16 Mayo 2004 Seguir en 
Como ocurre con lo que David Ricardo llamaba "los poderes originales e indestructibles del suelo", el petróleo como recurso energético no se distribuye de manera regular en todo el mundo y, por lo tanto, no tiene un costo de extracción uniforme. Sin embargo, cuando debe ser valuado como recurso, la economía moderna enseña que, como cualquier otro insumo, su costo en un lugar preciso, por ejemplo la Argentina, es el mayor valor que ese recurso tiene en cualquier otro lugar.
Este es el costo relevante, que los economistas denominan costo de oportunidad y que, en el caso del petróleo, se refleja en el precio internacional del crudo. En este marco, cuando una empresa extrae petróleo de la Argentina y lo vende al precio internacional, la diferencia entre este precio y los costos de extracción le reportan generalmente una ganancia extraordinaria, muy por encima de la ganancia normal de los negocios económicos que se realizan en mercados competitivos.
Esta ganancia extraordinaria, que está por encima de lo que permite la asignación eficiente de recursos en una economía ideal donde sólo existen mercados de competencia pura y perfecta, es lo que en economía se asocia con el concepto de renta.
Un viejo aforismo económico enseña que la renta es alta cuando el precio es caro. Aplicado al caso petrolero argentino, esto significa que, una vez computados todos los costos de producción, incluido el costo empresarial justo o normal, el negocio deja en estos momentos, dado el elevado precio internacional del recurso, una enorme renta.
Debate
Uno de los temas económicos de fondo que no puede faltar en el debate energético actual es justamente esta cuestión referida cómo se distribuye esta renta. Está muy claro que no existe ningún argumento económico serio que, en estricta justicia, justifique que la apropiación de esta ganancia extraordinaria beneficie a un sujeto privado, cuya contribución para el nacimiento de esta renta es prácticamente nula.
En lugar de aburrir con la discusión envejecida, poco constructiva y altamente ideologizada que enfrenta al Estado con el sector privado, de esta crisis energética deberíamos aprender definitivamente que lo que necesitamos en nuestro país es un debate público entablado en el seno de la sociedad civil.
En esto, como en otros temas donde los postulados de la competencia perfecta son poco razonables, no se gana nada con endiosar la producción de la empresa privada y demonizar al Estado, ni viceversa. Se necesita definir principios básicos de justicia distributiva que impidan la apropiación indebida de cualquier ganancia extraordinaria.
Este es el costo relevante, que los economistas denominan costo de oportunidad y que, en el caso del petróleo, se refleja en el precio internacional del crudo. En este marco, cuando una empresa extrae petróleo de la Argentina y lo vende al precio internacional, la diferencia entre este precio y los costos de extracción le reportan generalmente una ganancia extraordinaria, muy por encima de la ganancia normal de los negocios económicos que se realizan en mercados competitivos.
Esta ganancia extraordinaria, que está por encima de lo que permite la asignación eficiente de recursos en una economía ideal donde sólo existen mercados de competencia pura y perfecta, es lo que en economía se asocia con el concepto de renta.
Un viejo aforismo económico enseña que la renta es alta cuando el precio es caro. Aplicado al caso petrolero argentino, esto significa que, una vez computados todos los costos de producción, incluido el costo empresarial justo o normal, el negocio deja en estos momentos, dado el elevado precio internacional del recurso, una enorme renta.
Debate
Uno de los temas económicos de fondo que no puede faltar en el debate energético actual es justamente esta cuestión referida cómo se distribuye esta renta. Está muy claro que no existe ningún argumento económico serio que, en estricta justicia, justifique que la apropiación de esta ganancia extraordinaria beneficie a un sujeto privado, cuya contribución para el nacimiento de esta renta es prácticamente nula.
En lugar de aburrir con la discusión envejecida, poco constructiva y altamente ideologizada que enfrenta al Estado con el sector privado, de esta crisis energética deberíamos aprender definitivamente que lo que necesitamos en nuestro país es un debate público entablado en el seno de la sociedad civil.
En esto, como en otros temas donde los postulados de la competencia perfecta son poco razonables, no se gana nada con endiosar la producción de la empresa privada y demonizar al Estado, ni viceversa. Se necesita definir principios básicos de justicia distributiva que impidan la apropiación indebida de cualquier ganancia extraordinaria.







