Aumenta la presencia de la droga en los homicidios

LA  GACETA
Por LA GACETA 12 Abril 2017
A menudo van de la mano. Una es consecuencia de la otra. La violencia y la droga se han vuelto moneda corriente en Tucumán. A diario hacen estragos en las zonas más vulnerables de la capital, como La Costanera, donde muchas madres encadenan a sus hijos para impedir que salgan a consumir sustancias ilegales y a delinquir. Pero ambas también circulan por las calles y están al acecho de los ciudadanos, engrosando el derrotero delictivo y mortal.

En lo que va de 2017, se registraron 40 homicidios, de los cuales en 18 hubo intervención de las drogas. Siete crímenes se produjeron en circunstancias de robo; tres policías fueron muertos en esa misma situación, según una estadística. Un fiscal dijo que ha notado que muchos de los acusados actuaron en momentos en los que no tenían ningún tipo de frenos inhibitorios, es decir que el consumo de las adicciones tiene mucho que ver. Comentó que el aumento de la violencia no es propio de un solo sector. “Ya no es sólo de una clase social, sino que pertenece a todas. También es cierto que en la Justicia no estamos detectando los posibles focos de conflicto. Actuamos tarde, cuando el delito está consumado”, sostuvo.

El ministro fiscal afirmó que la violencia responde también a un sistema que empieza por la Policía, por el control de los delitos. “Actuamos cuando el delito está cometido, pero tampoco llevamos un control de algunos conflictos. Por eso hay que avanzar con la implementación del nuevo Código de Procedimientos y con la ley de independencia del Ministerio Público que nos permitirá crear más fiscalías”, dijo.

Un psicólogo que trabaja en zonas de la periferia rescatando a chicos drogadictos, considera que la violencia de estas situaciones radica en la desesperación. “El efecto dura de cinco a ocho minutos, y un adicto puede consumir de 80 a 130 dosis por día. Después de la euforia pasan a la disforia, una etapa de depresión, en la que viven una angustia de muerte. Pero el cuerpo les empieza a pedir más porque tienen una dependencia orgánica y psicológica. Cuando no tienen para la siguiente dosis, entran en desesperación. Cuando están en una etapa de abstinencia sienten ansiedad, transpiran, están irascibles; sienten la necesidad de consumir”, señaló. Contó que los chicos comienzan a drogarse a los 10 años, cuando antes era a los 15. “Es difícil para alguien que sufrió un robo verlos como víctimas, pero lo son. Son la carne de cañón de los transas, que les pagan con papeles cuando les llevan un celular y les entregan un arma. Los chicos no nacen con pistolas. Y si uno logra recuperarlos, vuelven a una pieza donde duermen 17, sin agua y sin posibilidades de trabajar”, declaró.

El grave problema de la droga y sus consecuencias nefastas no se combate solamente con más policías y fiscalías. Urge el diseño y la aplicación de una política de Estado que integre educación, salud, deportes, trabajo, cultura, seguridad, justicia. Es inexplicable la orfandad de centros para tratar las adicciones en Tucumán; el que comenzó a construirse hace más de un año en la zona de la Costanera está paralizado por cuestiones burocráticas. Completar la obra costaría alrededor de $10 millones. ¿Cuántos centros de esta naturaleza podrían haberse construido con los más de $600 millones de las valijas legislativas, cuyo destino es un misterio? Si no se ataca el problema de raíz de una manera integral, seguiremos hablando de los efectos. No se puede combatir un cáncer con aspirinas.

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