Julio Argentino Roca. Julio Argentino Roca. Archivo General de la Nación Argentina

Algunos dirigentes creen -o al menos eso parece- que tratando de borrar símbolos de la historia se puede modificar la percepción que tenemos del presente. Hay dos posibilidades: o esas personas pecan de ingenuidad (dudoso) o pecan de malicia. Por ejemplo, quitarle el nombre de un personaje histórico a una calle para reemplazarlo por otro apelativo (sea una advocación de la Virgen o el de un mandatario recientemente fallecido) no mejorará las condiciones de vida de los vecinos de esa ciudad. De igual modo, retirar los rostros de los próceres de los billetes para reemplazarlos por animales tampoco le otorgará más valor a la cada vez más devaluada moneda nacional. Si nos ponemos a escarbar en la historia reciente vamos a encontrar varios ejemplos como estos. Pero es interesante detenerse en uno de ellos: el de la avenida Roca-Kirchner, en el límite sur del macrocentro tucumano.

En las últimas semanas se reavivaron iniciativas que buscan devolverle el nombre original a esta arteria. Lo que se propone es eliminar el apelativo Néstor Kirchner (nomina el tramo que va desde la intersección con Alem hasta el nacimiento de la ruta 301) y que la calle vuelva a llamarse Julio Argentino Roca en toda su extensión. El cambio había sido impulsado en 2010 por el entonces intendente peronista Domingo Amaya (hoy diputado de Juntos por el Cambio) pocos días después de la muerte del ex presidente.

Más allá de las derivaciones que pueda tener la propuesta (no es la primera que busca lo mismo), quizás sea una buena oportunidad para analizar un poco más de cerca la figura de Roca. El militar tucumano que presidió dos veces la República (1880-1886 / 1898-1904) es, desde hace varios años, el blanco de campañas que intentan arrancarlo de la historia argentina. Uno de los métodos consiste en focalizar gran parte de las miradas y las críticas en una de sus iniciativas, la denominada “Conquista del Desierto”.

No vamos a entrar en detalles sobre esta campaña, de la cual se escribió y seguramente se escribirá mucho, pero no está de más repasar algunos apuntes. Fue una empresa militar organizada por Roca durante la presidencia de Nicolás Avellaneda. Avanzó sobre un territorio habitado por pueblos indígenas a los cuales les arrebató su soberanía (con todo lo que esto implica). Pero también permitió incorporar miles de hectáreas a la Nación que años después impactaron con fuerza en el desarrollo económico. Además, afirmó la presencia argentina en un territorio codiciado por Chile. Fue, sin dudas, su plataforma a la presidencia ¿Qué nos dice eso? Que en su tiempo, muchas personas le dieron una valoración positiva al triunfo militar.

Intentar determinar categóricamente si aquello fue bueno o malo (blanco o negro) equivale a caer en el facilismo. Y la historia no es tan sencilla. Como escribió el periodista Guillermo Monti hace dos semanas en este mismo espacio: “hay demasiados aficionados, en ambos lados del mostrador, jugando partidos más que nada imaginarios. La acción de gobierno de Roca -12 años en la Presidencia- termina siendo víctima de un reduccionismo infantil: o fue el mejor o fue el peor”. Obviar la realidad social y el contexto político de la época, entre otras variables, es peligroso, porque podemos terminar siendo manipulados.

Más allá de la espada

Roca fue mucho más que el impulsor y el comandante de la “Conquista del Desierto”. Quizás vale la pena hacer un repaso rápido de algunas de sus acciones de Gobierno.

Posiblemente, el mayor logro fue la consolidación del Estado nacional, objetivo al cual llegó por diversos caminos: la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la unificación de la moneda fueron dos de ellos. La ley de educación laica, obligatoria y gratuita, y la del Registro Civil le permitieron al Estado empezar a administrar funciones que antes estaban a cargo de la Iglesia. A su vez, el Tratado de Límites con Chile y el avance militar hacia las fronteras garantizó el dominio sobre la Patagonia. También durante su primera presidencia nacieron los territorios nacionales (luego provincias) de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chaco, Formosa, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Se fundó la ciudad de La Plata y empezaron las obras del puerto de Buenos Aires. Algunos hitos de su segundo mandato: se reorganizó el Poder Judicial, el Ejército y la Marina, y se creó la caja de Jubilaciones y Pensiones.

Las obras públicas fueron diversas e incluyeron ferrocarriles, escuelas y el desarrollo de la telegrafía.

La pacificación y el orden interno impulsaron las actividades agrícolas y ganaderas, y fomentaron las inversiones extranjeras. La prosperidad que generó este proceso alentó la llegada de miles de inmigrantes, entre los cuales seguramente están los antepasados de muchos de nosotros. En resumen, por aquellos años comenzó a tomar forma definitiva el país que hoy conocemos.

La trampa y los acoples

Entre otras cosas, a Roca se lo acusa de promover un sistema político que favorecía, entre sus engranajes, la manipulación de las sucesiones en el poder ¿Pero, -salvando todas las distancias posibles y sin justificar lo injustificable- no vemos situaciones parecidas hoy en Argentina y en Tucumán? ¿Y no las hemos padecido a lo largo de todo el siglo XX? ¿Los acoples no son acaso un modo perverso de incidir en la voluntad del electorado? Volviendo a Roca y sin intentar lavar sus culpas: ¿era él el único responsable de aquellos males o era un jugador más -importante, eso sí- de un sistema que se regía por fuerzas que prevalecían más allá de los hombres?

La historiadora Diana Ferullo hace una advertencia: centrarse en el personaje sin tener en cuenta el contexto en el que vivió y la estructura política en la que estuvo inserto puede ser una trampa.

¿Qué nos pasó?

Mientras retorna el debate por el nombre de la avenida, cabe una reflexión: entre 1874 y 1904 (salvo el período 1886-1898) el país estuvo gobernado por dos tucumanos, Avellaneda y Roca. Con muchos errores, pero también con muchos aciertos, ambos sentaron bases sólidas para la consolidación del país tal como lo conocemos ahora. Este dato nos da una idea cabal de la importancia que tuvo por aquellos años la provincia dentro del concierto nacional ¿Qué le ocurrió a Tucumán desde entonces hasta ahora? ¿Qué errores se cometieron para terminar envueltos en una espiral de decadencia atroz? Parafraseando -y sacando un poco de contexto- a Lisandro de la Torre tal vez cabe preguntarnos: ¿nos merecemos a Roca?

Comentarios