Recuerdos del cantor

(De "Memorias del cantor. Casi una biografía", por Horacio Guarany, Sudamericana, Buenos Aires).

30 Marzo 2002
"Sentado en el suelo y recostado sobre el rancho de barro y paja, jugaba de niño arrancando con los dedos las gramillitas y las pajitas de las paredes y cantaba, es decir me gustaba cantar lo que veía, el gallo persiguiendo a las gallinas, el caballo corriendo o relinchando, los pájaros cantores y el insulto infantil al benteveo o la lechuza con el ¡Cuájele mandinga!
De a ratos el lejano golpetear del hacha me recordaba a mi padre monte adentro volteando o acarreando rollizos junto a muchos otros que a sangre y sudor engordaban el voraz apetito de La Forestal.
Antes de que llegara el alba, mi madre, sin saberlo, me despertaba con su ¡Golondrina! ¡Primavera! ¡Vamos buey mañero! Aún suena en mis oídos como una canción de cuna su voz atando los bueyes al arado de mancera con que rajuñaba la dura tierra de Lanteri buscando el maíz para sus catorce cachorros... Los más crecidos ayudaban, los otros rezaban o jugaban como yo con mis caballos. ¡Tenía tantos caballos! Eran horquetas con forma de caballos a los que les ponía nombre y amaba. ¡Cómo lloré cuando tuve que dejarlo! Tenía cinco años. Y aún los recuerdo, recuerdo tantas cosas... Recuerdo a El Polvorín, un pequeño pero bravísimo potro, lo trajo Claudio Hidalgo, buen domador, y entre él y mi hermano Tito le sacaron las cosquillas pero en la faena mi hermano recibió una patada que le deformó la nariz para siempre. ¡Destino del hombre! Este hermano murió a los setenta y pico y lejos de su pago pero por la patada de otro pobre caballo al quebrarse la vara del sulky... ¡Destino del hombre! El otro domador tuvo un destino muy distinto, una madrugada se robó a una de mis hermanas más lindas; se acostumbraba en esos tiempos ese tipo de casamiento. ¡El revuelo al amanecer y descubrir esa violación! Agitados, mi padre y dos hermanos ataron el carro y salieron en busca de este ladrón de corazones entre mil insultos y amenazas. Todo fue en vano. Se lo había tragado la tierra... ¿O el monte?
Pasado un tiempo aparecieron en el campo de Bonasola, una de las estancias más grandes de la zona, y a mí me mandaron, junto con el perdón, para que les cebara mate aunque sea. Con esa hermana un día salimos a robar duraznos de una quinta cercana, ella subía a la planta y yo con una lata grandota los recogía, pero en un momento mi hermana divisó a lo lejos al dueño que al galope se acercaba amenazante, por lo que huimos desesperados mientras ella me gritaba ¡La lata! Yo le respondía ¡Aquí la tengo! ¡Aquí la tengo! ¡Arrastrándola con un ruido ensordecedor que nos delataba en medio del monte! (¡Siempre fui muy torpe!) Recuerdos...
Cuando al fin del trigo o el lino despeinan sus melenas, cuando el pobre chacarero ya sueña con mejorar alguito su existencia, una nube negra empieza a cerrar el cielo, parece que viene tormenta, lluvia, cada vez más oscuro, cada vez más y más y de pronto, como si una escuadrilla de aviones asesinos azotaran los sembrados y las casas y cuando verde encuentran a su paso, la maldita langosta, devoradora insaciable, destruye todo, aniquila todo, siembra muerte y espanto y miseria sin perdón, sin piedad, sin clemencia, sólo deja soledad y un páramo de llantos y a mi madre y hermanas rasgándose el rostro con las uñas ante tanta impotencia y dolor".

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