El reloj de Mr. K

El Gobierno marcha en sentido inverso a los postulados de Washington. (Por Miguel Angel Rouco).

16 Mayo 2004
BUENOS AIRES.- Aunque Mr. K quiera detener a su antojo el reloj de la historia, el tiempo sigue su curso inexorable, y a pesar del voluntarismo oficial, la Argentina continúa alejándose del mundo cada día un poco más. El siglo XXI no sólo indica un cambio de calendario. Implica también un cambio cultural y en materia económica, una nueva arquitectura financiera internacional. Los 15 años transcurridos desde la caída del Muro de Berlín estuvieron signados por una expansión económica sin precedentes. El ciclo parece haber concluido y la expansión parece haberse tomado un descanso. En los últimos días, el mundo ha dado muestras contundentes de que se ha terminado, al menos por ahora, la miel de una época de bonanza.La concepción que anida entre las principales naciones del planeta es que se ha entrado en un ciclo de guerras a nivel global y la sensación es que los conflictos van a ser más duraderos.
En otros términos, el mundo se ha vuelto más inseguro aun hasta para los más poderosos y eso los obliga a tomar mayores recaudos. El terrorismo es el nuevo enemigo global, un enemigo sin Estado, sin rostro, sin bandera, pero con mucho poder de destrucción. En adelante, cada país deberá hacerse cargo de sus propios asuntos sin generar una sobrecarga para el resto de la comunidad internacional.
La espectacular suba del precio del petróleo, la tensión financiera en los mercados que entran en pánico por la amenaza terrorista y la reversión del flujo de capitales configuran el escenario para los próximos años.
En este contexto, Mr. K parece no querer ver la realidad que lo circunda. El default es una espina aún muy dolorosa. No hay progresos en las negociaciones con los acreedores y nuevamente arrecian las presiones. La llegada de Rodrigo Rato al FMI, contra lo que el gobierno esperaba, implica una continuidad de los reclamos de la comunidad financiera internacional para que la Argentina solucione el problema de la deuda. No habían pasado 48 horas de su asunción que en la primera aparición como director del FMI, Rato intimó al Gobierno para que llegue a una solución final con los acreedores.
Los reclamos no son ociosos. Se acabó la era de los mega-rescates financieros a los países que se hundieron con una abultada deuda, fruto de la corrupción, el déficit fiscal y las defraudaciones. A pesar de lo que muchos indican, el decálogo del Consenso de Washington vuelve a constituirse en el faro de la nueva era. Disciplina presupuestaria; cambios en las prioridades del gasto público (de áreas menos productivas a sanidad, educación e infraestructuras); reforma fiscal encaminada a buscar bases imponibles amplias y tipos marginales moderados; liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés; búsqueda y mantenimiento de tipos de cambio competitivos; liberalización comercial; apertura a la entrada de inversiones extranjeras directas; privatizaciones; desregulaciones y garantía de los derechos de propiedad, constituyen la liturgia para este inicio del siglo. Aquellos países que no se adapten a estos postulados quedarán condenados al fracaso (¿la Argentina no estaba condenada al éxito?).
Pero la visión de Mr. K es bien distinta. La crisis energética y la solución esbozada por el Gobierno marchan en sentido inverso a los postulados de Washington. El avance contra las empresas privatizadas, el ataque artero contra la sede de Repsol-YPF ante la evidente pasividad policial, es un claro indicio de la reversión en la que coloca el gobierno a la Argentina. Esa reversión provoca inseguridad jurídica, frena las inversiones y alimenta la fuga de capitales. El resultado, es bien conocido y sus consecuencias sobre la sociedad, se asemejan a una obra de terror.
La Argentina continúa inmersa en un verdadero galimatías. Los problemas son similares a los que había en el inicio de la crisis y lo que es peor aún, la matriz de esa crisis no sólo permanece inalterable sino que es alimentada día tras día por Mr. K, sus fedayines y sus groseros errores de diagnóstico. La crisis de la deuda es un ejemplo, la crisis de la energía, otro, para no citar la crisis de seguridad, la de educación y de salud. En definitiva, la Argentina padece de una severa crisis institucional y llegó la hora de ponerle fin aunque el reloj de Mr. K indique lo contrario. (DyN)

Tamaño texto
Comentarios