18 Junio 2002 Seguir en 
En 1991 era seguro que el generalísimo de la dictadura iba a ser gobernador. José Domato y Fernando Riera no habían sabido dominar las fuerzas internas del peronismo y, mucho menos, las riendas de la provincia. La opción era el general o el cantante.
Hubo 284.000 tucumanos que depositaron sus esperanzas en aquel que había nacido en la provincia y que de vez en cuando volvía a su tierra. El militar era de Entre Ríos, vivía en un hotel y consiguió 247.000 sufragios.
La ilusión duró poco. El cantante empezó a desafinar y cada vez que alguien se lo hacía saber pasaba a ser parte de una campaña difamatoria pergeñada por algún malintencionado. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.El poder que ejercía el político que había inventado Carlos Menem y que fueron a buscar a Miami el actual gobernador Julio Miranda, el intendente de Lules, Roberto Castro, y el titular de la Central de Trabajadores Argentinos, Martín Rodríguez, transformó la realidad que se vivía en la provincia.
Para los tucumanos no es noticia que el alcohol era el antídoto que utilizaba el "rey" para mantener la pulcritud de sus manos cuando debía invertir en su imagen tocando a seres humanos que a veces no tenían para comer ni para bañarse. Simplemente, era gente que le mostraba vivencias que su majestad ya había olvidado.
Nada se dijo de aquellas mañas. Ni la prensa, ni sus amigos, ni sus compañeros de ruta ni aquellos que se beneficiaban con estar cerca del trono, muchos de los cuales aún saborean aquellas mieles. Todo eso se borró. Osvaldo Maciel también disfrutó de aquellas ventajas que el propio Estado llegó a pagarle hasta que Ramón Ortega incumplió. Y entonces Maciel gritó su verdad. Hubo silencios en la Justicia y en el Tribunal de Cuentas, y en la Legislatura también.
Ese fue el resultado de un invento del peronismo para ganar una batalla. Muchos justificarán su odio a la política y seguirán pidiendo que se vayan todos, pero es bueno recordar que Ortega fue una caricatura del político como tantas. A la hora del voto -para evitar desilusiones- habrá que buscar los originales.
Hubo 284.000 tucumanos que depositaron sus esperanzas en aquel que había nacido en la provincia y que de vez en cuando volvía a su tierra. El militar era de Entre Ríos, vivía en un hotel y consiguió 247.000 sufragios.
La ilusión duró poco. El cantante empezó a desafinar y cada vez que alguien se lo hacía saber pasaba a ser parte de una campaña difamatoria pergeñada por algún malintencionado. Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad.El poder que ejercía el político que había inventado Carlos Menem y que fueron a buscar a Miami el actual gobernador Julio Miranda, el intendente de Lules, Roberto Castro, y el titular de la Central de Trabajadores Argentinos, Martín Rodríguez, transformó la realidad que se vivía en la provincia.
Para los tucumanos no es noticia que el alcohol era el antídoto que utilizaba el "rey" para mantener la pulcritud de sus manos cuando debía invertir en su imagen tocando a seres humanos que a veces no tenían para comer ni para bañarse. Simplemente, era gente que le mostraba vivencias que su majestad ya había olvidado.
Nada se dijo de aquellas mañas. Ni la prensa, ni sus amigos, ni sus compañeros de ruta ni aquellos que se beneficiaban con estar cerca del trono, muchos de los cuales aún saborean aquellas mieles. Todo eso se borró. Osvaldo Maciel también disfrutó de aquellas ventajas que el propio Estado llegó a pagarle hasta que Ramón Ortega incumplió. Y entonces Maciel gritó su verdad. Hubo silencios en la Justicia y en el Tribunal de Cuentas, y en la Legislatura también.
Ese fue el resultado de un invento del peronismo para ganar una batalla. Muchos justificarán su odio a la política y seguirán pidiendo que se vayan todos, pero es bueno recordar que Ortega fue una caricatura del político como tantas. A la hora del voto -para evitar desilusiones- habrá que buscar los originales.
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