Condenados a un estado de tensión permanente

Entre los economistas de distintas vertientes, hay una pregunta que es recurrente: ¿cuándo se pagarán los costos de tantos desequilibrios económicos? La respuesta es casi coincidente. La gestión del presidente Alberto Fernández tiene oxígeno para cerrar la primera mitad del año. Después, Dios dirá. El tercer trimestre será clave. No sólo por la corrección, prácticamente de facto, de algunos de aquellos desequilibrios, sino también porque será el período en el que se observará si realmente el gas alcanza para toda la industria o, si por el contrario, habrá plantas que tendrán que suspender a su personal y hacerlo volver cuando haya servicios para todos. La Casa Rosada asegura que no faltará el fluido, pero los industriales siguen siendo cautelosos frente a esas afirmaciones. El problema no es sólo de volumen; también de precios. ¿Cuánto pagará la Argentina por el gas que, por ejemplo, deba venderle Bolivia? Si hay parálisis transitoria de fábricas, se ralentiza la producción y, si eso sucede, adivine: ¿Cómo se exteriorizará ese fenómeno? La inflación es casi imposible de eliminar. Sin oferta de productos y con una demanda creciente, los precios tienden a subir. Y siempre llegan al consumidor final. El combustible aumentó en torno de un 10%; desde este mes la electricidad subirá un 12% en un reajuste progresivo que, a agosto, llegará al 33,9% en promedio para los usuarios residenciales. El gas domiciliario transitará por el mismo sendero pero, por ahora, el Gobierno autorizará una suba del 20%, con lo que el reajuste global para este año puede rozar el 43%. En los próximos tres meses, las empresas prepagas reajustarán sus cuotas en torno de un 22%, mientras que el servicio de internet, de televisión y de telefonía se incrementará un 19% hasta julio.

Los salarios siguen por otro andarivel. Pese a que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) ha dado a conocer ayer que las remuneraciones promedios crecieron en marzo más que la inflación (7,4% versus 6,7%), en el acumulado de los primeros tres meses los sueldos aumentaron 14,9%, detrás del Índice de Precios al Consumidor (IPC), que trepó un 16%. Las paritarias cierran por encima del 50% interanual; no lograrán alcanzar al aumento sostenido de los precios que transita por entre un 55% y un 60% interanual. La Rosada sólo brinda paliativos. Por ejemplo, el traumático Refuerzo de Ingresos o nuevo Ingreso Familiar de Emergencia ha sido pensado para compensar la inflación en familias de clase media baja y pobre, que supera el 40% del total de la población. Los jubilados han recibido un bono y ahora un 15% de aumento en sus haberes que se aplicará desde junio. Todo esto es posible porque la recaudación de impuestos se alimenta con la inflación y en un proceso en el que el Estado es el único beneficiario de la espiral inflacionaria, ya que licúa sus deudas y exprime más al contribuyente. Aún así, no puede frenar la suba de precios. Viene perdiendo varias batallas desde que el Presidente le declaró la guerra a la inflación.

Un informe elaborado por Ecolatina advierte que, de cara a los próximos meses crecen los riesgos de que se debiliten los drivers que explicaron la mejora de la actividad en el segundo semestre de 2021 y la primera parte de este 2022. La marcada aceleración inflacionaria, que desde el segundo semestre de 2021 fue contrapesada en materia de ingresos por la reapertura de paritarias, posiblemente comience a hacer mella en el poder adquisitivo en adelante: el salto de inicios de año -agravado por la guerra en Ucrania- y las perspectivas de registros elevados para los próximos meses puede poner en jaque la continuidad en la recuperación del ingreso disponible, alerta la consultora. En segundo lugar, no hay que perder de vista la trayectoria del dólar. Los analistas consideran que es posible que el tipo de cambio oficial se avive en el tercer trimestre y, así, se acelere la devaluación, por encima del 20% proyectado por el Ministerio de Economía.

El Gobierno ha decidido subir las tasas de interés, pero esa decisión implica un fenómeno que puede contraer el consumo: el encarecimiento del crédito. Con el sueldo no se puede llegar a fines de mes y pedir un préstamo personal será más caro que en la actualidad.

Sin margen de maniobra, la administración nacional estará tentada a encender nuevamente la máquina de imprimir billetes y, naturalmente, eso causará más inflación. El fin de la cosecha gruesa tornará más difícil para la gestión acumular más divisas para acrecentar las reservas. Los importadores no tienen dólares para comprar insumos y todo este puede causar otro círculo vicioso para la economía. El Banco Central, sencillamente, no tiene dólares para repartir. Y, por si esto fuera poco, el oficialismo sigue jugando a las internas, tensando más la cuerda política e institucional de un país que no encuentra el rumbo para salir de la crisis.

La Argentina nunca estuvo condenada al éxito, tal como lo postulaba el ex presidente Eduardo Duhalde. En realidad es un país que se acostumbró a las tensiones permanentes y en todos los ámbitos, desde lo político, pasando por lo económico y llegando hasta lo social. Porque, en definitiva, las fiestas y los platos rotos terminan pagándolos los consumidores finales. Todos los argentinos. O casi todos.

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