Nadia Boulanger: el músico debe pensar con el corazón y sentir con el cerebro - LA GACETA Tucumán

Nadia Boulanger: el músico debe pensar con el corazón y sentir con el cerebro

Fue la pedagoga musical más importante del siglo XX y la primera mujer en dirigir las Filarmónicas de Nueva York, Boston y Londres. El Conservatorio.

24 Nov 2020 Por Roberto Espinosa
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UNA LEGENDARIA PROFESORA. Nadia Boulanger dejó una impronta mundial en la enseñanza del piano.

1887, 16 de septiembre. El llanto de una changuita subleva al vecindario de la Rue La Bruyère. A la mínima corchea que salta en el aire, la pequeña ventila su sollozo hasta transformarlo en grito. Ernest es compositor y profesor en el Conservatorio de París. Ese viernes, a los 72 años, ha tenido por primera vez la alegría de ser papá. Menea la cabeza y le dice a su esposa, la princesa rusa Mitchesky: “ya le pasará, querida”. Cuatro patas y un teclado tiene el monstruo que aterroriza a la niña. El tiempo camina y los gimoteos siguen templando los nervios barriales. Por la ventana trepan ecos de una melodía que cantan los bomberos. La música se sienta en ese corazón de tres años. La niña corre entonces hacia el monstruo para encontrar allí las notas y también un destino.

“Comencé a pensar en notas antes que en palabras. Aprendí a leer música antes que cualquier otra cosa. A los cuatro años podía leer en todas las claves y transportarlas, y a los ocho ya sabía una buena parte del tratado de armonía. Fue una pasión furiosa, total. La música nunca estuvo ausente en mi cabeza. Escucho y pienso en notas. Me es más difícil leer un diario que una partitura. Se convirtió en algo esencial en mi vida, así como otras cosas. En casa, todo el mundo hacía música, era el punto de partida y el centro de nuestra existencia”, afirma.

1897. Gabriel Fauré le ensancha el océano de pentagramas en el conservatorio. Ravel y George Enesco son sus camaradas. “Fauré ejerció sobre nosotros una gran influencia que iluminó y dirigió nuestras vidas. Nos dio un sentido de la dignidad y una visión modesta, tranquila y desinteresada de la existencia. Jamás habló de sí mismo o tocó una nota de su música. Tenía a menudo un aire soñador, de un ser de otra parte. Años después, cuando estaba viejo y enfermo, fui a visitarlo. En medio de la charla, me dijo: ‘no estoy seguro de que haya hecho bien en abandonar la composición’. ‘Mi querido maestro, estoy segura de que hice bien. Mi música es inútil. Soy demasiado despiadada con los otros y debo serlo también conmigo misma’, le contesté. Él se sentó al piano y tocó un ejercicio que yo había escrito a los 14 o 15 años... Me di cuenta de que Fauré escuchaba todo y se acordaba de todo”, recuerda.

1904 le trae los primeros premios de armonía, contrapunto, fuga y piano. Pero papá Ernest, que le ha enseñado de memoria el “Clave bien temperado”, de Bach, ya no puede alegrarse porque 1900 ha detenido su corazón. Nadia ha decidido que no será compositora, pese al enojo de Fauré. En la Rue Ballu, los miércoles por la tarde, funcionará su “Boulangerie”. “El privilegio más grande de la enseñanza es llevar al alumno a que piense y diga lo que realmente siente y a entender con claridad lo que escucha. Creo que el padre de Mozart ha sido juzgado injustamente. No se ama a un niño, cediendo a sus caprichos, sino sacando de él lo mejor”, sostiene.

La importancia de ser

1921. El Gobierno estadounidense abre en París el Conservatorio Americano de Fontainebleau para que sus jóvenes puedan perfeccionarse con los mejores maestros. Ella brinda allí clases de armonía, contrapunto y composición hasta su muerte. Llega a ser directora. “Insistí en el conocimiento de elementos esenciales: escuchar, mirar, oír y ver, y también respetarse a sí mismo. Si no se descubre la importancia de ser, no se puede tocar, pensar o vivir bien. En el lenguaje de la música, como en otros, hay reglas. Si llegamos a expresar lo que queremos, podremos decirlo en un lenguaje y traducirlo. Por otro lado, la clase colectiva es muy importante. Trabajar solo por separado con los alumnos sería una torpeza irreparable. El sentimiento colectivo de pensar, de saber qué piensan los otros, es humano y musicalmente muy necesario: reunirse con gente, intercambiar ideas, comunicarse sin perder la personalidad. El músico verdadero es aquel capaz de pensar con el corazón y sentir con el cerebro”, dice.

1918. La tuberculosis apaga los 24 años de Lili, amada y talentosa hermana compositora. Dolor. Una decisión: no casarse nunca. En el Conservatorio Americano tiene por alumnos a Walter Piston, Roger Sessions, Virgil Thomson, Elliot Carter, Leonard Bernstein... Es la primera mujer en pisar el podio de las Filarmónicas de Nueva York, Boston y Londres. La música no tiene secretos, ni la antigua ni la contemporánea. El arte tampoco. Stravinsky, Paul Valéry, Saint-John Perse, André Gide son algunos amigos. “Sin una convención se pierde el equilibrio, pero uno cae si se abandona a una convención o a la moda. Es una amalgama de obediencia y libertad la que hace una obra completa. Es lo que satisface al espíritu y a la emoción artística. Stravinsky decía: ‘si todo me estuviera permitido, me sentiría perdido en este abismo de libertad’. Por un lado, él conocía los límites y por otro, los cruzaba sin cesar”, explica.

El tormento de la moda

Las ventanas de la Rue Ballu florecen en sabiduría. Alumnos de cinco continentes rastrean en su ternura a una madre. Lanza al aire el talento de cientos de sus cachorros: Dinu Lipatti, Yehudi Menuhin, Igor Markévitch, Jean Françaix, Marc Blitzstein, Michel Legrand, Quincy Jones, Philip Glass, también los argentinos: Daniel Barenboim, Ástor Piazzolla, el tucumano Miguel Ángel Estrella, Rodolfo Arizaga...

“Prefiero la palabra ‘transmitir’, en lugar de ‘interpretar’. Me parece que tiene que ver más con la actitud de aquellos encargados de echar luz sobre una obra. Hubo una época en que la obra estaba librada al vandalismo de los intérpretes; allí ganaba el solista, pero perdía la obra. En el fondo, una interpretación sublime es aquella que hace olvidar al compositor, al intérprete y a uno mismo. En ese caso, yo olvido todo menos la obra maestra. Siempre me ha atormentado el fenómeno de la moda. Como soy una vieja maníaca, no me gusta demasiado el cambio. Cambiar por una necesidad interior es maravilloso; ahora cambiar porque no se sabe adónde ir, es mortal y destructivo. Vivir la música representa en mí tal fuente de felicidad que he querido compartirla a través de la docencia. Es una manera de testimoniar lo que he recibido, pero como una profesión de fe”, afirma.

1979, octubre 22. Le espera una intensa jornada: estudiar y enseñar. “Las palabras sin pensamiento jamás van al cielo. Hay que guardar muchas cosas en la memoria para tener siempre una buena compañía. Todo lo que sabemos de memoria nos enriquece y nos guía al encuentro de nosotros mismos. La verdadera personalidad crece ayudada por las de otros”, piensa.

Una brisa otoñal de lunes merodea en esa habitación de la Rue Ballu. Los 92 años parpadean con debilidad en los mudos anteojos. La música de Bach está acariciando ahora el adiós bien temperado de mademoiselle Nadia Boulanger.

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