El amor es para siempre: Luisa, la emprendedora callejera, te lo firma

Esta mujer que perdió a su marido en el '96, y jamás miró a otro hombre, vende desde hace 30 años TeleKino en la peatonal Mendoza.

01 May 2019 Por Leo Noli

- ¿Qué le dirías a Antonio si lo tuvieras ahorita mismo en frente?

- Vos querés que yo me largue a llorar. Dejá de joder, che.

A nuestra amiga Luisa Guillermina Trejo, como ella misma sabe presentarse en sociedad, la escuchamos desde hace 13 años -más, menos-, recitar la misa frase, “el Tele-kino”. “Hace 30 que lo vendo”, me corrige y aporta un dato abrumador. “Lo vendo desde que sale un peso. Hoy está 50, así que date la idea, che”.

Gentil y divina en el mano a mano, Luisa asegura no tener un apodo. Luisa es Luisa para todo el mundo; para sus clientes, para sus dos hijos, Víctor y Verónica, y para sus nueve nietos, repartidos en diferentes porciones. Tres de Víctor, seis de “Vero”. Los dos son hijos del mismo padre, Antonio Rojas. “Es mi único amor”, dice ella.

Esta es la historia de una chica que se enamoró de alguien que la saludaba todos los días desde una ventana. 

En términos románticos, podría decirse que Antonio era un Romeo atrapado en un cuadro de aluminio, y Luisa, la Julieta que le sonreía cada vez que él levantaba la mano y veía cómo sus ojos entraban en modo compota de alegría.

Pícaro, Antonio la enamoró jovencita a Luisa. “Tenía 20 años cuando se acercó hasta el supermercado donde yo trabaja. Se presentó, y bueno, usted ya sabe”, la sonrisa de Luisa es un mundo de alegría. Es el deber cumplido de Cupido con Antonio.

 Tiene 75 bien andados ella, pero se la ve con la energía de una leona recién salida del cautiverio. Luisa es feliz con la vida que tiene y da gracias al de arriba por todo lo que tiene y tuvo.

Víctor nació después del Rodrigazo del 75, pero entre Luisa y Antonio supieron capear la tormenta. Lo mismo pasó cuando dieron a luz a “Vero”, en el ‘87, previo a la hiperinflación del gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Las crisis económicas hicieron de esta pareja cambiar de rumbo laboral. Ella dejó el supermercado, él la casa de electrodomésticos. Se olvidaron de "Seguro", fueron a cazar su propio sueño. Con el Telekino, entre otras ideas.

Por eso, le duele, y mucho a Luisa no tener a “Don” Antonio cerca. “Falleció en el ‘96. Le hicieron una mala praxis. Ese doctor que me lo operó de los intestinos me hizo un croquis cuando me lo entregó (muerto). Después lo vi con esas mocosas que ponen inyecciones en los comués... Han muerto a seis más, aparte de mi marido. Por eso te digo que fue mala praxis”, Luisa no pierde la compostura en un relato sinuoso y doloroso, pero sí esa sonrisa mágica al nombrar a Antonio se apagó. Hasta que borramos del mapa aquella historia y volvimos los lindo. Recuerdos de cuando estaba vivo.

“No me casé, nos unimos para siempre”, habla sobre su relación con Antonio, Luisa. Jamás necesitó de otra pareja. “No, para qué. Dejame así. Soy mujer de un solo hombre, y ese hombre ya no está”, su luto por Antonio será eterno.

COMPLETA. Sus nueve nietos compensan la ausencia de su único y gran amor, Antonio.


Dame la mano

Fue en aquella tarde de 1964 cuando la vida de Luisa cambió para siempre. Primero, por ceder ante la seducción de Antonio, y después por luchar ante el “no” rotundo de su hermano. “Fue cuando lo llevé a mi casa, a presentárselo a él y a mi mamá y mi papá. Mi hermano no quería saber nada porque Antonio ya se había separado una vez”. Antonio, picaflor, era 12 años mayor que Luisa, la nena de la casa.

Pero el fuego del amor, de la unión eterna, pudo más. Incluso superó una gran entredicho con título de triángulo amoroso. Antonio era mujeriego, medio Don Juan. 

“Una vez cayó una a mi casa. Justo llegaba yo de trabajar. Me preguntó por ‘Don Antonio’. Le pregunté que necesitaba, que yo era la mujer. La mina me respondió que no, que Antonio le dijo que yo era su hermana. ‘Cuando llegue a la casa le voy a decir’, le dije”, recuerda Luisa sobre el primer y único tirón de orejas a su finado esposo. 

“De acá para afuera de la casa, o de acá para adentro. Pero nunca más algo así, le dije. Se armó un despiole... Pero siempre de palabras, eh”. Antonio pidió perdón y colorín, colorado, triángulo amoroso apagado.


Gran compañero

“Yo hacía esto con él. Lo extraño”, me recuerda Luisa sarandeando los cartones. Apenas una vez fue al cementerio a visitar a Antonio. “Me hace muy mal”.

Entre sus clientes fijos, Luisa cuenta que la mayoría compra uno o dos cartones. El más osado puede llegar a llevarse cuatro. Son los menos, en realidad.

Por cada cartón vendido, a ella le queda una comisión apenas superior a los $ 2. “Trabajo de lunes a sábados. Si me va bien, puedo vender 600 cartones durante la semana”, lo que vende le ayuda a apuntalar su sueldo de jubilada como ama de casa.

A Luisa le gusta la Calle.

A Luisa no le gusta estar en casa. “No, no me gusta. Extraño a mi marido. Yo hacía esto con él y ahora no lo tengo y me pone triste estar sola”, Luisa es como un gato panza arriba. Pelea contra ella misma para no llorar.

Sus nietos son su mayor bendición. Los nueve. Los ama a todos por igual y quizás su amor es más fuerte, puro a irracional que el que tuvo con Antonio. Su único amor. “Para siempre”, me repite ella.


La traición

Luisa perdió la cuenta de cuántas veces repitió su famosa frase “el Tele-Kino”. “Ni idea”, se encoge de hombros. Al toque, vende un cartón. Pasa un rato, y otro que se va. La pesca del día no tiene un resultado final aún. 

“Mujeres y hombre por igual. A veces vienen chicos a comprar, por pedidos de sus padres”, comenta Luisa, cuya suerte no estuvo ligada a la de una ex cliente que la traicionó. Sí, la traicionó. 

Resulta que años atrás Luisa vendió un cartón ganador. “Era mucha plata. No recuerdo bien, pero era mucha plata”. La agraciada jamás le retribuyó el hecho de ella haber sido su puente al éxito económico. De hecho, la ninguneó.

Esto es así: cobrado el premio por el ganador, lo siguiente es devolver el ticket a quien se lo vendió. De lo contrario, chau comisión, chau todo. Es como si nada hubiera pasado.  “La comisión muere en la Caja (Popular de Ahorros), nadie la cobra; beneficio para ellos. Esa me la hizo bien”.

Pasó el tiempo y Luisa sigue enojada. “Era un montón de plata para mí. Esa, primero, me mintió de que lo había perdido al cartón. Después que lo había lavado y después que lo había roto. Desagradecida. No me lo quiso dar”, hay heridas que no cierran así nomás. Aunque era su cliente, Luisa la consideraba aun amiga. “Y mirá como me traicionó”.

FACTURACIÓN. En promedio, Luisa pueda ganar $ 1.200 por semana. Pero depende de los pozos.


La tensión y el amor

Luisa vive por la zona de La Ciudadela. “Pasan un montón de choros por donde vivo yo. Les roban a las motos, a las chicas, a todos. No tenemos seguridad”, se queja nuestra amiga y se confiesa un poco alterada por el asunto seguridad. “Yo soy sola en mi casa”.

Luisa le pelea a la soledad del hogar desde hace 23 años, desde que se lo llevaron a Antonio. “Me distraigo más en la calle que en la casa. Acá en la peatonal estoy de 8.30/9 a ocho de la noche y recién me vuelvo. Me baño, veo algo de tele y trato de dormirme rápido. Lo extraño mucho a mi marido”.

Lo que la atraía tanto de Antonio era su forma de ser. “Hacíamos todo juntos. Si había que salir a bailar, salíamos; si había que pasear, paseábamos. Fue muy bueno con sus hijos, conmigo. Siempre nos dio lo mejor. Era una buena persona, un buen hombre”.

- ¿Lo extrañás todos los días?

- Sí, sí. Ha sido muy buenísimo.

- Si volviera por un segundo Antonio, ¿qué le dirías?

- ¿Qué querés de te diga?

- ¿Le dirías que lo amás?

- Basta, me vas a hacer llorar. Dejá de joder, che.

- Bueno, dame un beso.

- Bueno.

- Y un abrazo.

- Bueno.

- Gracias.

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