El vigía asesinado en el barrio Padilla abandonó su carrera militar y vino a Tucumán por amor

Iba a ser condecorado por el Ejército por sus años de lucha en las Fuerzas Armadas peruanas. Vivió en Bagdad, Irak, Jordania y Japón, entre otros destinos, en los que trabajó para el Ejército de Estados Unidos. "Mi marido no era un simple vigía de barrio", dijo su mujer.

23 Abr 2019 Por Julio Marengo

En Perú fue uno de militares destacados a fines de la década del 80, cuando el enfrentamiento entre Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas de ese país alcanzaba su punto más crudo. Terminado el servicio militar, al que entró de manera voluntaria, comenzó una aventura que lo levó por Irak, Bagdad y Jordania, donde siguió formándose en la lucha antiterrorista. Vivió seis años en Japón, también estuvo en Francia, siempre integrando equipos tácticos de personal contratado y pagado por Estados Unidos, país del cual cuidó sus embajadas en varios países.

El año que viene iba a ser condecorado por el Estado peruano, pero no llegó: Sandro Reyes murió el viernes a la noche, de un tiro en el hombro, disparado por un ladrón que quería robarle los pocos pesos que había cobrado para la empresa de seguridad para la que trabajaba en Tucumán. En el barrio Padilla ha muerto un hombre que en Perú es considerado héroe.

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Sandro con su amigo Alberto Acuachi, en Alto Huallaga, 1988.

Alberto Acuachi mide 1,80 metro, casi lo mismo que medía Sandro. Es por eso que, cuando tenían 17 años y habían ingresado al Servicio Militar sin conocerse, los pusieron en el mismo equipo a hacer trincheras. "Más tarde nos volvimos a encontrar ya en zona de combate, en Alto Huallaga. Se habían intensificado los entrenamientos antiterroristas, eran momentos muy difíciles, pero nosotros estuvimos ahí", cuenta Acuachi durante una entrevista telefónica con LA GACETA, desde Perú.

Sandro llevaba el combate en la sangre y siguió su carrera en una empresa estadounidense que lo llevó por el mundo entrenando y protegiendo esa bandera. Durante su estadía en Irak, a través de una aplicación de citas, conoció a Natalia Herrera, la Tucumana que lo conquistó a la distancia. Sandro no vino a Tucumán por trabajo. Sandro vino por amor.

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Una de las últimas fotos de Sandro con su mujer, Natalia / Gentileza de Natalia Herrera.

"Nos contactamos a través de la página Tagged. Era el 2006 o 2007, no recuerdo bien. En esa época chateábamos por Messenger y nos mandábamos mails mientras él estaba todavía en Irak. Yo era una aventurera y quería conocer su país. Por chat y sin habernos conocido personalmente me propuso matrimonio, y yo acepté", cuenta la viuda, que accedió a hablar con LA GACETA porque tiene una clara intención: "yo quiero que se sepa quién fue mi marido. No fue un vigía más, terminó en ese trabajo porque acá se discrimina al extranjero, como si quisiera venir a robar algo que le pertenece al país. Pero lo cierto es que detrás de muchos inmigrantes hay historias que merecen ser contadas".

A Natalia la enfurece más la invisibilización del bagaje de su marido que la mano que disparó el arma. "Yo quiero Justicia, pero yo no voy a juzgar a nadie. No estoy llena de odio, porque no me serviría de nada. Pero sí quiero que se sepa quién fue Sandro", dice la mujer. Su calma sorprende, a minutos de comenzar la marcha que pide justicia por su marido.

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Natalia viajó a Perú a casarse con Sandro. Viajaron, cumplió el sueño de conocer el país. En ese momento, Sandró el militar tenía varios proyectos. Uno de ellos era montar un Paint-Ball. "Tenía dinero ahorrado en dólares, que cobraba por sus contratos de defensa en el exterior. Pero se la jugó por amor, eligió venir a Tucumán. Acá las cosas no estuvieron a su altura, pero él no tenía problemas de ser seguridad privada o de limpiar si hacía falta, a pesar de ser un militar calificado. Quería criar a nuestros hijos y trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 12 de la noche", relató Natalia.

Sandro en una de sus misiones en medio oriente, con el Ejército de Estados Unidos. / Gentileza de Alberto Acuachi.

Durante las mañanas y hasta media tarde, todos los días, Sandro trabajaba como seguridad en una prepaga. A la noche, cuando salía, continuaba con su trabajo como cobrador de la empresa de seguridad que cubría el servicio en el barrio Padilla, donde perdió la vida. Por eso el horario de la cobranza, del asalto, del disparo, del fin de los sueños.

Hace poco tiempo y luego de una larga lucha le habían asignado una casa en Manantial Sur. Allí vivían con sus dos hijos, de 13 y 15 años, estudiantes secundarios. Planeaban ir el año que viene a Perú, a conocer la tierra del padre, el Machu Picchu, el destino que los unió. Natalia no sabe todavía si podrá ir sola.

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Los hermanos de Sandra viajaron a Tucumán cuando supieron de la muerte. "No se veían hacía dos años. ¿Sabés lo que fue entregarle a su hermano en una cajita?", ineterpela. Es que, a pedidos de los compañeros de división del servicio militar, la mitad de los restos cremados de Sandro viajaron a Trujillo, Perú. Allí lo esperan Acuachi y otros compañeros para rendirle honores y despedirlo. "Para nosotros y para el Estado peruano, es un héroe. Como para ustedes son los combatientes de Malvinas", finalizó Acuachi.

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