Esa grieta por donde se cae la Argentina

01 Ago 2020 Por Federico Türpe
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Los gobiernos están sobrevalorados. Muy sobrevaluados. En algunos casos por sociedades paternalistas, hiperdependientes de la autoridad -por comodidad o por mediocridad- que los colocan en una posición cuasi monárquica y les ceden todas las decisiones, y con ello todas las culpas, de los éxitos y de los fracasos.

En otras circunstancias, son los propios gobiernos los que se sobreestiman a sí mismos y se erigen en amos y señores de los destinos de sus subordinados (Síndrome de Hubris, por ejemplo). Es el caso de los dictadores, los mesiánicos, los populistas, los fascistas.

En ciertos países se conjugan ambos modelos: gobiernos mesiánicos que se han apropiado del Estado, lo han hecho propio, y pueblos sumisos que han transferido sus derechos, y con ellos también sus obligaciones. Porque no hay uno sin el otro. Los derechos y las obligaciones son indivisibles, no funcionan por separado.

Obligaciones sin derechos es esclavitud, y derechos sin obligaciones es anarquía, la disolución del Estado-Justicia, la ley del más fuerte.

Luego están las llamadas “democracias saludables o maduras”. Siempre se cita el ejemplo, en primer término, de los países escandinavos, las naciones vikingas y sus alrededores.

Administraciones de muy bajo perfil con ciudadanías empoderadas. Líderes sin demasiados privilegios, con vidas austeras, donde a menudo son noticia porque utilizan el transporte público, por ejemplo, y pasan a retiro como cualquier vecino.

A su vez, son sociedades donde la gente ocupa un lugar gravitante en los temas vitales: basura, seguridad, medio ambiente, tránsito, generación de empleo, control de respeto a las normas.

Sociedades que se hacen cargo de sus obligaciones y que no culpan de todo al gobernante de turno. El basural de la esquina es antes responsabilidad del barrio que del alcalde.

Nadie conoce, por ejemplo, quién es la primera ministra de Noruega (Erna Solberg) o de Dinamarca (Mette Frederiksen), países que cuatriplican el PBI per cápita de Rusia o de Brasil. Sin embargo, todo el planeta sabe quiénes son Vladimir Putin o Jair Bolsonaro, líderes muy fuertes con pueblos empobrecidos.


¿Dos ideas o una sola?

En Argentina, históricamente, estuvieron en pugna dos modelos: la demagogia populista, latinoamericanista, que siempre buscó un mesías que la salve, un papá-mamá que se haga cargo de todo, desde San Martín hasta Kirchner, pasando por Sarmiento, Roca, Yrigoyen, Perón, Evita, Alfonsín y tantos otros y otras (sin equiparar estaturas históricas, por supuesto).

Un modelo que tuvo o tiene sus ventajas, en tanto ordenó a la Nación detrás de una idea (que cambió según el líder del momento), pero que también sometió, en cada pasaje de la historia, a quienes sostenían una idea distinta de país.

El otro modelo, más europeizante, se sustentó más en la meritocracia que en el asistencialismo, con un argumento no menos pesado: Argentina fue históricamente el país más educado de Latinoamérica, el de menor desigualdad del continente y con la mayor clase media trabajadora y productiva. Hoy ya no es así.

En situaciones de crisis, una enfermedad crónica nacional, fue un modelo menos inclusivo, en tanto dejó a su suerte a gran parte de una sociedad cada vez más carenciada.

Asistencialismo versus meritocracia no fue excluyente de un mesías o de otro. Son tensiones que convivieron y conviven en todas las administraciones argentinas.

Más acá en los tiempos, hay cien veces más similitudes que diferencias entre el kirchnerismo y el macrismo que las que gritan las barras bravas enardecidas y enceguecidas.

Ambos sectores quisieron disminuir el déficit fiscal y no pudieron. Ambos anhelaron un Estado más chico y a la vez más eficiente y no pudieron. Ambos pretendieron bajar la pobreza y la inflación y no pudieron. Los dos buscaron atraer inversiones extranjeras y no pudieron. También quisieron generar más empleos genuinos y tampoco pudieron, como tampoco pudieron mejorar el servicio de justicia.

Por el contrario, agrandaron el Estado, la deuda, la pobreza, la inseguridad, la inflación...


Todos tenemos razón (o nadie)

El principal problema que tenemos los argentinos, además de nosotros mismos, está en un germen que nos ha infectado hasta la septicemia: la psicología lo llama “sesgo de confirmación”. Este fenómeno, o patología, también se conoce como “recolección selectiva de evidencia”.

Procesamos la información que consumimos de manera tal que los resultados coincidan con nuestras expectativas, no con la realidad.

El sesgo de confirmación busca que la información no refute nuestras ideas preconcebidas, ideologías, creencias.

Todos nos vemos a nosotros mismos como buenos, lindos y generosos. Y cualquier dato que contradiga nuestros preconceptos afectará también nuestra autoestima y nuestro lugar de confort.

Este comportamiento que nos ahoga en grietas irreconciliables fue confirmado científicamente por el psicólogo inglés Peter Wason, quien realizó una serie de experimentos en la década del 60 para demostrar que la gente está realmente sesgada hacia la confirmación de sus creencias actuales.

En el ensayo “Neurociencia para (nunca) cambiar de opinión”, el biólogo argentino, Pedro Bekinschtein, afirma que “las creencias de cada uno y la necesidad de tener la razón nos sesgan a buscar y recordar determinado tipo de información y a elegir lo que coincide con lo que ya creemos. Entonces voy a tomar todos los caminos mentales necesarios para llegar a la conclusión que ya saqué”.

“Te vas convenciendo más de que tenés razón. Se llama sesgo de confirmación y funciona a muchos niveles (político, religioso, deportivo, etc)”, observó el investigador del Conicet, en una entrevista con Radio Mitre.

En este ensayo, Bekinschtein hace hincapié en el falso consenso, algo que se produce cuando “pensar que el resto de las personas ven el mundo de la misma manera que uno y si otra persona piensa distinto, es porque no está pensando racionalmente o no tiene toda la información necesaria y son ellos los que están equivocados”.

Este fenómeno también se conoce como “razonamiento motivado”. El neurocientífico argentino Facundo Manes lo explica: “No vemos la realidad, sino lo que nuestras creencias filtran de ella. Por eso, cuando contradicen nuestra visión, nos resulta tan difícil cambiarla”.

Esa es la razón por la que Argentina está entrampada en un pensamiento bipolar en permanente pugna, entre dos modelos defectuosos y virtuosos a la vez, que no podemos reconciliar, como dos niños que tiran de una soga en sentido contrario y ninguno avanza.

“Si una causa como el cambio climático -ejemplifica Manes- se identifica con un grupo o ideología, quienes no coincidan con dicho pensamiento, tenderán a desestimar toda la evidencia científica que demuestra que el cambio climático es una problemática real y documentada”.

Esto ocurre, por ejemplo, en EEUU, entre los demócratas, que denuncian el cambio climático, y los republicanos, que lo niegan.

Lo mismo pasa en Argentina con los pro cuarentena y los anti cuarentena. Depende del lugar ideológico donde cada uno se pare, encontrará los argumentos necesarios para estar de acuerdo o no con la medida. No importan las evidencias actuales, sólo las ideas preconcebidas.

“En el momento en que se materializa la evidencia que hace temblar nuestras creencias -afirma Bekinschtein- se dobla la realidad para que la imagen que tenemos de nosotros mismos coincida con lo que nos pasa y la idea de admitir que uno se equivocó implica aceptar que esas evidencias son erróneas”.

¿Existe algún antídoto para esta patología humana, que tanto daño nos hace a los argentinos?

En primer lugar, la ciencia, ya sea económica, política, sociológica, biológica…

En segundo lugar, el altruismo y la generosidad para ceder ante la evidencia y aceptar que podemos haber estado equivocados, al menos en parte. Esto sería por las buenas.

Ahora, por las malas, sería salir a combatir fuerte y sin misericordia a todos los fanáticos enceguecidos que no permiten cerrar la grieta, que intoxican cada buen intento que surge y que impide que Argentina salga alguna vez de este oscuro abismo que abrió las eternas divisiones.

Y hacernos cargo, claro está, que es lo mismo que dejar de una vez por todas de culpar al otro que piensa distinto.

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