Punto de vista I: un ejemplo de músico y un entrañable amigo

24 Sep 2020
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Por Carlos "Titi" Enrico

Director coral - Cantante

En 1962, se forma el grupo Las Voces de Tafí, integrado por mi hermano Néstor Enrico, Ramón Lagoria, Lito Hernández y yo, al año siguiente los dos últimos se van y entra nuestro amigo Ramón Páez y nos presenta a “Chichí Costello. Él andaba en los 20 años, yo en los 16, éramos changos; hicimos una prueba de voces y realmente sonaba muy bien. Al grupo lo armonizaba mi hermano, era la época de un antes y un después del folclore con la aparición de los Huanca Huá y optamos por ese tipo de armonía, sin imitar, pero que a todos nos gustaba.

“Chichí” era muy buen intérprete del piano y también de la guitarra, tenía una inclinación por el jazz y también por el folclore. Con el grupo fuimos al primer Festival Nacional de Buenos Aires, donde tuvimos la oportunidad de charlar en una mesa con poetas, como Hamlet Lima Quintana. Estuvimos durante varias horas charlando con don Ata en la ex Peña de Atahualpa; también con Hugo Díaz y don Fernando Portal. Luego tuvo que dejar el grupo porque se recibió de ingeniero electricista y comenzó su trabajo en la usina del dique El Cadillal, y vivía allí con su familia.

En el 77, formamos el Grupo Vocal Tafí y se reanuda esa amistad con él y con Leandro Suter; ensayábamos los sábados en mi casa, a las cinco de la tarde, llegaba y compartíamos un café con leche o mate cocido con bollos que nos preparaba mi vieja. El ensayo siempre terminaba en un asado y mientras este se hacía lentamente al compás de un vino y una picada, aparecía la otra faceta de Chichí: su calidad para contar cuentos; generalmente en los ensayos nos mostraba algo nuevo que había escrito. El único tema que hicimos con letra de él y música de Rubén Cruz fue “Cuando se muere un cristiano”; sus temas son muy difíciles para llevarlos a un grupo vocal, son más para solistas.

Cuando nos enteramos de su enfermedad, nadie lo podía creer, hasta que un día llegó a mi casa, como todos los sábados y nos mostró el último tema que había escrito, creo que era la Zamba para el Cuchi. Tomó la guitarra, pero sus dedos apenas se movían, bajamos la cabeza y no pudimos evitar derramar una lágrima. Yo trabajaba a la vuelta del sanatorio donde estaba internado y lo visitaba todos los días; nos poníamos a conversar, a recordar cosas, era un amante de los cerros y los tarcos. Le pregunté si podía escribirme la música de La Sombra para presentarla en un concurso en Viña del Mar. Le dije: “Si la eligen, nos vamos con toda la familia a pasar unas vacaciones. - Titi, de esta ya no salgo, pero cuando vuelvas mañana, tráeme papel y lápiz y te escribo la música”.

Al día siguiente, lo encontré con una hemiplejia. Se me hizo un nudo en la garganta. No puedo olvidar su mirada fija, como si hubiese querido decirme algo, pero no podía.

El 23 de septiembre, los folcloristas y amigos le hicimos un recital en su homenaje en el teatro San Martín. A las doce de la noche me pidieron que dijera unas palabras para Chichí y mientras hablaba y lo “despedía” en los primeros minutos de ese 24 de septiembre de 1985, Chichí nos dejaba físicamente.

Su poesía, su música, sus recuerdos, perduran en quienes tuvimos la suerte de conocerlo; su poesía se lee en las escuelas. Fue un ejemplo como profesional, padre de familia, músico y un entrañable amigo.

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