El pan amaicheño: la traición de una vecina para ganar un concurso

25 Nov 2017
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Cuando Francisca Teresa Ramos tenía 14 años caminaba más de seis kilómetros desde su casa hasta la plaza de Amaicha del Valle. Iba con una canasta repleta de pan casero que había preparado su madre para la venta. Al atardecer, al llegar a la plaza, aprovechaba el tiempo para hablar con sus amigas. Pero antes de que cayera el sol empezaba a moverse para vender los últimos panes, porque sabía que la orden era muy clara: volver a casa con la canasta vacía.

Con 58 años a cuestas, Teresa todavía recuerda aquellos tiempos en que su madre, Natividad Martínez, cargaba con leña el horno de barro, construido en el medio de un extenso patio de tierra. La vida familiar, en esa casa levantada con ladrillos de adobe, giraba en torno a la producción del día. La segunda tanda de la tarde salía del horno directo a la canasta de Teresa, la mayor de cinco hermanas, para que las vendiera en la plaza del pueblo. Teresa heredó el nombre de su abuela materna, Teresa Arjona, que hasta los 85 años usó el horno de barro, todos los santos días de su vida, como dicen en la familia, para sacar el pan caliente. La nieta mantiene el oficio, aprendido desde la infancia. “Antes de levantarme de la cama ya sentía el olor de la harina cuando mi abuela empezaba a amasar”, recuerda Teresa, que hoy es madre de nueve varones y una mujer.

Su casa no es la misma en la que su abuela preparaba el pan, pero tienen algo en común: el horno también está en el patio de tierra. En la parte de atrás del terreno, bajo un árbol sin hojas, Marcos come los restos del almuerzo. Es un toro bravo de piel oscura al que bautizaron así porque nació en el día de San Marcos (25 de abril). Ya tiene un año y medio.

Como lo hacía su abuela y después su madre, Teresa sabe de memoria que con 14 kilos de harina, medio kilo de grasa y 300 gramos de levadura salen exactamente 47 panes casi del mismo tamaño. El secreto para darle un sabor rico está en el torno. “Hay que sobar (estirar) la masa muchas veces -explica Teresa, mientras señala el torno de madera que usa como herramienta-. Cuanta más veces pase la masa por el torno, más se estira y más rico le va a salir”.

Los gendarmes, en la puerta

La casa está frente a un descampado en el que armaron una cancha de fútbol, pegada a la ruta 307. Es común ver a los gendarmes detenerse unos minutos para comprar pan y luego seguir por el camino de los Valles, pasando por las ruinas de Quilmes y Tolombón rumbo a Cafayate. “Si el pan no está bien cocido -advierte-, si lo apuraron en el horno o lo sacaron antes de tiempo, a los dos días se pone verde y no se puede comer”. Así se lo enseñó la abuela a su madre y después se lo transmitió a ella. “En esos tiempos no había tantos vecinos como ahora -recuerda-; todo esto era campo abierto, no teníamos luz ni agua y bajábamos al río Amaicha a lavar la ropa”.

El trabajo más duro era conseguir leña para el fuego. Caminaban entre seis y ocho kilómetros campo adentro, donde cortaban la jarilla con machete, cargaban la madera en bolsas de arpillera y trasladaban la carga a lomo de burro. “Ahora hay flete”, dice Teresa, mientras levanta la quijada para señalar una camioneta estacionada en una de las casas vecinas.

Cada año, a mediados de enero, en Amaicha del Valle se realiza la Fiesta del Pan Casero. Cuatro años atrás, recuerda Teresa que una mujer ganó el concurso del mejor pan. Era una vecina que presentó los panes ante el jurado y conquistó a todos con el sabor de los productos caseros. Otra vecina corrió hasta la casa de Teresa para contarle que aquella mujer había ganado con el pan ajeno. “El pan era mío -evoca con un gesto de impotencia-. Yo nunca había participado en el festival y esa mujer me había comprado todo el pan de la mañana y con eso se fue al concurso, pero sin decirme nada del festival; eso me dolió mucho y no me lo olvido más”.

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Amaicha del Valle
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