El caso Salinas: mafia policial: de acusadores a sospechosos

Historias detrás de la Historia (segunda parte).

02 Dic 2019 Por Gustavo Rodríguez

Los días pasaban y los tucumanos continuaban espantados por el crimen del oficial Juan Andrés Salinas. No se recuperaban del golpe que significó darse cuenta de que en la provincia había grupos que dirimían sus conflictos a balazos en plena calle y sin ningún tipo de problemas. Hasta esa madrugada del 30 de enero de 1992, el verano había parecido tranquilo.

1- La investigación

“Ese caso fue mi bautismo de fuego”, reconoció el fiscal Esteban Jerez en una entrevista con LA GACETA. Asumió al frente de la investigación con el apoyo de su par Gustavo Estofán. Reemplazaron a su colega Joaquina Vermal porque ella había actuado como fiscala de feria. Y su primera tarea -dijo- era ubicarse en tiempo y lugar para no “comerse” todas las hipótesis falsas que habían planteado los policías que actuaron en un primer momento.

Los resultados de las primeras pericias revelaron algo completamente diferente a lo que les informó la fuerza en un primer momento. Salinas no había sido acribillado en el interior del auto, sino que se bajó del Renault 18 en el que se desplazaba junto a Ángel “El Mono” Ale y en la esquina de República del Líbano y España y realizó al menos cuatro disparos con su Browning. El oficial, que era un eximio tirador y que había demostrado su valor al enfrentarse solo contra una banda en la que murió un el conocido delincuente “Carita” Jiménez, sí se había defendido y que, presumiblemente, conocía a sus agresores. Vecinos reconocieron que escucharon varios gritos antes de que se produjera el tiroteo.

Desde la fuerza insistían que los autores del crimen habían sido los integrantes del Clan Ale. Que Salinas había pretendido darle algún tipo de información y “El Mono” se había encargado de ultimarlo. Pero los estudios determinaron que el principal sospechoso no había usado un arma; varios testigos confirmaron sus dichos sobre qué había hecho esa noche; y por último, otras personas observaron que el acusado por los policías se había escapado del lugar, primero arrastrándose por el suelo y después corriendo a gran velocidad. También se corroboró el dato de que le habían hecho varios disparos mientras escapaba.

Para los fiscales, “El Mono” pasó de ser principal sospechoso a víctima de tentativa de homicidio. Ese cambio de calificación no lo salvó de todo. Por las armas que encontraron en su casa y las que les incautaron a sus allegados, terminó siendo imputado, al igual que su hermano Rubén “La Chancha”, su padre Said Ale y otras 10 personas, por asociación ilícita y tenencia de armas de guerra.

2- Conexión policial

Los fiscales fueron descubriendo que detrás del crimen estaban varios policías, muchos integrantes del Comando Atila, enemigos acérrimos del Clan Ale, que recién estaba surgiendo. En marzo de 1993, pese a todas las pruebas falsas que les plantaban, las amenazas e inconvenientes, los fiscales lograron conseguir pruebas que les permitieron identificar a los posibles autores del hecho. Más de la mitad de ellos estaban aún en actividad.

Luis “Chueco” Medina se complicó por mentir.

Los primeros en caer fueron Luis Francisco “Chueco” Medina y Juan Armando “Ratón” Velárdez, que habían asegurado que el día del hecho habían estado con varios de los sospechosos comiendo un asado, versión que fue descartada rápidamente. Luego, se secuestró un taxi Renault 12, el mismo modelo que utilizaron los homicidas del oficial Salinas. El ex policía Juan Carlos Ovejero se lo había adquirido a Juan “Perro” Bobi días después del crimen. El sospechoso dijo que a ese auto, que tenía impactos de proyectiles en los paneles de una de las puertas, se lo habían robado en Termas de Río Hondo, pero nunca había denunciado el hecho. Los tres terminaron detenidos.

Ricardo “Cuchulo” Sánchez entregó un fusil.

Pero en la comisaría de Lastenia, donde funcionaba la jefatura de la Unidad Regional Este, se encontró la pieza probatoria más importante. Uno de los fusiles Fal de la fuerza había sido utilizado en el ataque. En el libro de actas se descubrió que el comisario Ricardo “Cuchulo” Sánchez, que tenía un cargo jerárquico, lo sacó y se lo entregó a Miguel “Tono” Pereyra y a Luis Humberto “Niño” Gómez, también integrantes del Comandon Atila. Los tres también terminaron tras las rejas después de haber protagonizado escándalos en tribunales cuando se le comunicó su detención. A esa lista después fue agregado Jorge Orlando “Feto” Soria, considerado como mano derecha del “Malevo” Ferreyra y hoy próspero empresario de una prepaga de medicina.

Jorge “Feto” Soria fue la mano derecha del “Malevo”.

A los fiscales siempre les llamó la atención la facilidad con que actuaron los sospechosos. Si bien es cierto que pertenecían a un grupo que estaba acostumbrado a hacer lo que quisieran en las calles de la provincia, actuaron sobre seguro. Según Jerez, sospecharon que Camilo Orce, que esa noche estaba de jefe de turno de la Unidad Regional Capital, habría dado la orden de “liberar” la zona. El mismo subcomisario fue el que realizó las primeras medidas en el lugar del hecho y el que más pruebas recolectó en contra del “Mono” Ale. También fue arrestado, aunque nada de eso quedó probado.

3- El móvil

Han pasado casi 27 años del hecho y nunca quedaron claros los móviles del crimen. Jorge Lobo Aragón, que fue el juez de la causa, planteó que “Salinas le habría mejicaneado una carga de droga al Comando Atila. Aparentemente se la quiso vender a los Ale. Y el ‘Mono’, para no tener problemas, les habría avisado. Por eso lo fueron a buscar, lo acribillaron al oficial y a él no le pasó nada, o mejor dicho, señaló que lo habían herido”, contó su hipótesis en una entrevista con LA GACETA.

¿Su versión tira por tierra entonces la historia de que los Atila eran enemigos acérrimos de los Ale?, se le consultó. “Efectivamente, ambos competían por los negocios ilegales de la provincia, pero en cierto punto se respetaban. No se olvide que este caso a mí me costó la carrera. Me fui del Poder Judicial porque no podía creer tanta injusticia”, respondió.

Los Ale siempre argumentaron que el ataque se había producido porque los miembros del Comando Atila no podían soportar que el “Mono” Ale hubiese conseguido autorización oficial para su negocio de las máquinas de juego. Sus rivales, en cambio, según se ventiló, manejaban los centros clandestinos. Algunas fuentes confirmaron que la polémica familia había denunciado con dirección dónde funcionaban los negocios clandestinos.

Juan Andrés Salinas.

El ex fiscal Jerez no negó que se haya analizado esa hipótesis, pero junto a Estofán se terminaron inclinando por una tercera hipótesis que tiene que ver con un incidente que habría ocurrido semanas antes del crimen. En el pedido de elevación a juicio que elevaron y donde acusaron de homicidio agravado a todos los policías, sostuvieron que semanas antes del crimen el “Mono” Ale se encontraba en El Cadillal junto a unos amigos. Uno de ellos fue detenido por policías y, el grupo copó la comisaría para liberarlo. El jefe de esa dependencia era nada menos que “Tono” Pereyra, uno de los referentes del Comando Atila.

Para muchos ese no fue un incidente más, sino una provocación exagerada. En esos días, ambos grupos protagonizaban, según se cree, una dura batalla por el dominio de las maquinitas de juegos y otras actividades de tinte ilegal. En otras palabras, fue una demostración de poder. Pero en Tucumán en casos difíciles siempre pasa algo.

Próxima entrega: El corto camino a la impunidad.

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