“El enigma de la muerte es, tal vez, el más antiguo de la humanidad (...) Posiblemente sobre él se tejieron, como tapices, todos los discursos: artísticos, legales, políticos y, por supuesto, subjetivos”. Con esta frase se inicia el primer capítulo del libro “Duelo. Íntimo. Privado. Público”, de la psicoanalista tucumana María Elena Elmiger, profesora de la Facultad de Psicología de la UNT. El libro será presentado hoy a las 19 en la sede de la Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud (General Paz 931).
Hablar de duelo es hablar de muerte, algo de lo que con frecuencia preferimos no hablar. Pero lo real es que la muerte es nuestra única certeza. Y con mucha más frecuencia de lo que se piensa enfrentamos muertes, más grandes o más pequeñas: se mueren parientes cercanos y amigos queridos, pero también se mueren proyectos y sueños. La pregunta es: ¿cómo sobrevivimos al hecho de enfrentar la muerte? Y la respuesta, en una palabra, es duelo. “La elaboración de las pérdidas es nuestra constante actividad y es también nuestro destino”, escribe en el prólogo del libro el psicoanalista Néstor Braunstein.
Bordear el abismo
“La muerte enfrenta al ser humano a una rotura de su mundo, que, a veces, pierde sus bordes, sus barreras protectoras, y puede ‘chuparlo’, como un agujero negro. El duelo es el conjunto de operaciones que realiza un sujeto para rodear ese agujero, tejer un nuevo mundo sin su muerto, armar un lazo distinto con él, y seguir viviendo”, explica la doctora Elmiger.
- No es casualidad que la cuestión del tejido reaparezca...
- No... Porque los humanos, en tanto tales, somos seres sociales. Nuestros lazos arman lo que llamamos “tejido social”, que es mucho más que una simple red, porque al mismo tiempo que la producimos, nos produce. Al reconocernos como seres sociales, los humanos necesitamos de los otros, como sujetos, pero también del tejido: costumbres, reglas, mitos, leyes, rituales que se entrelazan y nos permiten vivir frente a esa certeza única de la muerte.
- Hasta que de pronto se produce el agujero...
- Sí, “de pronto” en un sentido, pero también todo el tiempo... Pensemos en nuestras recientes inundaciones: el agua hizo de repente un gran agujero en la vida de un montón de gente. Para ellos, hay un duelo por delante. Pero además, como un bumerán, ese agujero nos arroja en la cara un fantasma: “podríamos haber sido nosotros”. Ese agujero (incluso sin que haya habido muertos) deja patente la fragilidad de la vida, y eso pasa con mucha frecuencia. En el caso de las inundaciones, la sociedad puso en marcha una serie de mecanismos para combatir la angustia: colectas, reflexiones sobre las causas de lo ocurrido, reclamos al Estado... En definitiva, toda una serie de acciones destinadas a reparar el tejido.
- Entonces el duelo es más que una operación personal.
- Absolutamente; en primer lugar, porque en cada muerto ajeno hay un muerto propio; ante la muerte nuestra subjetividad tiembla y siempre se dispara la culpa. Por otro lado, son las oraciones, los rituales, las ceremonias... En definitiva, la palabra es lo que permite rearmar la subjetividad, sin negar el agujero (más grande o más pequeño) que la muerte causó. Y esa palabra es posible porque hay otros que la escuchan y la pronuncian, y sostienen el tejido. Pero puede ocurrir que el sistema falle, y entonces el agujero “chupa” al doliente: aparecen impulsos suicidas, ataques de pánico, adiciones, inhibiciones severas, culpas avasallantes o su contracara: odio, venganza, violencia...
-¿Qué sería, entonces, un duelo logrado?
- El trabajo de duelo que permite rearmar la subjetividad asumiendo la pérdida, aprendiendo de ella. Volvamos a las inundaciones: ¿qué produjo en la sociedad esa pérdida? Posiblemente, en algunos indiferencia del tipo “a mí no me va a pasar”. Pero una parte de la sociedad tucumana pudo con-dolerse, es decir, hacer un trabajo de juicio acerca de las causas de la pérdida, en una posición responsable. Preguntarse: “¿qué tengo que ver yo en esto? ¿Qué puedo hacer para que no vuelva a ocurrir?”








