“¡Díganle al médico de cabecera que les pida el análisis!”, clamaron, cada una en su momento, Aída Chaile y Ana Palazzo, a quienes, a esta altura, además del espanto las une una estrecha y amorosa relación médico-paciente: Aída tuvo hepatitis C y siente que volvió de la muerte. La doctora Palazzo, hepatóloga del Servicio de Gastroenterología del hospital Padilla, es su doctora: la que el 6 de setiembre de 2016 la dijo que estaba curada.
La hepatitis C es una enfermedad viral, y se contagia a través de sangre. No es una muy frecuente desde que la sangre de las transfusiones está estrictamente controlada y apareció el material médico descartable. Por eso muchos de los pacientes han superado los 50 años. “Sin embargo, ciertas prácticas como el uso de drogas inyectables y los tatuajes han empezado a disparar los casos en la población más joven”, destaca Daniela Pérez, otra de las hepatólogas del Padilla.

Según un informe reciente de la Organización Panamericana de la Salud, en América Latina y el Caribe están infectados unos 4 millones de personas, y se calcula que sólo el 14% han sido diagnosticados. “En la Argentina se estima que entre el 1 y el 1,5 % de la población está infectada, lo que representa más de 400.000 personas. Y se calcula que siete de cada 10 no saben que están infectadas”, advierte Ezequiel Ridruejo, presidente de la Asociación Argentina para el Estudio de las Enfermedades del Hígado.
Desde que se produce la infección la enfermedad puede tener una evolución de entre 20 y 30 años, en general silenciosa. Se puede curar, pero... (Ver “La terpia es gratis...”).

Largo camino
En 1985 a Aída la operaron de apendicitis. “En esa época no había materiales descartables”, destaca y pasados los años no deja de pensar que ese fue el “Día D”. Claro que esa sospecha nació bastante después: cuando sobre la base de un análisis de rutina, en 2010 le diagnosticaron hígado graso.
“Lo grave fue que me dijeron ‘no le dé importancia; debe ser una hepatitis mal curada’”, se lamenta. Asegura que no la mandaron a hacerse la prueba específica. “En 2014 empecé a sentir cosas raras; las llamaba ‘suspiros con dolorcitos’. El cardiólogo dijo que mi corazón estaba como para un cuadro, y como tengo problemas de tiroides, volví a mi endocrinóloga. Ella sí pidió un laboratorio completo. Y cuando vio los resultados se asustó”, cuenta Aída con la cara llena de sonrisas mientras juguetea con las cajas vacías de sus últimos medicamentos. Los últimos, porque los primeros -los únicos que había en ese momento- bajaron la carga viral, pero casi la mataron de una anemia, así que en 2015 los suspendió.
“Las nuevas drogas se denominan de acción directa; el tratamiento previo, con interferón, ribavirina y otras drogas, era muy difícil de tolerar”, confirma Omar Galdame, jefe de la Unidad de Hepatitis Virales del Hospital Italiano, de Buenos Aires.
“Pasaban casi todo el tratamiento con una suerte de cuadro gripal persistente, y descenso de los glóbulos blancos y de plaquetas -cuenta Ridruejo-. Particularmente los que tenían cirrosis no los tratábamos porque se descompensaban, se agravaban los síntomas o presentaban síntomas que nunca habían tenido, todo por la medicación”.
La biopsia
Aída no bajó los brazos y le pidió a la médica de su obra social una biopsia hepática. “Cuando vio los resultados, casi se muere ella; ‘no hay nada que hacer’, me dijo; era cirrosis grado 4”, cuenta. “Por suerte me mandaron al Padilla; la doctora Palazzo me dijo que había mucho para hacer y me incluyó en el Programa Nacional de Hepatitis. En marzo de 2016 empecé el tratamiento de 24 semanas. Después de eso, el virus dio -y sigue dando- negativo”.
Ahora quedan los controles anuales. Pero además, Aída tiene otra estrategia: juntó todas las cajas vacías de los remedios y espera a que llegue el 24 de junio para quemarlas en la fogata de San Juan.
“Dicen que San Juan se lleva las cosas malas; yo quiero que se lleve esto. Que quede atrás. Ahora, por fin, puedo empezar a proyectar de nuevo”, sueña, esperanzada y en paz.








