Pablo Pineau: “el adulto siempre le ha tenido temor al niño”

En una entrevista, habló sobre el desafío que plantea dialogar con chicos que traen las nuevas tecnologías incorporadas en su ADN

A DIALOGAR. Pineau advierte que en la escuela faltan esos espacios. la gaceta / foto de diego aráoz
A DIALOGAR. Pineau advierte que en la escuela faltan esos espacios. la gaceta / foto de diego aráoz
“Siempre el adulto desconoció al niño, hoy con la excusa de la tecnología. Pero Hanna Arendt ya planteaba en ‘Los orígenes de los totalitarismos’ la idea de que el niño aterra a los autoritarios. El miedo a la infancia se ve en Herodes. Y es porque los niños siempre aportan una novedad, siempre traen algo nuevo”. Eso reflexiona Pablo Pineau cuando se le pregunta cómo debería posicionarse la escuela, el mundo adulto, ante este modelo de niño actual que parece más poderoso que sus mayores porque lleva en su ADN las nuevas destrezas tecnológicas.

Magister en Sociología (Flacso) y autor de títulos tales como “Relatos de escuela” y “La escuela como máquina de educar”, Pineau pasó por Tucumán, invitado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Allí, ante un auditorio colmado, compartió su análisis de Mafalda, ese clásico de Quino, como modelo de infancia, de una forma de ser niño en los años 70. Después, en diálogo con LA GACETA, también reflexionó sobre los modos de ser niño en estos tiempos atravesados por las nuevas tecnologías y por el consumismo.

- ¿Por qué es tan importante el análisis de los modelos de infancia? ¿Qué modelo encarna Mafalda?

-Es un tema de gran tradición en la investigación pedagógica; los trabajos de Sandra Carli en ese sentido son pioneros en la historia de la educación. Y Mafalda es casi un regalo, una invitación a quienes trabajamos en este tema.

- ¿Qué le ha permitido visibilizar su análisis del mundo de Mafalda?

- Ver los modelos de infancia y las formas de ser niño en la década del 70, las marcas de infancias previas, de buenos y malo, ricos y pobres; de cómo Mafalda rompe con el estereotipo de infantes que había hasta el momento; la gran caracterización de Jacinta Pichimahuida (personaje de ficción de los años 70, de una maestra de escuela), de la niña tonta. Mafalda plantea modelos mucho más móviles, mucho más interesantes, mucho menos estereotipados.

- ¿Sigue vigente ese modelo que se observa en Mafalda ?

- Sigue vigente. Podemos encontrar marcas de Mafalda, de Miguelito, de Libertad, de Guille, de Felipito, en los niños actuales. Pero han pasado 40 años, ¡y qué 40 años...! El mundo ha cambiado mucho. La sociedad argentina ha cambiado mucho

- ¿Qué cambios están impactando en la forma de ser niños de este tramo del siglo XXI?

- Lo que ha cambiado, aunque ameritaría una investigación mucho más profunda, es la idea de los niños como consumidores, la idea de los niños como “peligro”, el niño como “delincuente”. En la historia argentina -y Mafalda habla de ese tema- no se puede dejar de hablar de la niñez apropiada, del caso de los niños desaparecidos, del plan sistemático de desaparición de menores en la dictadura. Y no se puede obviar en los últimos tiempos la lógica del mercado, de las tecnologías, de estos niños hiperconectados. Así como no existe un adulto sin celular, no existe un niño sin celular. Son marcas culturales y políticas que van a cambiar los modelos de infancia.

- Mafalda fue, en los años 70, el modelo de niña de clase media. Pero otros modelos de infancia no habían sido visibilizados...

- Mafalda cumplía la idea de la niña de clase media. Pero también aparecían, en el arte, por ejemplo, modelos de infancia pobre, expansiones como la del niño en la calle, expresada en “Chiquilín de Bachín” (N. de la R: tango de Piazzolla y Horacio Ferrer). Pero aparecen algunos modelos de infancia pobre. Mafalda mira la infancia pobre, pero apenas interactúa; muestra ciertas lógicas de los años 60 y anticipa la radicalización política de los años 70.

- Una marca de estos tiempos parece el temor del mundo adulto temerosos de haber perdido el poder, ante el niño poderoso en el manejo de las nuevas tecnologías.

- Siempre el adulto le ha tenido temor al niño: ya Hanna Arendt plantea en “El origen de los totalitarismos” la idea de que el niño aterra a los autoritarios. El miedo a la infancia ya se ve en Herodes. Y es porque los niños siempre aportan una novedad, siempre traen algo nuevo. “El enigma de la infancia”, lo ha llamado un colega. El autoritarismo no los soporta porque el niño siempre va a decir “el rey está desnudo”. Y no es nuevo. En la historia de la educación siempre vas a encontrar esa idea. En los años 20 ya se decía que los niños “ya no son lo que eran antes”. Y siempre “eran un peligro”. Ahora es la tecnología, pero fue en su momento el sexo, o las cosas que leían, las preguntas que hacían.

- La infancia es el lugar de las preguntas y eso incomoda.

- La infancia incomoda porque pone en duda las supuestas certezas.

- Al margen de que hay múltiples realidades y escuelas, ¿hay algún denominador común, un clima de época?

- En las escuelas pasan demasiadas cosas, pero sí hay problemas de época que debemos mirar. Estamos viviendo una época en la que la educación pública está siendo muy golpeada. Pero todo educador debe ser optimista. El día en que el educador piense que algo no puede ser mejor, tiene que pensar en cambiar de profesión. El optimismo es condición del educador.

- Desde un punto de vista práctico, operativo, ¿por dónde piensa usted que deben pasar las transformaciones en la escuela?

- Una clave es que las universidades nacionales generan el 90 % de las investigaciones educativas. Lo que hay que hacer es sentarse y leer todo lo que se ha producido en esas investigaciones. Para solucionar un problema, primero hay que entenderlo. Hay una idea mágica, muy actual, de que los problemas se solucionan muy fácilmente.

- Un desafío concreto que se le plantea al educador, al adulto, es el de las redes sociales.

- Esta idea de pensar que la realidad pasa por las redes sociales... Las redes sociales permiten esta categoría de la posverdad, esto de que a una información en Facebook es imposible desarmarla. Las redes tienen esta idea de poder producir verdades que no son verdades. Lo que no es muy distinto que antes. Los libros no siempre decían verdades. Pero me parece que, frente al tema, tiene que ver con cómo se produce la verdad. Y sí compensar, reconocer que es un signo de estos tiempos. Llegar al conocimiento útil, que ayude a cambiar o mejorar la realidad, generalmente lleva tiempo. La construcción de conocimiento lleva cierto tiempo, lo que muchas veces en las redes sociales no se respeta.

- Lo cierto es que hoy el educador adulto se encuentra con la realidad de las redes, del booktuber, del youtuber. ¿Cómo se negocia con esos nuevos espacios?

- Yo no sé si el verbo es negociar. Ese es un término demasiado economicista. En la escuela no se negocia. Lo que hay que hacer, yo diría, es dialogar, encontrarse con. Cuando yo era chico se decía que la televisión atrofiaba los cerebros. Generalmente, las nuevas formas de expresión cultural les parecieron peligrosas a los adultos. Y la escuela tiene que establecer un diálogo con esos nuevo espacios, considerando de una vez por todas que el diálogo no implica estar de acuerdo. Hay una hipótesis actual de que el diálogo implica estar de acuerdo. No necesariamente es así; dialogar implica repreguntar, no acordar, revisar, entender. Si nos ponemos de acuerdo enseguida, eso no es diálogo, eso es dogma. Creo que la escuela tiene que establecer ciertos vínculos con las nuevas formas; lo cual implica no considerarlas lo peor, ni subordinarse. La escuela tiene que ser capaz de decir: acá pasó otra cosa, no mejor, ni peor, pero otra cosa. Pero la escuela sigue siendo el territorio de la cultura letrada, y la cultura letrada no es mejor que otras formas con las cuales no se trata de negociar, sino de dialogar.

- ¿Hay algún modelo de infancia que le perturbe en particular?

-Muchos, pero, por sobre todos, esta idea de pensar al niño como consumidor en todas sus formas. Uno no puede dejar de pensar que la delincuencia infantil no es más que la consecuencia del consumo. De un mercado que exige acceder a bienes. Si no pueden acceder por vías legales, lo harán por vías ilegales. Si el mercado le exije a un niño que para ser niño tenga una zapatilla de 5.000 pesos, cuando sus padres no la pueda comprar, las va a robar. Me parece que el gran problema es la acechanza sobre los niños vinculada al consumo. Los niños son un gran objeto de consumo. Liberemos a los niños de esa acechanza. Y en eso tiene que trabajar la sociedad en su conjunto. Los gobiernos tienen la responsabilidad de garantizar los derechos humanos. Se supone que para eso han ganado las elecciones. Ellos son los últimos responsables.

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