La invasión de Itaca

31 Ago 2018 Por Gustavo Martinelli

En una memorable escena de “El Padrino”, Marlon Brando -en su inoxidable papel de Vito Corleone- pronuncia una frase que ya forma parte de la historia del cine. Así, con la quijada casi inmóvil y su inconfundible susurro mafioso, exclama: “un hombre que no pasa tiempo con su familia, nunca puede ser un hombre verdadero”.

Esa idea, esa sola composición salida de la pluma de Mario Puzo, da cuenta de cómo se concebía la paternidad en otros tiempos. Era una concepción más bien clásica y freudiana, donde prevalecía la idea de que un buen padre valía más que cien maestros; que los hombres sabios eran aquellos que conocían a sus propios hijos y que abonaban la idea de que después de Dios siempre venía un buen padre. Esa concepción parece haber entrado hoy en crisis casi terminal. Sí, porque según el psicoanalista italiano Massimo Recalcatti, la autoridad simbólica del padre ha perdido tanto peso en nuestro tiempo que ya ha llegado “irremisiblemente a su ocaso”.

Antiguamente, por ejemplo, la figura del patriarca era generadora de vida. El primer padre -sin ir más lejos- es Dios mismo. Y esta idea de que el padre no es externo a la gestación del hijo fue la base de varias teorías que avalan aquello de que un padre no nace, sino que se hace. Más tarde, los griegos igualaron la figura paterna con la materna hasta hacerlas casi totalmente ambivalentes. En sus dos tomos sobre los mitos griegos, Robert Graves cuenta que Zeus -padre de todos los dioses- estuvo embarazado varias veces. De hecho, de su cabeza nació Atenea y de su muslo, el exacerbado y lúdico Dionisio.

Hoy, más de 23 siglos después, la figura paterna -y, sobre todo, su autoridad- ha menguado hasta el punto de volverse prácticamente invisible. Por eso, detrás del padre fueron cayendo en el descrédito los gobernantes, los políticos, los sacerdotes, los policías, los jueces y casi cualquier figura pública que antes tenía un sólido e incuestionable poder. Y es que, según los expertos, en estos tiempos de transparencia -donde toda intimidad se vuelve espectáculo no sólo en la TV, sino fundamentalmente en las redes sociales-, muy pocos pueden soportar el peso de un archivo. Es decir: no hay autoridad que resista el despiadado escaneo de las redes sociales. Y con una intimidad expuesta, no puede haber autoridad, sostienen. Que lo digan sino algunos políticos kirchneristas que, en medio de un discurso ambiguo, están siendo investigados por supuestos y variados latrocinios.

Así las cosas, hoy todo se mide por el peso específico de lo público. Sin embargo Recalcatti, en su libro “El complejo de Telémaco” (volvemos otra vez con los mitos griegos), sostiene que, a pesar de la crisis, los hijos esperan una señal de la autoridad paterna. En la “Odisea”, Homero cuenta que Telémaco, el hijo de Ulises, esperaba el regreso del héroe que había partido a la guerra de Troya. Y mientras aguardaba, el joven príncipe trataba de salvar a Itaca (su isla) de los invasores que querían quedarse con ella y con su madre, Penélope. Así, durante 20 años, Telémaco luchó y esperó. Luchó y esperó... A veces se quedaba inmóvil en el risco más alto de la isla, mirando hacia el mar, intentando ver alguna señal del barco de su padre. Pero nada. Y siguió esperando y luchando. Esperando y luchando.

Esa postal que narró Homero es tal vez la viva imagen de muchos jóvenes tucumanos que también esperan y luchan. Algunos, incluso, en la más absoluta soledad. Como los olvidados del sistema: los deposeídos y los pobres que en los últimos meses crecieron en número y en padecimientos. Esos que el gran Eduardo Galeano describió tan intensamente en “La escuela del mundo al revés”: “pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están siempre solos. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres”.

Durante el siglo pasado, y los siglos precedentes -concluye Recalcatti- el padre era la autoridad, era el que indicaba el camino certero, el que daba consejos sobre la relación con los amigos, o con las novias, el que enseñaba a lustrar los zapatos, a reparar la bicicleta y a fabricar un volantín, el que daba el ejemplo e inculcaba las buenas formas. Era el que sabía todas esas cosas que ahora los jóvenes aprenden con un escueto tutorial en Youtube. Por eso mismo, ya no queda claro hoy quién enseña y quién manda. Porque esa autoridad está fragmentada. El padre ya no marca el camino ni enseña; como tampoco enseña y guía el Estado. La autoridad está en otra parte. Está tal vez en ShowMatch, esa caverna en la que habitan todos esos demonios que luego son proyectados como dioses para las nuevas generaciones. Está también en las zafias y vulgares ficciones televisivas argentinas, donde se enseña que el esfuerzo cuenta menos para el triunfo que un cuerpo desnudo y un cerebro alocado. Y está también -¿por qué no? en las redes sociales donde se aprende a ser “it” dejando de ser uno mismo.

Hoy nadie sabe a ciencia cierta dónde está la autoridad, y cada vez creemos menos en los que dicen que la tienen. Como Telémaco, que esperaba a su padre frente al mar y que miraba insistentemente hacia el oriente con la esperanza de que aparezca una señal, hay jóvenes en Tucumán que están parados frente a un mar convulsionado y miran sin descanso; esperando alguna señal hacia el oriente; deseadon una absolución. ¿Encontrarán la respuesta antes de que los invasores acaben con Itaca?

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