29 Marzo 2002 Seguir en 
"He sentido siempre una atracción irresistible por los viajes, por lo cual he leído gran número de ellos, comenzando por Los viajes de Gulliver y concluyendo por Un viaje pintoresco alrededor del mundo. Esas lecturas no podían dejar de hacer nacer en mí el deseo de viajar y tenga usted en cuenta, además, que soy sumamente curioso...(...)...
Elegí entonces, para satisfacer mi ardiente curiosidad, el antiguo virreinato de Buenos Aires, del cual se han formado, desde la emancipación, la Confederación del Río de la Plata, que cuenta más repúblicas que provincias tenía el virreinato; la Banda Oriental o República del Uruguay, llamada también Cisplatina por los brasileños, que habían hecho de ella una provincia de su imperio; la República de Bolivia, formada por las provincias del Alto Perú, y, por último, el Paraguay, un Estado muy particular, sometido al poder dictatorial de un jefe muy raro...(...)...
Cuando me disponía a partir, hacia fines de 1829, el gobierno de Buenos Aires acababa de hacer la paz con el del Brasil. Los ejércitos victoriosos de la República Argentina habían regresado a su patria y sus distintos cuerpos habían sido distribuidos en sus provincias respectivas. Se esperaba que, libres de enemigos exteriores, todos estos pueblos iban al final a trabajar activamente y de común acuerdo en su constitución política, eludida hasta entonces por diferentes razones. Había estallado una nueva revolución, es verdad, en Buenos Aires mismo, a fines de 1828; pero como el jefe militar que la había dirigido había sido vencido por las milicias del campo, todo parecía indicar el retorno a la normalidad. Así, pues, hice mis preparativos sin ningún temor.
Había trazado mi itinerario de este modo: primeramente debía desembarcar en Buenos Aires y luego llegar inmediatamente, por tierra, a Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes en donde tenía un sincero amigo. Como mi intención era la de visitar todas las provincias del Río de la Plata, quería comenzar por la vertiente oriental de los Andes, que comprende las de Mendoza o Cuyo, San Juan, La Rioja, Salta, Jujuy y Catamarca; detenerme en Tucumán, provincia que merece un examen más detenido por la variedad de sus productos naturales, y, luego, descender por Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe; desde allí remontar el majestuoso Paraná, principal afluente del Plata, hasta las fronteras del dictatorial Estado paraguayo, visitando Entre Ríos y Corrientes; atravesar esta última provincia así como las antiguas Misiones para llegar hasta la Banda Oriental, que debía recorrer hasta Montevideo. Desde esta capital pensaba llegar por mar a la costa patagónica y, desde este interesante lugar, volver a Buenos Aires por el interior de su provincia.
Este itinerario formaba, como se ve, un vastísimo plan de exploración, erizado por más de una dificultad, sin contar los peligros, las privaciones y las fatigas extremas que, según los románticos, constituyen todo el encanto de un viaje; creía, por mi parte, haberlo calculado y previsto todo (estaba en la edad en que no se duda de nada) y esperaba, además, decidir a mi bravo amigo de Ch... y a que me acompañase".
Elegí entonces, para satisfacer mi ardiente curiosidad, el antiguo virreinato de Buenos Aires, del cual se han formado, desde la emancipación, la Confederación del Río de la Plata, que cuenta más repúblicas que provincias tenía el virreinato; la Banda Oriental o República del Uruguay, llamada también Cisplatina por los brasileños, que habían hecho de ella una provincia de su imperio; la República de Bolivia, formada por las provincias del Alto Perú, y, por último, el Paraguay, un Estado muy particular, sometido al poder dictatorial de un jefe muy raro...(...)...
Cuando me disponía a partir, hacia fines de 1829, el gobierno de Buenos Aires acababa de hacer la paz con el del Brasil. Los ejércitos victoriosos de la República Argentina habían regresado a su patria y sus distintos cuerpos habían sido distribuidos en sus provincias respectivas. Se esperaba que, libres de enemigos exteriores, todos estos pueblos iban al final a trabajar activamente y de común acuerdo en su constitución política, eludida hasta entonces por diferentes razones. Había estallado una nueva revolución, es verdad, en Buenos Aires mismo, a fines de 1828; pero como el jefe militar que la había dirigido había sido vencido por las milicias del campo, todo parecía indicar el retorno a la normalidad. Así, pues, hice mis preparativos sin ningún temor.
Había trazado mi itinerario de este modo: primeramente debía desembarcar en Buenos Aires y luego llegar inmediatamente, por tierra, a Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes en donde tenía un sincero amigo. Como mi intención era la de visitar todas las provincias del Río de la Plata, quería comenzar por la vertiente oriental de los Andes, que comprende las de Mendoza o Cuyo, San Juan, La Rioja, Salta, Jujuy y Catamarca; detenerme en Tucumán, provincia que merece un examen más detenido por la variedad de sus productos naturales, y, luego, descender por Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe; desde allí remontar el majestuoso Paraná, principal afluente del Plata, hasta las fronteras del dictatorial Estado paraguayo, visitando Entre Ríos y Corrientes; atravesar esta última provincia así como las antiguas Misiones para llegar hasta la Banda Oriental, que debía recorrer hasta Montevideo. Desde esta capital pensaba llegar por mar a la costa patagónica y, desde este interesante lugar, volver a Buenos Aires por el interior de su provincia.
Este itinerario formaba, como se ve, un vastísimo plan de exploración, erizado por más de una dificultad, sin contar los peligros, las privaciones y las fatigas extremas que, según los románticos, constituyen todo el encanto de un viaje; creía, por mi parte, haberlo calculado y previsto todo (estaba en la edad en que no se duda de nada) y esperaba, además, decidir a mi bravo amigo de Ch... y a que me acompañase".





