Testimonio de un puma

(De "Pasión y coraje. Historia personal de Los Pumas", por Pochola Silva, Sudamericana, Buenos Aires).

16 Junio 2002
"La primera vez me miré en el espejo con la camiseta puesta sentí orgullo. No sabía bien de qué se trataba ser Puma. Pero de sólo pensarlo me estremecía. Nadie es capaz, por sí solo y con las palabras justas, de encontrar la definición exacta de lo que siente un hombre de rugby cuando es convocado para un seleccionado nacional.
Después de tantos años de soñar, de practicar, de pensar solamente en el rugby, había llegado el día. Estábamos en plena gira por Africa del Sur, habíamos perdido los dos primeros cotejos y los entrenadores Angel Papuchi Guastella y Alberto Camardón decidieron efectuar varios cambios en la formación inicial y darnos la oportunidad a los más jóvenes, a los que todavía no habíamos podido demostrar nada.Fue entonces cuando, frente al espejo y orgulloso, recordé el esfuerzo se todos esos años, a mis padres, a mi hermano, cada entrenamiento, a cada uno de los hombres que me enseñaron algo de este deporte y a mi querido club, Los Tilos.
Porque la historia que me llevaría esa tarde de 1965 en Sudáfrica a vestir por primera vez la camiseta celeste y blanca había arrancado hacía ya mucho tiempo: tenía entre ocho y nueve años y las divisiones inferiores de Los Tilos eran, como en todos los clubes, una nebulosa. Llegué al primer entrenamiento con una camiseta prestada y de la mano de mi hermano mayor, que jugaba en la sexta del club. Recuerdo una pelota de cuero, cerrada con tientos, muy pesada y de color marrón, que los días nublados apenas se dejaba ver.
Casi como si hubiera sido ayer, recuerdo también que Manzanota Ferrando nos pasaba a buscar a mí, a mi hermano y a mi entrañable compañero Héctor Pipo Méndez, y nos llevaba a la cancha del Colegio Nacional para entrenarnos los martes y los jueves con los muchachos de la sexta, la categoría más pequeña que había.
Estuvimos dos años a puro entrenamiento, sin poder entrar en una cancha. Destaco esto porque nos gustaba tanto el rugby que no nos importaba tener que ver los partidos desde afuera: para nosotros, en aquel entonces, que nos dejaran entrenarnos ya era bastante. Además, éramos demasiado chicos; los años de cada uno podían contarse con los dedos de las manos. Eramos un grupo, pero nos llevábamos, en algunos casos, hasta tres años de diferencia. Y eso, a los ocho, se nota y mucho.
Julio Lito Mitosky y Enrique Quique Vergara, dos históricos en el club, entrenaban esa división. Tenían experiencia (además de una paciencia a toda prueba) y trataban de transmitirnos sus conocimientos y su forma de sentir el rugby. En 1954, los entrenadores decidieron darle una oportunidad a Pipo Méndez, con diez años y escasos cotejos. Yo también esperaba entrar, pero quedé excluido.
Les había dicho a mis padres (mi viejo fue a muy pocos partidos en toda mi carrera, en cambio, mamá siempre quiso estar al borde de la cancha) que fueran a verme porque iba a ser un partido interesante y que muchos viejos de mis compañeros ya iban y nos alentaban. Cuando supe que no iba a entrar a la cancha, la bronca fue tremenda. No podía jugar y abusé casi hasta el agotamiento de la paciencia de Lito y de Quique: protestaba como grande, pese a mi edad y a mis pocos conocimientos sobre el juego. Ya en esa época, lo mío con el rugby era tremendamente pasional.
Todavía tuve que recorrer un largo trecho, de idas y vueltas, de entrenamientos, para que finalmente llegara mi oportunidad".

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