Empanadas: Juan Pablo Juárez, el atleta récord que también es un as del repulgue

25 Nov 2017 Por Silvia De Las Cruces
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ESPECIALISTA. “Las hago yo solo, hasta la masa”, sostiene Juan Pablo Juárez. A su pareja no la deja meter mano.

Los tonos flúo de las prendas que visten los deportistas atraen las miradas. Pero lo que realmente arrastra hacia la pérgola del parque 9 de Julio es ese aroma a comida casera todavía en el fuego. Es un día gris, la lluvia que acaba de cesar empujó el termómetro varios grados hacia abajo y las empanadas recién sacadas de las brasas se esfuman entre varios pares de manos.

“Hay de matambre y de pollo”, anuncia el cocinero. Las empanadas del maratonista Juan Pablo Juárez son todo un clásico entre los habitués del parque. Desde hace casi 30 años, las prepara el último miércoles de cada mes para compartirlas al día siguiente con sus compañeros de entrenamiento. “Hoy son como 240”, dice, y señala varias cajas de cartón repletas de empanadas. Algunas ya están cocidas, otras todavía pálidas porque no han llegado al fuego.

“Aquí nos reunimos desde el año 86. Un día pasé corriendo y me dio la sensación de que este lugar tiene un aire distinto a cualquier otro: la naturaleza, la tranquilidad, la paz, la energía; quien lo construyó es un sabio que vio más allá de la estructura. Y así se empezó a armar el grupo, buscando un lugar donde correr tranquilos porque no había pista de atletismo. Entonces empezamos a venir a la pérgola. Aquí entrenamos siempre, verano, invierno, con lluvia o sol”, afirma.

A un costado de la pérgola, Juárez controla la cocción: entre las brasas que hay en el piso y las que se posan sobre una chapa va colocando las fuentes. “Las empanadas, para que salgan buenas, tienen que estar en el fuego entre seis y ocho minutos”, precisa. Sus compañeros las esperan servilleta en mano. “Cuidado que tienen mucho jugo”, advierte uno de ellos.

Entre bandeja y bandeja, Juárez cuenta que aprendió a preparar empanadas cuando era niño. “Me enseñó mi vieja y después yo las fui perfeccionando”, dice, sin desaprovechar la oportunidad para aclarar: “las empandas salen de Simoca, no de Famaillá, porque esa ha sido la ruta de la colonización”. Y como buenos simoqueños, en la casa de los Juárez era ese el menú dominical.

“Las hago yo solo, hasta la masa”, remarca con el pecho inflado. Verónica Lazarte, su pareja, subraya que tiene todas las intenciones de colaborar con la elaboración, pero no la dejan. “A él no le gusta mucho que yo meta mano”, revela, y ambos estallan en una carcajada. Sin embargo, el deportista acepta que le ayuden con el armado. Llega a la pérgola con el relleno y las tapas, previamente amasadas por él, listos para convertirse en empanadas. Jenny Godoy y su hija, Pamela Díaz, se encargan de unir ambas partes y con dedos veloces apuran el repulgue, que debe ser diferenciado según el contenido.

“Jenny fue la primera mujer de Tucumán que corrió los 42 kilómetros”, destaca Juárez. Y ella comienza a relatar sus anécdotas, entre las que destaca haber competido estando embarazada de tres meses. Sus compañeros la escuchan con admiración. “Somos como una gran familia, en todas las carreras nos van a ver juntos, siempre todos alrededor de Juan”, interviene Juan Carlos Guerra. La agrupación lleva el nombre del maratonista. “Él es como un padre para nosotros, es el que nos reta, nos aconseja y nos alienta”, agrega.

Entre charla y charla, Guerra ya perdió la cuenta de cuántas empanadas comió. “Para mí que algo les falta porque esta es como la séptima y todavía no le encuentro sabor”, bromea. Los comensales coinciden en el cálculo: son entre ocho y 10 empanadas para cada uno, en promedio. ¿Cuánto hay que correr después para quemar todo eso?, es la gran pregunta. Juárez se ríe y enfatiza que eso no interesa. “Mientras me pueda mover, no me preocupa la comida. No es lo mismo que usted coma pensando en engordar que pensando en saborear. El funcionamiento del sistema nervioso es diferente. Si usted hace las cosas con placer, el cuerpo se siente bien”, resume.

Alos 56 años, él corre entre 5 y 20 kilómetros todos los días. Sostiene que lo hace para mantener una buena calidad de vida. “Tengo un reloj que controla el corazón y eso le indica qué es lo que usted puede hacer, hasta cuánto esfuerzo. No hace falta ser atleta, si usted hace un poco cada día va a mejorar, porque el cuerpo necesita oxígeno”, aconseja.

Pasaron unos 30 minutos y el volumen se redujo en las cajas. “Y eso que hoy no vinieron varios porque el tiempo no ayuda. Por lo general, no queda ni una”, indica Jenny. Entonces surge la pregunta obligada: ¿cuál es el secreto de esa receta tan exitosa? Entre risas, el grupo se adelanta a responder que Juan Pablo se lo llevará a la tumba. Él, por su parte, confiesa: “el secreto es la pasión, no es lo mismo hacer empanadas para un negocio que hacerlas para comerlas uno y degustarlas”.

Son tan exitosas sus empanadas que llegaron a salvar a todo el grupo en varias oportunidades. “Viajamos a todos lados por las competencias y por ahí, cuando andábamos cortados, hacía para vender. Así me salvé un montón de veces”, relata. “Es una buena alternativa de trabajo, acá en el parque llegué a vender mil empanadas en un día por los encargos de la gente que venía a entrenarse. Pero es mucho trabajo -aclara- y no lo quiero desgastar, quiero seguir haciéndolo por placer”.

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Juan Pablo Juárez
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