El “Cheto”, siempre al frente

El “Cheto”, siempre al frente

El capitán José Santamarina jugó un papel clave en el triunfo sobre Francia, liderando a los forwards, apoyando un try y hasta hablando con el árbitro.

UN MILLÓN DE ABRAZOS. El público invadió la cancha finalizado el partido, y Santamarina fue uno de los más buscados. UN MILLÓN DE ABRAZOS. El público invadió la cancha finalizado el partido, y Santamarina fue uno de los más buscados.

“La frase puede parecer trillada, pero el deporte es así: no es ciencia, no es matemáticas. Puede haber análisis de datos y estadísticas, pero siempre queda una cuota de imprevisibilidad, algo que no se puede calcular. Y gracias a Dios que es así, porque si no estaríamos todos jugando a la Playstation”. Así, con su habitual claridad meridiana, José Santamarina explica por qué de vez en cuando se producen sacudones deportivos que escapan a toda lógica. Como que el primer triunfo de Los Pumas sobre los All Blacks sucediera en el contexto más desfavorable de la última década (sin competencia previa por la pandemia) o que Tucumán derrotara a Francia sobreponiéndose no solo a la paliza del primer tiempo, sino también a ciertas tensiones internas que arrastraba en la antesala del partido.

Una de ellas era el ruido que generaba la ausencia de Pedro Merlo, emblemático medio scrum de ese Tucumán que prácticamente había monopolizado el Argentino a partir de 1985. El staff de entrenadores que había asumido ese año (Nicolás Rizzo, Gabriel Palou y Juan Carlos López) había elegido a Roberto “Beto” Zelarayán y a Eduardo “La Cata” García Hamilton por considerar que tenían mejor actualidad, y que una figura de tanta jerarquía como “Perico” no merecía ser una tercera opción, por lo que directamente no fue convocado. “Era demasiado grande para darle ese lugar, hubiera sido una falta de respeto. Estas cosas pasan en los equipos grandes”, ilustra Santamarina, capitán de aquella Naranja histórica.

REENCUENTRO. En el Mundial de Inglaterra, 23 años después, Santamarina se cruzó con Philippe Saint-André. Se reconocieron al instante y se abrazaron. REENCUENTRO. En el Mundial de Inglaterra, 23 años después, Santamarina se cruzó con Philippe Saint-André. Se reconocieron al instante y se abrazaron.

A eso se sumaba la baja de Martín Terán por lesión, algunos cambios de puesto y hasta una polémica por la capitanía del “Cheto” en Tucumán y la de Pablo Garretón en Los Pumas. Con ese mar de fondo llegó Tucumán al duelo contra “Les Bleus” en Atlético.

Incluso así, resultaba sorprendente la tranquilidad con la que Francia había manejado a los Naranjas y al candente entorno en la primera etapa. Tucumán podía no profesar el rugby champagne, pero no se entregaba tan fácil. “Íbamos 20-0 abajo y ni la veíamos a la pelota. Había gente que ya se empezaba a ir de la cancha. Y muchos se quedaban para ver si por ahí se armaban las piñas. Estadísticamente, no había ninguna posibilidad de dar vuelta ese partido. Nunca en más de 100 años de historia le habían remontado semejante ventaja a Francia, ni los All Blacks. Nadie se hubiera imaginado que no iban a meter ni un solo punto en todo el segundo tiempo. Esas son las cosas lindas que tiene el deporte”, reflexiona.

Pero esa patriada del segundo tiempo tuvo mucho menos que ver con la magia que con el coraje y la estrategia. Santamarina sabía por dónde estaba haciendo Francia su negocio, y por eso apenas terminó el primer tiempo se fue a hablar con el árbitro, el rosarino Miguel Peyrone.

El “Cheto”, siempre al frente

“Los franceses sabían que lo único que teníamos era el maul y la patada de Santiago Mesón. Entonces, cuando armábamos el maul, venía (Jean-François) Tordó y se metía por el costado. Era penal para nosotros, pero Julio (Coria) o el ‘Tumba’ (Luis Molina) le pegaban dos piñas y cobraban penal para ellos. Por eso le fui a reclamar al árbitro. Me contestó que nos estaba dando la ventaja, que nos calláramos y jugáramos. Sí, tenía razón, pero yo le dije que no nos diera la ventaja, que nos diera los penales. Es que, ¿cómo le explicaba yo a Coria o a Molina que no le pegaran a Tordó, si eran dos fieras? Le dije: si no nos das los penales, los jugadores se van a seguir pegando y el partido no va a terminar. Tucumán ya tenía historia en eso de cagarse a palos. Me di la vuelta pensando que me iba a expulsar, porque al fin y al cabo era una amenaza. Junté a mis jugadores y le dije: muchachos, por favor les pido: cinco minutos sin pegar una piña. A Coria le tuve que rogar. Si hasta el ‘Beto’ Zelarayán había metido un par de manos. ¡Y era el medio scrum! Eso te pinta lo que era el partido. Les pedí cinco minutos sin pegar, a ver si nos daban los penales. Si no nos los daban, bueno...ahí ya que hicieran lo que quisieran y si se tenía que armar, que se armara”, reconstruye.

El capitán tuvo sus cinco minutos de gracia y la estrategia funcionó: en el primer maul del segundo tiempo, Tordó entró por el costado, pero nadie le pegó. Y Peyrone cobró penal para Tucumán. Y Mesón la embocó. La secuencia se repitió una segunda y una tercera vez. Francia comenzó a impacientarse, Tucumán a ganar confianza y la gente a enrojecerse la garganta. Sobre todo a partir del try apoyado por el propio Santamarina y propulsado por un gigantesco maul: entraron 14 Naranjas al ingoal. Solo Santiago Mesón quedó afuera. “Fue try de todos. Lo apoyé yo porque era el pivot de esa manada de leones, pero entramos todos”, reparte crédito el capitán.

El resto fue la disciplina para no regalar infracciones y la punteria del “Guante” para embocarla desde cualquier lado que Tucumán tuviera un penal a favor. “Vos sabías que, con Mesón, cualquier penal de mitad de cancha para adelante eran tres puntos para vos. Y eso los ponía nerviosos a ellos, porque sabían que no podían cometer ningún penal... Pero los cometían”, recuerda.

Será la efervescencia del momento, pero así como recuerda con detalles el desarrollo del partido, Santamarina no se acuerda nada del final. “No sé qué hice, ni con quién me abracé. Ni siquiera sé si los saludé a los franceses. Lo único que recuerdo es que de repente la cancha era un mundo de gente. Pero nada más que eso”, admite.

También reconoce que en ese momento no dimensionaban lo que habían logrado. “La trascendencia viene mucho después. Aparte en ese momento yo tenía 10 millones de quilombos: laburaba, no tenía un mango, con una hija chiquita, había cuentas que pagar. Mi vida pasaba por la búsqueda de ser un mejor jugador de rugby. Me iba a la mañana temprano al gimnasio del club, me entrenaba a la siesta con el club y a la noche con el seleccionado. No era el único: Coria hacía lo mismo, ‘Tumba’ también. Era un equipo que, individualmente, trataba de ser mejor todos los días. Ninguno la tenía fácil, ni los que éramos Pumas. No había contratos, nada. Los jugadores de hoy también tienen problemas, pero la guita dentro de todo la tienen resuelta. Nosotros teníamos que trabajar un montón. Igual, no me quejo de lo que me tocó vivir. Para nada”, asegura.

Pasaron 30 años y al “Cheto” todavía lo siguen reconociendo en la calle por las épicas batallas que libró con la Naranja ante los mejores equipos del mundo. “El ‘Pato’ Terraf, que era mi socio, me decía: ‘si cada persona que te tocó en la calle te hubiera dado un dólar, tendrías un millón. Era impresionante”.

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