El flagelo de las mecheras

El Gobierno podría recuperar socialmente a las amigas de lo ajeno.

16 Junio 2002
Alguien ocurrente podría decir que es un oficio tan viejo como la injusticia. Nuestra música popular también se acordó de ellas. En 1926, Carlos Gardel grabó "El ciruja", tango del poeta Francisco Alfredo Moreno y del músico Ernesto de la Cruz: "Era una paica papusa que yugaba de quemera, hija de una curandera, mechera de profesión, pero vivía engrupida de un cafiolo vidalita y le pasaba la guita que le shacaba el matón..." A menudo se asocia a las mecheras con el ambiente marginal, pero el oficio ha hecho también carrera en las clases sociales más elevadas.
Así la historia argentina registra que algunos huéspedes renombrados fueron víctimas de deshonrosas sustracciones, como la reina de España, a quien "le hicieron" la capa real, o el célebre guitarrista Andrés Segovia, cuyo banquito para apoyar su pierna fue tragado misteriosamente por manos anónimas. Casos como los de la ex esposa (modelo y actriz) de un ex futbolista que fue sorprendida llevándose lo ajeno en un shopping londinense, o de políticos -en ese entonces no lo eran- que ocupan actualmente cargos importantes a nivel nacional y provincial, quedarán incorporados seguramente en la memoria de la vergüenza.
El flagelo de las mecheras parece actuar con mayor virulencia en estos días en el microcentro tucumano. Nuestro diario ha informado que entre 20 y 50 mujeres azotan cotidianamente con sus robos a los comerciantes, quienes no suelen hacer la denuncia policial por temor a las represalias. Aquellos que disponen de un mayor capital han podido instalar sistemas de alarma que no se caracterizan, precisamente, por lo económico.
Por lo general, las mecheras son aprehendidas por alguna contravención (desorden) y quedan libres tras pagar una multa. A lo sumo pueden pasar una semana presas porque la Justicia no les da demasiado importancia a estos hechos. Por su lado, la Policía justifica su inacción en la falta de recursos, aunque hay comerciantes que aseguran que los guardianes de la ley son quienes las protegen. La Policía tiene conocimiento de que la mayoría de estas ladronas proviene de los barrios La Milagrosa, El Palomar, El Triángulo y 11 de Marzo.
Por tratarse de un delito simple, es excarcelable. Los dos fiscales consultados por LA GACETA dijeron que los robos de las mecheras no tienen prioridad ante hechos más graves y uno de ellos agregó que no puede detener más de 10 días a una mujer que deja a sus chicos solos en la casa. "La tengo que liberar y si luego encuentro las pruebas, le imputaré el delito", dijo. No es difícil deducir que las pruebas posiblemente nunca aparecerán o desaparecerán como los expedientes de dos mecheras condenadas por hurto hace ya unos años.
La realidad ayuda a entender por qué la tucumana es una sociedad en declinación, donde el imperio de la ilegalidad y de la corrupción nos da una triste celebridad. La Policía -y por ende el Gobierno- no ignora de dónde proviene la mayoría de las ladronas, pero nada hace. Por otro lado, algunos funcionarios judiciales se amparan en principios humanitarios para no aplicar la ley. Es decir que la ley les quema en las manos a quienes tienen el deber de hacerla cumplir.
Si se sabe quiénes son y dónde viven, el Gobierno podría intentar recuperar socialmente a estas personas a través de la educación, de servicios públicos dignos y de trabajo. Cualquier ciudadano puede darse cuenta de que los hechos menores son los que alimentan a los futuros hechos mayores, y si no combatimos los primeros, Tucumán se convertirá en muy poco tiempo en "El jardín de la ilegalidad".

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