09 Abril 2017

Por Santiago Kovadloff

A tres lustros del inicio del siglo XXI, la Argentina sigue sin resolver sus problemas fundamentales del siglo XIX. Mientras las naciones más avanzadas del planeta se ven obligadas a preservar la naturaleza de los abusos del progreso tecnológico, nosotros seguimos estando a merced de la naturaleza en virtud de nuestra inoperancia para encontrar el cauce del desarrollo regional e integrado.

La interrupción del proceso de afianzamiento de las estructuras democráticas, con su secuela de autoritarismo, crisis económicas y represión ideológica y cultural, no solo corta el flujo inmigratorio: llega, incluso, en nuestra época, a invertirlo … Fragmentado, escindido por la feroz enajenación a la que lo someten quienes se empecinan en concebirlo como suelo de pocos, y expresión exclusiva de intereses sectoriales y elitistas, el país de los argentinos arrastra, sin resolver, disyuntivas de un pasado traumático, perdiendo de este modo transparencia ante los ojos libres del mundo y consistencia en sus propios habitantes.

La pobreza de la conciencia histórica nacional queda en evidencia cuando advertimos que, en lo que hace a la percepción de nuestro pasado, las mayorías siguen gobernadas por la primacía de las antinomias. El esquematismo que imponen los dogmas, la polarización inevitable que introducen las idealizaciones desmedidas los mandatos ideológicos nos fuerzan a concebir el ayer como una lucha maniquea entre probos y réprobos, santos y demonios, buenos y malos.

* Fragmento del texto del autor que integra el Libro del Bicentenario.

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