Las disculpas que no se escucharán nunca

29 Ago 2020 Por Federico Türpe
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Un debate recurrente puertas adentro del periodismo gira en torno de si se deben publicar más informaciones positivas.

También es un pedido que a veces hacen algunos lectores, aunque no suele ser un deseo de la mayoría, que se inclina por las investigaciones rigurosas.

La prensa, en general, suele priorizar las visiones críticas de la realidad, las denuncias, los delitos, las mentiras y las transgresiones de todo tipo. Es decir, apuntar la lupa sobre lo que debe corregirse antes que sobre lo elogiable, lo meritorio, lo que se está haciendo bien.

Esto es así porque en la matriz del periodismo está la fiscalización de los poderes públicos, político, judicial y económico. De allí viene aquello del mal llamado “cuarto poder”. No lo es ni debería serlo.

En segundo rango vienen los roles de educar y entretener, que también deben contemplar los medios.

Diferente de lo que se conoce como propaganda, que es la difusión de los actos y obras de gobierno y, obviamente, ningún gobierno, y menos en Argentina, se pronuncia en contra de sí mismo.

Suele repetirse que “una noticia es aquello que alguien no quiere que se publique. El resto son relaciones públicas o propaganda”.

Esta frase fue erróneamente atribuida al escritor y ensayista británico George Orwell.

Según una investigación del periodista Gil Toll, publicada en “El Heraldo de Madrid”, esa definición, con distintas variaciones que fue sufriendo a lo largo del tiempo, fue publicada como “original” por 18 autores en el último siglo, aunque la primera vez ocurrió en 1918, cuando el periódico “The Fourth State” imprimió una primigenia versión escrita por el periodista L.E. Edwardson, del “Chicago Herald”:

“Cualquier cosa que un patrón quiera ver publicada es publicidad; cualquier cosa que no quiera ver en el periódico es noticia”. Todas las otras versiones, algunas muy ocurrentes, pueden encontrarse en el trabajo “Orwell no lo dijo”, de 2015.


El arte de la autocrítica

En países con democracias más maduras, la autocrítica, el reconocimiento de los errores y de las limitaciones son parte de una gestión “normal”. Como también los pedidos de disculpas cuando se fracasa o no se cumple con la palabra empeñada.

Por ejemplo, en mayo, el presidente español, Pedro Sánchez, pidió disculpas por los errores cometidos en la gestión de la pandemia.

Ese mismo mes, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, pidió disculpas al personal sanitario de ese país tras haber dicho que hay médicos que sólo buscan enriquecerse.

Hace tres semanas, también en el marco de la pandemia, el presidente Sebastián Piñera pidió disculpas por “si la ayuda no ha sido suficiente o no ha llegado a tiempo”.

El mandatario chileno ya había pedido perdón en octubre del año pasado por la “falta de visión” ante las necesidades que aquejaban al país, luego de cinco días de manifestaciones y una represión que dejó un saldo de 15 muertos.

El pedido de disculpas es más común entre los países anglosajones. Aunque doce años después, el británico Tony Blair pidió perdón por la guerra de Irak.

Barack Obama se disculpó ante la organización “Médicos sin Fronteras” por el ataque a un hospital afgano. Y está el famosísimo pedido de disculpas de Bill Clinton por su affaire con la becaria Mónica Lewinsky.

Uno de los mandatarios que más veces pidió perdón es el inglés David Cameron. Casi por todo pedía disculpas, aunque eso no lo exoneró de haber pasado a la historia como uno de los peores gobernantes británicos.
Una buena definición de por qué la clase dirigente, en general, es tan reacia a reconocer sus errores le pertenece al ex presidente socialista español José Luis Rodríguez Zapatero: “La palabra perdón no entra en el vocabulario de las responsabilidades políticas”, afirmó en medio de la profunda crisis económica que soportaba España hace una década, mientras el gobierno se negaba sistemáticamente a pronunciar la palabra “crisis”.

Existen dos principales razones por la que los políticos en general le rehúyen a la autocrítica.

La primera es el ego, mal que nos afecta por igual a todos los seres humanos, pero que se agiganta exponencialmente a medida que se asciende en la escala social y de cualquier poder, público o privado.

Sólo los seres excepcionales, con espíritus superiores, que son muy escasos, pueden afrontar el poder y el liderazgo con humildad, sencillez y gratitud.

Hay estudios que dicen que las cuatro virtudes que más valora la gente en un político son honestidad, valentía, coherencia y humildad, en ese orden.

La segunda razón por la que la autocrítica encuentra escasa adhesión en la dirigencia promedio se basa en el argumento de que reconocer errores empodera a los opositores o a la competencia y les da armas para atacar con más fuerza, lo que, por lo tanto, termina esmerilando su poder. Esta teoría es errónea, ya que está comprobado en numerosos estudios políticos que admitir fallas y pedir disculpas no debilita la imagen de un dirigente y que, incluso, en algunos casos y contextos, hasta se fortalece ante la opinión pública.

Con lo que, en realidad, el que pierde imagen es el opositor que se aprovecha de un pedido de disculpas honesto.


Tuculandia

Proyectado al plano local, este mal endémico de la política global crece de forma inversamente proporcional a los errores cometidos.

Cuanto más se fracasa más se agiganta el ego de nuestros dirigentes. Con lo cual, las posibilidades de corregir los errores se reducen cada vez más.

Nadie imagina al gobernador Juan Manzur pidiendo disculpas por todo lo que hizo mal, o más exacto, por todo lo que no hizo.

Los erráticos cuatro años de su primera gestión -lo repite cada vez que puede- fueron entera responsabilidad de Mauricio Macri.

Cuando el gobierno nacional cambió de bandera y ya no pudo culpar a la Casa Rosada por los profundos males que padecen los tucumanos, vino la pandemia, como caída del cielo, como argumento para justificar la preocupante ineficacia en la gestión.

Es un gobierno que salta de anuncio tras anuncio y promesa tras promesa que no se cumplen.

La inseguridad, esa tragedia que castiga a la sociedad de punta a punta, se ha combatido con una decena de medidas anunciadas que nunca terminaron de aplicarse, como bien se detalló el miércoles en el programa Panorama Tucumano.

La contaminación, cada año más asfixiante, está rodeada por una batería de leyes que no se cumplen.

La obra pública duerme sobre medio centenar de promesas que llevan cinco años congeladas (Centro Cívico, nuevas rutas y autopistas, agua y cloacas, más viviendas, reforestación de un millón de árboles, inundaciones, limpieza y mantenimiento de ríos y canales, centro de alto rendimiento en Tafí del Valle, urbanización de las villas, nuevos accesos al área metropolitana y una extensa lista de planos presentados con toda la bulla).

¿Alguien imagina a Manzur pidiendo disculpas por la reforma electoral que prometió en campaña y no hizo?

En ese debate interno y constante de los medios, a veces somos partidarios de que hay que contagiar más optimismo y publicar más noticias positivas. Pero en el contexto que padecen los tucumanos podría parecer una burla y hasta ofensivo, más cerca de la propaganda que del periodismo.

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