenido en múltiples oportunidades) es común que en dicha autopista los vehículos cambien de mano cuando se les antoja, cruzando directamente al otro carril sin utilizar los puentes. Ello ocurre porque las dos manos siguen sin tener la división física (es decir, vallas de cemento o metal) que impida tales maniobras.
Dos personas murieron, en jurisdicción de Concepción, en la ruta 38, cuando el conductor aparentemente no vio el cartel de aviso y cruzó por un puente clausurado: el vehículo terminó precipitándose al canal. En este caso, parece increíble que la clausura no se hubiera practicado bloqueando los accesos como corresponde, y se pensó que un letrero constituía advertencia suficiente.Son solamente unos pocos ejemplos, pero resultan reveladores de varias situaciones, todas en idéntico nivel de gravedad y de importancia. Hablamos de la imprudencia de quienes guían vehículos haciendo caso omiso de las normas básicas del tránsito, como lo son el respeto de las manos y la obligación de usar los puentes para tomar la dirección contraria. Hablamos de la indiferencia de las autoridades responsables en la realización de trabajos necesarios para evitar peligros. Y hablamos de la falta tradicional de controles policiales en número suficiente para detectar a los infractores y proceder a aplicarles todo el rigor de la ley. A este panorama vigente en las carreteras habría que agregar, en la ciudad, el alarmante fenómeno -tantas veces marcado en nuestros comentarios- del desdén por las indicaciones de los semáforos; infracción que, en cualquier urbe civilizada, se considera justificadamente como gravísima, y acarrea sanciones que van desde las pecuniarias muy fuertes hasta las de prisión.
Dentro de semejante clima de indisciplina vial, no es extraño que las tragedias hayan empezado a convertirse en algo habitual entre nosotros.
Claramente lo indicaban, días pasados, las estadísticas oficiales -solamente circunscriptas al ámbito de la ciudad capital- de mortandad en accidentes, y que comentamos en uno de nuestros editoriales.
Esta cuestión no requiere inventar nada nuevo para que se logre su reversión. Sin duda que deben implementarse, a través de los medios masivos, las correspondientes campañas de educación vial, que difundan las normas que encuadran la circulación de automotores.
Pero ello sólo tendrá una eficacia muy relativa si no está acompañado por una rigurosa tarea policial de control de las infracciones, y por la aplicación irreversible de sanciones cuyo peso opere como disuasivo. La experiencia muestra, hasta el cansancio, que sin esa tarea de la autoridad las cifras de accidentes no harán sino crecer. La observación más superficial muestra, en todos los ámbitos, un peligroso relajamiento en lo atinente al respeto a la ley.
Ningún grupo de ciudadanos, obvio resulta decirlo, puede vivir con mínima normalidad si tan peligrosa tesitura se generaliza. Nos parece que es hora de que los poderes públicos emitan un mensaje diferente en ese sentido.

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