Robo de la estatua: hubo que “sobornarlos” para concretar el allanamiento

La Policía encontró una feroz resistencia en una casa donde sospechan que fue escondida la efigie robada en el parque 9 de Julio.

12 Oct 2018
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CON LA SATISFACCIÓN DEL DEBER CUMPLIDO. Al final, los miembros de la división Delitos contra las Personas no tuvieron que lamentar incidentes. credito

La Policía de Tucumán debió “sobornar” ayer a los ocupantes de una vivienda para concretar un allanamiento, debido a la resistencia irreductible que encontró para concretar el procedimiento.

En el inmueble, nadie quiso entrar en razón. Los agentes tenían la orden judicial que les permitía entrar en la casa, pero a sus moradores no les importó en lo más mínimo. De hecho, no escucharon ninguna de las razones que esgrimieron los uniformados, que estaban ahí por disposición de la fiscala Adriana Giannoni para determinar si “La Meditación”, la estatua que fue robada del parque 9 de Julio y apareció el miércoles tirada en una calle, fue escondida allí.

Alfonso (así identificaron al más violento) no dejó de aturdir a los agentes ni por un instante. Su compañera (trascendió que su alias es Cleo), también les respondió a cara de perro. Entonces, cuando las horas pasaban y la solución no llegaba, las autoridades de la fuerza de seguridad adoptaron una solución límite: darles algo a cambio. Así que compraron tres kilos de puchero, alimentaron a los dos pitbulls, y pudieron realizar el allanamiento sin inconvenientes ni mordeduras.

Ambos perros pusieron en apuros ayer a la división Delitos contra las Personas de la Policía. Hambrientos y nerviosos, las “bestias”, como los calificó un efectivo, no se cansaron de mostrar los dientes. Estaban enfurecidos detrás de las rejas de una puerta de chapa. Amenazaban con morder a quien se atreviera a ingresar.

Los policías pidieron la colaboración de la sección Canes de la fuerza. Pero los especialistas tampoco encontraron una solución al feroz inconveniente.

“El más bravo es ‘Alfonso’, yo cariñosamente le digo ‘Huesito’. No va a dejar que entren: es muy guardián”, les advirtió a los policías una risueña vecina que se quedó a ver el espectáculo de las fuerzas de seguridad detenidas por perros adiestrados para resguardar la seguridad de una casa sospechada de haber sido escenario de un hecho delictivo. “No son malos con las personas, pero sí con otros perros”, explicaba otra vecina de la cuadra, tratando de llevar tranquilidad a los hombres armados. Ellos ya habían adoptado una firme determinación: nadie iba a pasar con esos dos perrazos ahí.

Fue el turno, entonces, de las respuestas creativas.

En el primer intento, un efectivo usó una barra de hierro para quitar los trozos de botellas de vidrio que estaban incrustados sobre la parte superior de la tapia que daba a la calle. Un segundo efectivo, con muchísimo esfuerzo y con la colaboración de un tercer compañero que le hizo “piecito”, se trepó a la pared. Desde allí, como si fuera un equilibrista, buscó colocarle un lazo a “Alfonso”. Pero el objetivo fue imposible de cumplir.

“Pobres animales, lo que pasa es que tienen mucho hambre porque no hay nadie en la casa y no deben comer desde hace dos días por lo menos”, comentaba un uniformado, visiblemente más preocupado por la integridad de los cuadrúpedos que por la de sus pares.

El comisario Marcelo Salla, que estaba al frente del operativo, terminó hallando la solución práctica. Fue hasta una carnicería y volvió con tres kilos de puchero.

Este no es el primer caso con canes que tiene a cargo el jefe de la división de Delitos contra las personas, aunque sí terminó con un final más feliz que el anterior. En julio, Giannoni le encargó que un especialista le hiciera la autopsia a “Sultán”. El perro de Facundo Ferreyra había muerto en un incidente entre la Policía y los familiares del menor, que fue abatido de un tiro en la nuca hace siete meses, en un caso por el que están imputados dos agentes de la fuerza.

Salla estuvo varios días con los restos del perro en su camioneta buscando algún profesional. Nunca lo encontró y el animal fue enterrados en un descampado.

Ayer, en cambio, fue “en panza llena, perros contentos”. “Cleo” comió primero y quedó tranquila y un policía ingresó a la casa y le puso la correa. Lo mismo hicieron luego con “Alfonso”.

“Me llamó todo el mundo cuando se supo que nos habían frenado dos perros hambrientos. Obviamente, se burlaron. Son los gajes del oficio”, concluyó el comisario que sonrió al enterarse que sus compañeros lo compararon con San Roque, el santo protector de los canes.

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