José López: el gobernador que no fue y el país de la impunidad

José López: el gobernador que no fue y el país de la impunidad

Como soñar (por ahora) es gratis, con sentarse en el sillón de Lucas Córdoba sueñan muchos. Armar un proyecto es otra cosa. José López desarrolló ese plan con la meta de ser gobernador en 2015: recorrió Tucumán, sonrió en toneladas de fotos junto al tándem José Alperovich-Beatriz Rojkés, inauguró obras bajo el paraguas kirchnerista, invirtió en publicidad, organizó actos... Pero ese castillo no era de granito, sino de naipes, imposible de sostenerse ante el avance de Juan Manzur. Y se desplomó, claro. Como se desplomó López, revoleando bolsos repletos de dólares. Rendido ante la evidencia. Preso... pero no por mucho tiempo. Ahí anda López, como innegable metáfora de la endeblez institucional argentina, asomándose por las calles de Concepción. Moviéndose, libre, por la provincia que alguna vez ambicionó -y proyectó- gobernar.

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Las ucronías argentinas son tan fascinantes como variadas. Una ucronía tucumana, de lo más contemporánea, ubica a José López en la Casa de Gobierno. ¿Y si realmente hubiera sucedido? ¿Y si la alquimia capaz de convertirlo en sucesor de Alperovich funcionaba y ganaba esas elecciones de 2015? Más que improbable, con la historia de López ya impresa en la crónica político-policial, suena irreal. Pero hay que retroceder a esos días, escuchar los discursos de López, recuperar las imágenes de quienes públicamente lo respaldaban (y hoy desearían que esas pruebas desaparezcan). Era el López precandidato, tangible, lanzado. La ucronía registra a López con la banda en el pecho y mirando Tucumán desde la cima del poder. No fue. ¿Pudo ser? Todo es posible en esta bendita tierra.

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Así es la vida. López se soñó gobernador y, de pronto, pasajero de su propia pesadilla, despertó en una celda. El país miraba la película de López y la platea nacional, incrédula, indignada, también bastante cínica, adivinaba en cada acto la esencia del mal. El sistema, del que fue una pieza clave en su carácter de secretario de Obras Públicas de la Nación, fue tan implacable para devorarse a López como lo era Cronos para comer a sus hijos. En ese sentido, López esgrimió el manual de la corrupción. Guardaba millones de dólares abajo de la cama y, ya contra las cuerdas, los arrojaba por encima del muro de un convento. Ni Scorsese lo hubiera filmado mejor. López hizo hasta lo imposible para que todos le soltaran la mano. Y así quedó: in fraganti, indefendible. Triste, solitario y ¿final?

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Las matrices corruptas requieren distintos niveles de recursos humanos: los que descubren el filón; los que arman el circuito para robar; los que manejan los hilos desde las sombras o desde las alturas; los estrategas de las finanzas que mueven el botín. Es muy raro que de esa estructura a alguien le pinten los dedos. Y también están los López, porque cuando el saqueo es demasiado evidente siempre alguien tiene que pagar.

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López simboliza mucho de lo que al país le duele. No hay forma de pensar al López que pasa sus días en el sur de la provincia sin rendirse ante el abrumador concepto de impunidad. Las causas por corrupción -específicamente por el desfalco al Estado- son complejísimas, enredadas. Se extienden durante años, muchas ni siquiera llegan a juicio; las condenas son excepcionales. Y ese déficit en la calidad del servicio de justicia se replica en el día después: las penas previstas para estos delitos están lejos de satisfacer las demandas de una sociedad que reclama castigos ejemplares. Quien supuso que a López lo aguardaban muchos años tras las rejas comprueba que en el mundo real las cosas siguen funcionando de otra manera. Los beneficios, las conmutaciones y reducciones de penas, los permisos especiales, la libertad condicional, todos son instrumentos de los que el sistema se vale. También las dilaciones que eternizan las procesos, como el que protagoniza por estos días Jorge Yapura Astorga. Para el imaginario colectivo no dejan de ser distintas formas de impunidad.

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“Las puertitas del Sr. López” fue una extraordinaria historieta, escrita por Carlos Trillo y dibujada por Horacio Altuna, que publicaba la revista Humor. López era el hombre gris por excelencia. Uno del montón, mimetizado entre una familia que lo ignoraba y una rutina de oficinista carente de futuro. López se iba poniendo viejo mientras el tiempo se le escurría. El suyo era un devenir sin emociones. Pero López atesoraba puertitas secretas y, cuando las abría, el mundo se ajustaba a sus deseos. Traspuesto ese umbral de la imaginación López podía ser un magnate, un playboy, una estrella de cine, un amante consumado. La verdadera vida de López, la que le debe razón de ser, se escondía detrás de sus puertitas. Allí era libre y feliz. El López de la historieta, vale apuntarlo, era el argentino oprimido por la dictadura -empezó a publicarse en 1979- y sus escapes simbolizaban una gambeta a la censura imperante en la época. Tal fue el éxito que hasta se hizo una película, protagonizada por Lorenzo Quinteros. Da la sensación de que este López, José López, también vive entre puertitas. La clave es comprender cuáles son las reales y cuáles las imaginarias. ¿Qué encontrará José López cuando abre alguna de sus puertitas? ¿Un regreso a la opulencia y al poder del que disfrutó en su paso por el Gobierno nacional? ¿Esa banda de gobernador que tanto anhelaba? ¿O será, simplemente, la posibilidad de evadirse del escrutinio social? López sabe que, cuando lo miran, ven mucho más que un funcionario venal. Por eso puede ser libre para dejar una celda, pero no para caminar por parques y plazas como cualquier hijo de vecino. Por eso las puertitas suelen ser tan necesarias en esos casos.

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Cuando marchó a Santa Cruz para radicarse en Río Gallegos, a principios de los 90, el kirchnerismo no era más que la construcción de un proyecto de poder provincial. Bien al sur, lo que hasta hace no mucho tiempo era sinónimo de lejano y desconocido. Y fue allá cuando a López se le alinearon los planetas. No podía saber que el apellido de su jefe político, apenas un caudillo patagónico sin acceso a la mesa chica del menemismo, terminaría conjugándose con su propio “ismo” hasta convertirse en la fuerza dominante nacional. ¿Intuición? ¿Suerte? ¿50 y 50? Aquel López, más santacruceño que tucumano, estuvo en el lugar preciso y en el momento justo. En Buenos Aires -como a la mayoría del team- no lo vieron venir. Así se van armando muchas de estas historias, con bastante de azar. Y del mismo modo, con idéntica vorágine, se registran las caídas. La teoría del López-víctima no resiste análisis. Las hizo, pero ¿las pagó?

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“Nos hubiera gustado llegar a todos los rincones de la provincia comunicando nuestro proyecto, pero no nos dieron los tiempos. Es razonable que el candidato a gobernador sea Juan Manzur. Hay que empujar el carro para el mismo lado, no sacar los pies del plato. Vengo trabajando desde hace tiempo, con una militancia de 30 años en el proyecto de Néstor y Cristina. Para mí la política no es un cargo, sino el compromiso con una idea”. (José López, al bajar su candidatura a Gobernador. Terminó obteniendo un lugar en el Parlasur)

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Ahí anda López, porque, a fin de cuentas, siempre se vuelve. Si intentó pasar inadvertido no lo consiguió; al contrario, el efecto de su presencia es tan poderoso como aquellas imágenes de bolsos, dólares, armas y un hombre rendido. Pero al López libre no lo persigue el pasado, sino el presente. Esa es la certeza de cómo opera la impunidad en estas circunstancias; una suerte de derrota social. Y por goleada.

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