17 Junio 2002 Seguir en 
Hace pocos días, dedicamos un amplio informe a la inseguridad que rodea al tránsito en nuestra ciudad capital. Consignábamos allí que, en síntesis, quien circule por nuestras calles en vehículo o a pie, tiene cuatro veces más posibilidades de sufrir un percance mortal de tránsito que hace una década. En 1992, en todo el año, se registraron 6 accidentes mortales dentro del municipio de San Miguel de Tucumán: ahora, diez años más tarde, en sólo el primer trimestre de 2002 ya fallecieron 24 personas.
El informe, confeccionado en base a estadísticas oficiales de la Municipalidad, proporciona una serie de otros datos. Por ejemplo, que la mayoría de los choques (en el primer trimestre de 2002 hubo 303 en total) se produce fuera de las cuatro avenidas; que las motocicletas protagonizan el 71,2 por ciento de las colisiones; que el 80 por ciento de los percances tiene como actores a personas de entre 15 y 40 años de edad; que las mujeres chocan más que los varones; que la mayoría de los accidentes no ocurre durante los fines de semana sino en las horas pico de las jornadas laborales; que el alcohol incide en el 30 por ciento de las colisiones, por ejemplo.
La avenida Sarmiento, según tales referencias, es actualmente la más peligrosa de estas arterias, y ha logrado superar a la Mate de Luna, que tenía el triste liderazgo a principios de la década del noventa.
Todo esto muestra, como parece obvio, la necesidad de que la seguridad en el tránsito se convierta en algo prioritario para las autoridades municipales. Esto no puede sino expresarse a través de tres maneras. En primer lugar, una intensa campaña de educación, dirigida tanto al peatón como al automovilista. Luego, la acción preventiva y de control, es decir la que evite las infracciones y que, cuando ellas ocurran, las registre debidamente para responsabilizar a su autor. Y finalmente, por cierto, la aplicación de multas e inhabilitaciones con todo rigor, a fin de que quede claro que las normas del tránsito existen para ser observadas por todos, y que omitir esta obligación acarrea, indefectiblemente, fuertes sanciones.
En nuestra ciudad, el tránsito se desarrolla con una inseguridad tan significativa -y comprobable por cualquiera- que las cifras de accidentes mortales debieran ser todavía mucho más elevadas que las expuestas. En múltiples oportunidades nuestras columnas han proporcionado, en comentarios editoriales o cartas de lectores, ejemplos concretos de lo que decimos.
Si en una urbe tan poblada como la nuestra y con un cuantioso parque automotor, se asiste a una generalizada indiferencia por las luces de los semáforos, en choferes y peatones; si no se respetan las prohibiciones de giro a la izquierda ni las prioridades en las bocacalles; si los carros de tracción a sangre zigzaguean por las avenidas; si cualquiera puede circular a la velocidad que desee por cualquier arteria; si las estipulaciones del cinturón de la seguridad o del casco son letra muerta, para dar solamente algunos ejemplos, ¿cómo es posible pensar que el tránsito puede transcurrir enmarcado por razonables márgenes de seguridad?Todo esto tiene que ver, por cierto, tanto con la imprudencia de los conductores como con la pasividad de que hacen gala quienes están específicamente encargados de controlar la circulación y de verificar debidamente las infracciones. Con reiteración hemos insistido sobre este punto, sin lograr resultados apreciables.Hay una verdad que no puede discutirse. Mientras no se imprima en la conciencia de conductores y peatones la obligatoriedad de respetar las ordenanzas, y mientras el poder municipal no se preocupe por hacerlas cumplir con rigor, la inquietante realidad apuntada no hará sino crecer.
El informe, confeccionado en base a estadísticas oficiales de la Municipalidad, proporciona una serie de otros datos. Por ejemplo, que la mayoría de los choques (en el primer trimestre de 2002 hubo 303 en total) se produce fuera de las cuatro avenidas; que las motocicletas protagonizan el 71,2 por ciento de las colisiones; que el 80 por ciento de los percances tiene como actores a personas de entre 15 y 40 años de edad; que las mujeres chocan más que los varones; que la mayoría de los accidentes no ocurre durante los fines de semana sino en las horas pico de las jornadas laborales; que el alcohol incide en el 30 por ciento de las colisiones, por ejemplo.
La avenida Sarmiento, según tales referencias, es actualmente la más peligrosa de estas arterias, y ha logrado superar a la Mate de Luna, que tenía el triste liderazgo a principios de la década del noventa.
Todo esto muestra, como parece obvio, la necesidad de que la seguridad en el tránsito se convierta en algo prioritario para las autoridades municipales. Esto no puede sino expresarse a través de tres maneras. En primer lugar, una intensa campaña de educación, dirigida tanto al peatón como al automovilista. Luego, la acción preventiva y de control, es decir la que evite las infracciones y que, cuando ellas ocurran, las registre debidamente para responsabilizar a su autor. Y finalmente, por cierto, la aplicación de multas e inhabilitaciones con todo rigor, a fin de que quede claro que las normas del tránsito existen para ser observadas por todos, y que omitir esta obligación acarrea, indefectiblemente, fuertes sanciones.
En nuestra ciudad, el tránsito se desarrolla con una inseguridad tan significativa -y comprobable por cualquiera- que las cifras de accidentes mortales debieran ser todavía mucho más elevadas que las expuestas. En múltiples oportunidades nuestras columnas han proporcionado, en comentarios editoriales o cartas de lectores, ejemplos concretos de lo que decimos.
Si en una urbe tan poblada como la nuestra y con un cuantioso parque automotor, se asiste a una generalizada indiferencia por las luces de los semáforos, en choferes y peatones; si no se respetan las prohibiciones de giro a la izquierda ni las prioridades en las bocacalles; si los carros de tracción a sangre zigzaguean por las avenidas; si cualquiera puede circular a la velocidad que desee por cualquier arteria; si las estipulaciones del cinturón de la seguridad o del casco son letra muerta, para dar solamente algunos ejemplos, ¿cómo es posible pensar que el tránsito puede transcurrir enmarcado por razonables márgenes de seguridad?Todo esto tiene que ver, por cierto, tanto con la imprudencia de los conductores como con la pasividad de que hacen gala quienes están específicamente encargados de controlar la circulación y de verificar debidamente las infracciones. Con reiteración hemos insistido sobre este punto, sin lograr resultados apreciables.Hay una verdad que no puede discutirse. Mientras no se imprima en la conciencia de conductores y peatones la obligatoriedad de respetar las ordenanzas, y mientras el poder municipal no se preocupe por hacerlas cumplir con rigor, la inquietante realidad apuntada no hará sino crecer.
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