Un mensaje oportuno

Se debe reflexionar y también participar.

30 Marzo 2002
El mensaje pascual del arzobispo de Tucumán, cuyos conceptos básicos -junto con opiniones de ciudadanos a su respecto- consignamos ayer, no hace sino poner nuevamente sobre el tapete algunas de las grandes exigencias que la sociedad argentina proclama hoy como prioritarias.
En múltiples ocasiones nos hemos referido a tales puntos, sobre cuya perentoriedad nadie puede dudar. En efecto, resulta indiscutible que la ley debe ser respetada; que la corrupción debe ser erradicada y sancionada; que debe restablecerse el sentido del trabajo; que no se puede permitir que se degrade la educación; que la defensa de los intereses sectoriales debe ceder ante el interés público; que es hora de concluir con la evasión y que debe existir austeridad en el manejo del dinero del Estado. Tales han sido los rubros principales del mensaje de monseñor Villalba y por cierto, coinciden con los que la población en general viene postulando estos últimos meses.
Se trata de metas que todos queremos alcanzar, a fin de que la Nación Argentina y las provincias que la integran puedan dejar atrás la sombría etapa que vienen atravesando, y encarar resueltamente un futuro distinto, más venturoso y más justo para su pueblo. En ese sentido, repetimos, el prelado no ha hecho sino formular lo que todos entienden como un imperativo.
Ahora bien, es evidente que esos propósitos, para que puedan empezar a llevarse a cabo, exigen de todos los sectores de la sociedad un cambio sustancial de actitud. No siempre se piensa que si los fenómenos negativos han existido en esa magnitud, es porque todos, por acción o por omisión, hemos participado tanto en su aparición como en su mantenimiento. Como también es verdad que hemos empezado a protestar por muchas situaciones recién cuando nos afectaban directamente y no antes.
No es exagerado decir que dista, la ciudadanía argentina, de haber repudiado con energía en el pasado inmediato, todo eso que hoy condena a diario. En el caso de la corrupción, por ejemplo, es evidente que si alguien recibió coimas es porque alguien las pagaba, y así en prácticamente todos los demás casos. Se clama en contra de una clase política a la que se enrostra falta de representatividad; pero es muy escaso el número de las personas que realmente quieren participar de la cosa pública y echarse encima todos los sacrificios que eso conlleva.
En pocas palabras, no siempre los argentinos hemos tenido claro -ni mucho menos- que nuestro país será tal cual como nosotros -con nuestras conductas activas o pasivas- determinemos que sea. Las grandes naciones no lo son tales sólo por sus buenos gobiernos, sino por una ciudadanía vigilante y participativa, cuya actitud determina el rumbo de la de quienes la conducen.
Dentro de una democracia, la voluntad del pueblo resulta fundamental, y sabemos que solamente se expresa por medio del voto. La ocasión parece oportuna, entonces, para decir que a la hora de las elecciones debemos participar. Participar antes, en la nominación de los candidatos, postulando todas las modificaciones que sean necesarias en el sistema, para que todos y cada uno de los postulados tengan la idoneidad y la probidad suficientes. Y participar también con la responsable emisión del voto en las urnas: hay que dejar atrás esa penosa realidad de los últimos comicios, donde se votó en blanco o con un sentido de broma que no puede caber en esa instancia clave del mecanismo republicano.
Conviene entonces proponerse dos cosas principales, frente al mensaje arzobispal. Una es, sin duda, la reflexión acerca de las cuestiones que postula y que, como decimos, son ampliamente compartidas en los actuales momentos. La otra es decidirse a una actitud efectiva de participación en la cosa pública, para eliminar todos los factores negativos que hoy la desacreditan. No hay otro camino para salir rumbo a algo mejor.

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