La vida real

La vida real

Por Inés Páez de la Torre. Psicóloga.

04 Julio 2021

“La ficción es como la vida, pero sin las partes tediosas”, dijo una vez Clive James, el crítico y escritor australiano, famoso por su humor punzante y sus ironías. Y sí: por eso las películas y series tienen esa capacidad de atraparnos, ahorrándonos la parte en que los protagonistas deben limpiar la casa, ir al súper, pasarse horas en la peluquería o perder una mañana entera haciendo un trámite (salvo, por supuesto, que algo significativo y excitante irrumpa en esos quehaceres cotidianos).

“Closer”, película estadounidense dirigida por Mike Nichols, basada en una obra de teatro homónima (y protagonizada por Julia Roberts, Clive Owen, Natalie Portman y Jude Law) mostraba esa cualidad al extremo. Cada escena revelaba una situación completamente nueva de la anterior, un cambio en el vínculo de sus cuatro apasionados, impulsivos… y autodestructivos personajes.

Pero seamos honestos: si bien con los desafíos y obstáculos de cada día, la vida transcurre con períodos relativamente largos en los que, la verdad, es que “no pasa nada” o pasa más o menos lo mismo, a lo largo de días y semanas que se parecen mucho (hasta en estos tiempos tan extraños hemos llegado a encontrar ciertas rutinas, tapabocas mediante).

Ocurre que por características de personalidad, entre otras cuestiones, algunas personas se llevan muy bien con las aguas calmas. Encuentran el encanto en lo predecible, lo que se puede anticipar, “en lo de siempre”. Pero mucho más común es que resulte difícil lidiar con los momentos tranquilos. Una inquietud que con frecuencia pone el foco en la relación de pareja y condiciona la manera de interpretar lo que ocurre en ella. Lo cual conduce de un modo más o menos inconciente a generar conflictos de la nada, a engancharnos en discusiones inútiles, hacer planteos, escenas de celos (hasta forzadas), señalamientos, enojos, etcétera. O invenciones más sutiles y sofisticadas, pero siempre con el fin de que se muevan un poco las aguas, de crear algo de drama, de encontrar un objeto para nuestras quejas, acceder al sexo de reconciliación, entre otros ejemplos. Movimientos que hacemos, en suma, para sentirnos vivos.

El autor intelectual de estas malas costumbres humanas no es otro que nuestra mente y su forma habitual de proceder. Su estilo insatisfecho, a disgusto siempre con lo que es. Haciéndole la contra, bellaqueándole al presente. ¿Y qué objetivo más fácil y a mano, más directo, que aquella persona con quien compartimos nuestra vida? ¿Qué aspecto más lleno de aristas y recovecos que nuestra vida amorosa?

Qué bueno -y qué inédito- sería encontrar esa vitalidad en nosotros mismos, en lugar de fabricarla artificialmente a costa de nuestras relaciones.

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