Alberdi, el inventor de la pizza

31 Ago 2018 Por Álvaro José Aurane
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“El poder ilimitado es un ángel perdido que reniega y llora en medio de un desierto espantoso”. Juan Bautista Alberdi, Fragmento preliminar al estudio del Derecho.

Parece, por ahora, poco probable. Pero conforme avanza este siglo ya no resulta impensable. Si la situación prolonga su cronicidad, Juan Bautista Alberdi tal vez sea considerado, en un futuro remoto (pero que siempre llega), como uno de los inventores de la pizza moderna.

Supóngase la hipótesis tremendista de que Tucumán fuera abandonada y olvidada. La población se va porque es insalubre seguir aquí (ya fue así con Ibatín y el paludismo; y puede serlo en breve por la contaminación industrial y cloacal); o la sociedad argentina se extingue como tal en una diáspora final (últimamente, hay momentos en que parece encaminarse en esa senda); o la ciudad es sepultada por una catástrofe (queda sumergida en alguna inundación; o cubierta por las cenizas de la quema de cañaverales). Siglos después, redescubierta en excavaciones, todo cuanto encontrarían de Alberdi aquí sería un mínimo mármol, una plaquita, amurada en una pizzería. Una de las grandes -y buenas-, además.

Claro que está el complejo escultórico de Lola Mora en la plaza Alberdi, pero eso tal vez contribuiría a la confusión: como en Tucumán hay una estatua en honor al sándwich de milanesa (creación culinaria folclórica y por tanto anónima, barajarán los futuros arqueólogos); al creador de la pizza le hicieron un monumento con todas las de la ley. Frente a ese paseo, para más equívocos, hay otro local de la misma cadena de pizzerías.

Volviendo a la plaza Independencia, en la otra esquina de donde está el edificio que alberga la placa recordatoria, los antropólogos descubrirían la Casa de Gobierno y, en el interior, el mausoleo con los restos de Alberdi. La pizza moderna, asumirían, habría sido no sólo el alimento de generaciones, gobernantes incluidos, sino que se habría constituido en la base de la economía del Estado. Pizza y progreso, como lemas fundacionales. Alberdi, pizzero inmortal.

Por caso, la incorporación del queso a la pizza data de finales del siglo XIX, y Alberdi nació el 29 de agosto de 1810 y murió el 19 de junio de 1884, de modo que la coincidencia cronológica es plena.

Si el español deviniese lengua muerta (el “tucumano básico” patentado por el talentoso Miguel Martín es casi un síntoma), la obra del prócer argentino bien podría ser confundida con libros de cocina, hasta tanto se descifraran los signos del castellano: “Bases y punto de partida para la organización pizzera de la República Argentina”.

Es más: hay un pueblo benemérito en el sur tucumano que lleva el nombre del prócer argentino, pero dada la mala calidad comprobada de los puentes que llevan hasta él, no hay que descartar que la incomunicación termine convirtiéndolo en una ciudad perdida. Como perdido es el rastro de Alberdi en los gobiernos de este siglo en esta provincia.

Hace mucho que los gobiernos de Tucumán a Alberdi sólo le tributan desmemoria. Hace décadas que no se olvidan de olvidarlo. Y esa conducta evidencia la voluntad de desterrar su ideario.

Alberdi, cuya obra es pródiga e irreductible, se aboca a pensar un país. Ha llegado al mundo poco después de las invasiones inglesas, en las cuales los criollos han dado un primer paso identitario: no quieren ser británicos. Ha nacido en el año de la Revolución de Mayo, señera pero no definitiva para romper las cadenas con España. Ha crecido en el suelo de la Batalla de Tucumán y de la Declaración de la Independencia. Ha madurado en el país estragado por las luchas entre unitarios y federales. Y, desde esas ruinas, ha decidido aportar todo cuanto puede para darle identidad a esa patria en gestación. Quiere una nación nacida de la placenta de la Modernidad.

El tucumano diseña entonces una conjura de la tiranía de Juan Manuel de Rosas y de la anarquía de la guerra civil. Eso es la concepción de la Argentina como una república: si la democracia es la materia, la división de poderes es la forma. A mayor escala, lo que Alberdi consagra para la Nación es el Constitucionalismo: un sistema de relaciones y contrapesos institucionales. Eso debe primar para que funcione la democracia.

Es cierto que plasma en Las Bases un presidencialismo fuerte, pero porque él ya ha visto el fratricidio criollo y anhela superarlo para siempre partir de un liderazgo sólido. Pero también es cierto que pauta esa instancia brevemente: en su régimen presidencial no hay reelección consecutiva. La cronicidad de un hegemon en el poder, bien lo sabe, da como resultado el Martín Fierro. Y Alberdi es un hombre (y un nombre) de la libertad.

“En la Nación Argentina no hay esclavos”, establece el artículo 15. Y mediante esa garantía la esclavitud queda abolida en la Argentina en 1853. Después lo imitarán Perú (1854); Venezuela (1855); EEUU (1865) y Brasil (1871-1888).

Esa libertad fue sostenida y blindada con derechos. La propiedad es inviolable y nadie puede ser privado de ella sin una sentencia. Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin un juicio fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, ni sacado de los jueces naturales. Nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo.

Por eso en la Argentina que piensa Alberdi no hay títulos de nobleza, prerrogativas de sangre ni fueros personales: todos somos iguales ante la ley. Las acciones privadas que no ofendan al orden ni a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están exentas de la autoridad de los magistrados. Nadie será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe. No hay censura previa: la libertad de imprenta garantiza la libertad de pensar dando acceso a todas las fuentes del pensamiento.

Alberdi, en definitiva, concibe otra noción de patria. La patria como un contrato social de hombres libres e iguales. Patria, dicho por su contemporáneo Esteban Echeverría, es el lugar donde se pueden ejercer los derechos ciudadanos.

En ese contrato, los parlamentos no pueden conceder facultades extraordinarias ni la suma del poder público a los poderes ejecutivos, porque la tiranía es traición a la patria. Y el pueblo gobierna y delibera mediante sus representantes, porque lo contrario es sedición.

En definitiva, en la patria que piensa Alberdi nadie tiene más poder que el que la ley le confiere. Y esa ley está garantizada por la Constitución porque sus principios, garantías y derechos no podrán ser alterados por las leyes reglamentarias.

Para que la vida, el honor y la propiedad de los habitantes de este país corran peligro, la Constitución alberdiana tiene que ser abolida. Y cada vez que ocurrió eso, generaciones de argentinos se fueron a buscar una patria a otra parte.

¿Cómo puede haber aquí tanta amnesia oficialmente provocada respecto del hombre que, al inspirar la Constitución, constituyó a los argentinos como pueblo alrededor de la Ley? Porque olvidando a Alberdi se puede malversar su legado.

La última reforma de la Carta Magna tucumana se llevó a cabo, contra la naturaleza del constitucionalismo, para hipertrofiar el poder del Ejecutivo.

El desequilibrio de la república se planteó en una embestida a dos puntas. Por un lado, atribuciones de la Legislatura fueron transferidas al Ejecutivo, y otras fueron fulminadas de impotencia.

Los decretos de necesidad y urgencia adquirieron rango constitucional, pero con régimen distinto que el federal. En la Nación, si no obtienen aval legislativo devienen nulos. Aquí, quedan firmes.

Para destituir al gobernador hacen falta más votos legislativos que para deponer a la Corte (¿y la igualdad objetiva de los poderes?). Y aún sometido a juicio político, el mandatario ya no es suspendidos en su cargo: sigue ejerciendo sus funciones aunque esté acusado de mal desempeño de sus funciones. En el Ejecutivo, además, nadie puede ser obligado a pedir licencia si es candidato: puede realizar anuncios e inauguraciones de obras públicas durante la campaña.

Por el otro lado, se proveyó al Ejecutivo de atribuciones para condicionar a la Justicia. Se creó un consejo para la selección de jueces (CAM) que sería organizado por decreto del gobernador. Se instrumentó un Jurado de Enjuiciamiento para echar a los jueces: de sus ocho miembros, seis son del poder político, sin obligación de integrar a la oposición. El Poder Judicial también fue puesto en minoría en la Junta Electoral: el poder político sentaba dos de los tres miembros.

No se estaba modificando la Constitución: se estaba aboliendo el Constitucionalismo. Para eso inventaron la “enmienda legislativa”. El texto de la Carta Magna ya no era pétreo: podía ser modificado por leyes de la Legislatura con mayoría especial. Para mayor desprecio por los límites, fijaron que el primer mandato (2003-2007) no era el primero; así que el segundo (2007-2011) era en realidad el inicial, para que el tercero (2011-2015) contara como segundo.

Cuando la Justicia fulminó de inconstitucionalidad el CAM a dedo, la enmienda a mano alzada, la Junta Electoral marioneta y los decretazos, los creadores de la Constitución inconstitucional decidieron que si ellos no podían ejecutar esos artículos, en realidad no cumplirían con ninguno. La Constitución mandó que en 2006 se dictaran las leyes de voto electrónico, de régimen electoral y de acefalía. Nada de eso ocurrió.

Ayer, a 48 horas del 208° natalicio del Alberdi, el senador José Alperovich dijo que si vuelve a ser gobernador, como entre 2003 y 2015, haría profundas reformas para que se instrumente el voto electrónico: él mismo, en su primer mandato, vetó la ley que lo aplicaba. A la vez, propuso el fin del reparto de bolsones, marca registrada de cada elección provincial de su gestión. Esa práctica, por cierto, es delito desde los tiempos de la Ley Sáenz Peña, hace más de un siglo.

Entonces no hace falta la distopía futurista. Tucumán es ya el espantoso desierto de la institucionalidad, poblado de ángeles perdidos que lloran y reniegan.

Aquí, donde el poder no se sujeta a la ley sino que la ley es cualquier cosa que se le antoje al poder, ¿por qué el padre del constitucionalismo argentino habría de ser homenajeado por el Estado con algo más que una doble de mozarella?

Alberdi no tiene un museo porque aquí, los que gobernaron, mandaron al museo la Constitución.

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