Los adolescentes tienen cada vez más participación social. No piden permiso. Hoy se involucran en debates y militan causas. Cuestionan las autoridades. Y no sólo las que están en la casa. Pero no hay que juzgarlos, sino acompañarlos. Así opina el psicoanalista y doctor en Filosofía y en Psicología, Luciano Lutereau, autor del libro “Esos raros adolescentes nuevos. Narcisistas, desafiantes, hiperconectados”.
Esa transición entre la niñez y la adultez es pura potencia, asegura el autor que visita nuestra provincia para presentar su libro (hoy a las 21 en Cúspide) y para dictar los cursos “Amor y deseo en Lacan” (hoy de 17 a 21 en el Colegio de Psicólogos) y “Amor y deseo en el siglo XXI” (mañana de 9 a 13 en el Colegio Médico).
En contacto con LA GACETA se refirió a los temas que aparecen en su nuevo libro y a otros que nos atraviesan en la actualidad, y que serán debatidos en la charla abierta “Masculinidades hoy”, mañana a las 14 en Pasaje García 872.
- ¿Tu último libro es una especie de guía para padres? ¿Qué dirías que define al adolescente de hoy?
- Es un libro escrito para padres, educadores y todos aquellos que se sientan interpelados por la adolescencia de siglo XXI. El joven de nuestro tiempo es muy particular, ya no espera hasta que lo autoricen para actuar. Realizan desde muy temprano actos públicos. Se implican en debates sociales, militan causas, etc. Por ejemplo, quieren derribar el Patriarcado, discuten la autoridad del Papa, ya no inventan una jerga específica sino que buscan modificar el castellano mismo con el lenguaje inclusivo. En todo caso, antes que quejarnos de los jóvenes, los adultos debemos preguntarnos por qué las autoridades que ponen en cuestión los jóvenes, aquellas con las que buscan entrar en confrontación, ya no están en las casas, sino en lo social. El conflicto generacional ya no es doméstico, sino en la arena pública. Y esto hace que las condiciones para acompañar a un adolescente hoy sean muy diferentes a las de hace 20 años. Para pensar esta diferencia es que escribí este libro: necesitamos los conflictos para crecer, no tenemos que tenerle miedo a la tensión, es una oportunidad para demostrar que estamos a la altura de no convertirnos en violentos, de repensar nuestra posición y acompañarnos en la diferencia.
- ¿El amor y el deseo en el siglo XXI están devaluados?
- Creo que vivimos en una sociedad hipersexualizada, muchas veces a costa del erotismo. Hoy tener una relación sexual es muy fácil, pero encontrar alguien con quien vivir una escena de seducción parece remoto. No sólo como forma de inicio de una relación, sino también porque la seducción está en cuestión; es denunciable, rápidamente se la llama abuso. Se ha reducido el erotismo al contrato liberal entre individuos: que nadie me haga ni me diga nada que yo no quiera. Hay una diferencia entre la seducción y el acoso (y el abuso). A veces no la notamos. Una conducta es acoso cuando el “no” no se respeta. Pero el otro extremo es llegar a proponer que sea preciso pedir permiso antes de hablarle a alguien. En una sociedad de individuos, el amor y el deseo no tienen mucho lugar, apenas nos encontramos con acuerdos; de hecho, ¿no se habla hoy de que en la pareja hay que negociar, gestionar, etcétera, como si fuéramos empresas fusionadas? De la pareja erótica, hemos pasado a una reunión de CEOs.
- El avance del feminismo produjo modificaciones en cómo se viven las relaciones hoy. ¿Considerás que se perciben nuevos modelos de virilidad alejados de los clásicos?
-La masculinidad está destituida mucho antes del auge del feminismo. Por ejemplo, a fines del siglo XIX todavía tenía sentido que si un varón era herido en su honor pudiese batirse a duelo. El duelo, como institución masculina, basada en la preservación del nombre, era algo valioso, porque además comprometía a la palabra. ¿Tiene sentido hoy la palabra? Creo que poco. Vivimos en una sociedad de trolls que difaman y son incapaces de responder por su palabra. Esto fue un efecto del capitalismo. Más bien, aunque parezca paradójico, creo que el feminismo vino a salvar a los varones, a devolverles la oportunidad de recuperar la masculinidad perdida. Ya no de manera machista, tampoco para creerse feministas y asumir una causa que les es ajena; más bien creo que la lupa puesta sobre los varones permite que repensemos nuestros privilegios y, eventualmente, afirmar una virilidad, una protesta que entre en conflicto. El futuro no es el de la armonía entre varones y mujeres, sino un horizonte en el que varones y mujeres puedan vivir en tensiones no violentas que permitan que cada parte repiense su posición. El feminismo les devolvió a los varones la oportunidad del conflicto.
- De los adolescentes de nuestro tiempo se dice que viven la sexualidad sin tanta restricciones como en otra época, ¿estás de acuerdo?
- Ahora la sexualidad se ha anticipado a la conformación del grupo de pares. Por eso la iniciación en el sexo no se realiza con identificaciones consolidadas. Creo que no es para alarmarse; no debemos olvidar que es una etapa de experimentación y que el adolescente es un ser profundamente ambiguo. Es fundamental no presionar, para que no haya una determinación anticipada de la identidad. La adolescencia es la transición que lleva progresivamente a un “qué soy” y los adultos debemos esperar.
- Se habló mucho del poliamor, ¿crees que este fenómeno tiene que ver con las dificultades para asumir compromisos estables?
- El poliamor no es una forma de liberación sexual. Lo demuestra el hecho de que diversos textos expliquen qué es el poliamor: esta concepción de los vínculos está asociada a una moral acerca de lo que debe ser el amor. Para mí las teorías sobre el amor son las perversiones actuales, en las que se le quiere decir a alguien cómo debe amar. Creo que hay una diferencia enorme entre el modo en que los jóvenes pueden vivir estas experiencias, en la medida en que no quieren hipotecar el amor en una relación de pareja, y el modo en que los adultos (sobre todo varones) de más de 35 lo viven: como una manera de hacerse autorizar parejas simultáneas. Esto es muchas veces una forma de adoctrinar a las mujeres para que se ajusten al deseo polimorfo del varón y, si ella no está de acuerdo, ¡es que es una reprimida! ¡Tiene que soltarse! No pocas veces en el consultorio muchas mujeres cuentan cómo la pasaron mal con manipuladores que eran muy poli pero poco amorosos.







