“La vida nos da y nos quita, y al final nos quita todo”
Para muchos, es el autor de la “novela del año” de habla hispana. Patria, elogiada por Mario Vargas Llosa, se mete con la historia de ETA para hablar, entre otras cosas, de la violencia y sus desafíos. “El terrorismo se mete en los intersticios de la sociedad”, dice el escritor español

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA - Buenos Aires
Cuando Patria (Tusquets), la nueva novela del español Fernando Aramburu, desembarcó en nuestro país, ya tenía, según críticas, el mote de “libro del año”. Hasta Vargas Llosa la elogió. Pero es mucho más que eso. Es un relato tremendo y tan bien contado que irá más allá de cualquier opinión. Es, además del reflejo de un tiempo signado por ETA y el conflicto vasco, la historia de dos familias que no escaparon a la violencia. Es una novela de esas que se van a recomendar por siempre. Porque la voz y la descripción de cada personaje son geniales, porque al relato no le sobra nada y porque el autor logra que uno, como lector, se sumerja de lleno dentro de la historia. Desde Hannover, Alemania, donde vive desde mediados de los 80 con su pareja alemana y sus dos hijas, Aramburu (San Sebastián, 1959) fue contestando -vía mail- preguntas sobre la gestación y las consecuencias de Patria.

- ¿Cree, como dice al comienzo de Patria, “que una mujer ha de estar muy desesperada para tratar de seducir a su marido después de 12 años de matrimonio”?
- La afirmación procede de un personaje. De ella sólo comparto el tono irónico. Llevo más de tres décadas conviviendo con la misma mujer. Nos conocemos demasiado como para intentar sorprendernos con galanterías y miradas seductoras; pero de vez en cuando un obsequio, una palabra amable, unos masajes en la espalda, cumplen igualmente una función benéfica en nuestra ya larga vida matrimonial.

- Hay un diálogo entre un sacerdote -Serapio- y Bittori que me llamó la atención. Su toma de posición, con cierto autoritarismo, lo refleja, justamente, poco religioso. ¿Qué lo inspiró para describir la escena así?
- En los pueblos pequeños, el cura es toda una institución. Es, por así decir, el dueño de las almas, depositario de los secretos de las familias del lugar y, por supuesto, intermediario entre la tierra y el cielo. Sería muy raro que en una situación de conflicto social el cura se mantuviera al margen. En mi novela recibe su pequeño espacio, que no resulta particularmente noble.
- ¿Cuánto tiempo le llevó investigar y escribir esta novela?
- Tres años con las inevitables interrupciones para abordar tareas alimenticias: las que ayudan a pagar las facturas del mes y la comida. Principalmente artículos de prensa, conferencias y textos de encargo.
ETA y una sociedad rota
- ¿ETA es también una herramienta para contar a una sociedad en general y a sus integrantes en particular?
- Hace mucho tiempo que se acabaron las batallas a la vieja usanza, en campo descubierto, con dos ejércitos uno enfrente del otro. El terrorismo se mete en los intersticios de la sociedad, escenifica sus horrores en cualquier sitio: en una calle, en una cafetería, en una estación de ferrocarril, de modo que termina afectando a la vida cotidiana de los ciudadanos, de donde se deduce que allí donde se produce es inevitable tenerlo en cuenta para describir los asuntos públicos y privados de las personas.
- Uno de sus personajes dice que la ley de la vida es que siempre gane el olvido. ¿Cómo se le da pelea al olvido?
- Recuerdo el verso de Borges: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido.” Opino exactamente lo contrario, aunque el poema de donde he sacado la cita me gusta mucho. Somos efímeros, nos llevamos a la tumba nuestra experiencia vital y, por supuesto, nuestra memoria. Podemos, eso sí, demorar el olvido por la senda de dejar testimonios, colocar estatuas en la vía pública o levantar edificios duraderos. Y ni siquiera en tales casos hace falta que discurran dos generaciones para que la gente joven no sepa quién es, qué hizo, qué méritos tuvo el tipo ese de bronce o piedra subido a un pedestal en medio de la plaza.
- Hacia el final de Patria me queda la sensación de que, con lo que usted cuenta -y cómo lo cuenta-, tenemos una tendencia a desperdiciar muchas oportunidades que nos da la vida. ¿Podría decirme qué piensa sobre esto?
- La vida nos da y nos quita, y al final nos quita todo. Quizá el truco para pasarlo bien sea moderar las ambiciones y congraciarse con las actividades que se llevan a cabo con sosiego.
- Otra sensación que me queda es que los personajes, y tal vez nosotros en general, como personas, hacemos lo que podemos y manejamos menos cosas de las que creemos.
- Yo diría más bien que somos muy diferentes unos y otros, aunque todos coincidamos en la imperfección y los riesgos de tener un cuerpo cuyo corazón se puede parar en cualquier momento y de cuyas muelas se puede apoderar de súbito un dolor terrible. Ya sólo la necesidad de lograr el sustento se lleva una parte considerable de nuestras capacidades, digamos, filosóficas.
© LA GACETA
PERFIL
Fernando Aramburu es poeta, narrador y ensayista nacido en San Sebastián, España, en 1959. Entre sus libros figuran Fuegos con limón, Años lentos (Premio Tusquets 2011), El trompetista del Utopía y La gran Marivián.







