La teoría de la persona única en recursos humanos

¿Por qué debemos dar por sentado que a todo el mundo se lo puede motivar igual? La personalidad es un factor diferenciador.

16 Mayo 2004
Por Emilio Sánchez
Psicólogo laboral de la Universidad de Barcelona

La motivación de los trabajadores es un tema que ha sido muy tratado y que puede encontrarse en todos los manuales de gestión de recursos humanos. Quizás no se ha hablado tanto de estrés, puede que debido a la concepción de que se trata mayoritariamente de un problema personal donde las diferencias individuales tienen mucho que decir, de modo que se ha acostumbrado, no siempre, a verlo como algo ajeno al trabajo, e incluso se ha llegado a asociar el estrés laboral y el ausentismo familiar con una vida de éxito, lo cual es una demencial paradoja.
Pero, ¿por qué debemos dar por sentado que a todo el mundo se le puede motivar igual? ¿Por qué no nos paramos a pensar que no todos somos iguales? ¿Cómo puede aceptarse que la personalidad es un factor diferenciador de cada persona (esto se ve, sin ir más lejos, en el proceso de selección de toda empresa) pero a la vez intentar encajar a todas ellas en un mismo modelo de motivación?
Estoy convencido de que no hay otra forma de obtener lo máximo de cada trabajador que con la personalización de cada caso. ¿No se hace así en los procesos de selección? Repasando las teorías clásicas de motivación, y descartando a Maslow de entrada por la rigidez del modelo, aunque no se puede negar que sus aportaciones han sido útiles, destacaría a Alderfer, precisamente por esta misma crítica a Maslow, y a Herzberg, por su idea de las dos escalas independientes; que no se esté a disgusto en el trabajo no tiene por qué significar que se esté a gusto.

Un principio básico
En mi teoría de la persona única defiendo un principio muy básico y aceptado por la totalidad de científicos mundiales, lo que popularmente se describe con la frase "cada persona es un mundo". Es por este motivo que descarto cualquier esquema o dibujo explicativo estándar, por considerarlo discriminativo. Una idea tan simple y corriente, trasladada al mundo empresarial, podría tener consecuencias muy beneficiosas. La teoría de la persona única no aporta una ventaja competitiva a la empresa que la adopte. Aporta tantas ventajas como trabajadores posea el negocio.
Los responsables de los recursos humanos en las empresas, sean directores o técnicos, deberían tener una formación básicamente psicológica, y no empresarial, como se defiende desde algunos sectores, lógicamente, empresariales. ¿Por qué? Porque mi modelo se basa en escuchar a las personas, en saber qué necesitan y qué no, qué les gusta y qué detestan. Y eso puede entenderse como una pérdida (de dinero o de tiempo) por parte de un licenciado o diplomado en empresariales.
Se trata de encontrar el equilibrio de cada uno de los empleados de la empresa. El psicólogo de empresa del futuro debería planificar encuentros con los miembros de la plantilla para conocer estas percepciones individuales de demandas y capacidades. Y para poder valorar su capacitación y su potenciación de manera objetiva y experta.
Esta teoría no se trata de un plan de motivación puntual ni específico, sino que debería constituirse como una actividad de base en toda organización.
La gente es diferente y sus motivaciones también lo son. A la gente la motivan cosas distintas, de formas distintas y en momentos distintos. Las empresas deberían apelar a una tribu de personas que tengan una actitud común. En lugar de proporcionar detalladas descripciones del puesto de trabajo, los directores deberían facilitar descripciones de motivaciones a los jefes. Estos valores no tienen que estar necesariamente ligados al dinero.

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