09 Marzo 2017 Seguir en 

Muchos recuerdan todavía que, al promediar los años 60 del siglo que pasó, Turismo de la Provincia lanzó una campaña dirigida a promover y destacar la condición de “jardín” de la ciudad de Tucumán. Dentro de la iniciativa, hasta se instituyeron premios para distinguir al balcón que presentara las mejores flores a la vista del transeúnte. Se buscaba, obviamente, que tanto los tucumanos como quienes nos visitaban percibieran, como algo ratificado con fuerza, la verdad de esa fama que siempre tuvo nuestra ciudad, de poseer una vegetación esplendorosa y colorida.
No es preciso investigar demasiado para advertir que, en tan particular aspecto, se ha operado un inexplicable retroceso. La afirmación no quiere decir que no existan balcones y jardines floridos, en la ciudad de San Miguel de Tucumán. Pero pareciera que constituyen más bien la excepción que la regla. Basta echar una mirada a los balcones de la cada vez mayor cantidad de edificios en altura que existen en nuestra capital. En la inmensa mayoría de ellos, se cumple visiblemente la melancólica afirmación poética de Baldomero Fernández Moreno: aquella de “setenta balcones y ninguna flor”.
Y no ocurre solamente en los balcones. Muchos edificios, tanto casas de familia como comercios, cuando se inauguran suelen colocar, con gran optimismo, canteros con plantas y flores en sus ingresos. A los pocos días, se dan cuenta de que se convierten rápidamente en receptáculos de la basura que arroja el caminante. Nada pueden hacer para corregir semejante conducta y, por eso, un día se cansan: dejan de cuidar los canteros, con lo que las plantas se secan irremediablemente y terminan por desaparecer.
En un par de escuelas céntricas, sus ya centenarios locales solían tener, en las fachadas, verjas que protegían pequeños jardines. Un día se sacaron las viejas y el jardín desapareció rápidamente. En las viviendas que poseen pequeños espacios verdes en sus entradas, a menudo se advierte que los dueños no les dedican ningún cuidado especial: a veces, ni siquiera se preocupan por mantener las malezas a una altura razonable.
Esta realidad parece difícil de explicar, frente a la feracidad de nuestro suelo, donde cualquier vegetal que se implante germina y se desarrolla, copiosamente y a gran velocidad. Nuestra despreocupación, pensamos, no es sino otra expresión de esa tradicional indiferencia del vecindario tucumano, respecto de la estética y del cuidado exterior de sus edificios. Es un tema que hemos recalcado en múltiples ocasiones, a través de los años, tanto en esta columna como en notas de redacción, sin haber obtenido un eco perceptible.
Pensamos que el organismo municipal, como específico responsable en estos temas, bien podría revitalizar (y añadir muchas otras, a su criterio), aquella iniciativa de promover las flores y los jardines en el exterior de los edificios de nuestra capital. Bien lo necesita una ciudad como la que habitamos, que crece envuelta en tanto desorden y tanto desaliño. A nadie escapa que, en la actualidad, la sociedad en general ha vuelto sus ojos, resueltamente, hacia la naturaleza, a lo verde, a las flores, a los árboles. Es una tendencia que Tucumán tiene todos los resortes para acompañar y para liderar. Debiéramos ponerlos en marcha.
No es preciso investigar demasiado para advertir que, en tan particular aspecto, se ha operado un inexplicable retroceso. La afirmación no quiere decir que no existan balcones y jardines floridos, en la ciudad de San Miguel de Tucumán. Pero pareciera que constituyen más bien la excepción que la regla. Basta echar una mirada a los balcones de la cada vez mayor cantidad de edificios en altura que existen en nuestra capital. En la inmensa mayoría de ellos, se cumple visiblemente la melancólica afirmación poética de Baldomero Fernández Moreno: aquella de “setenta balcones y ninguna flor”.
Y no ocurre solamente en los balcones. Muchos edificios, tanto casas de familia como comercios, cuando se inauguran suelen colocar, con gran optimismo, canteros con plantas y flores en sus ingresos. A los pocos días, se dan cuenta de que se convierten rápidamente en receptáculos de la basura que arroja el caminante. Nada pueden hacer para corregir semejante conducta y, por eso, un día se cansan: dejan de cuidar los canteros, con lo que las plantas se secan irremediablemente y terminan por desaparecer.
En un par de escuelas céntricas, sus ya centenarios locales solían tener, en las fachadas, verjas que protegían pequeños jardines. Un día se sacaron las viejas y el jardín desapareció rápidamente. En las viviendas que poseen pequeños espacios verdes en sus entradas, a menudo se advierte que los dueños no les dedican ningún cuidado especial: a veces, ni siquiera se preocupan por mantener las malezas a una altura razonable.
Esta realidad parece difícil de explicar, frente a la feracidad de nuestro suelo, donde cualquier vegetal que se implante germina y se desarrolla, copiosamente y a gran velocidad. Nuestra despreocupación, pensamos, no es sino otra expresión de esa tradicional indiferencia del vecindario tucumano, respecto de la estética y del cuidado exterior de sus edificios. Es un tema que hemos recalcado en múltiples ocasiones, a través de los años, tanto en esta columna como en notas de redacción, sin haber obtenido un eco perceptible.
Pensamos que el organismo municipal, como específico responsable en estos temas, bien podría revitalizar (y añadir muchas otras, a su criterio), aquella iniciativa de promover las flores y los jardines en el exterior de los edificios de nuestra capital. Bien lo necesita una ciudad como la que habitamos, que crece envuelta en tanto desorden y tanto desaliño. A nadie escapa que, en la actualidad, la sociedad en general ha vuelto sus ojos, resueltamente, hacia la naturaleza, a lo verde, a las flores, a los árboles. Es una tendencia que Tucumán tiene todos los resortes para acompañar y para liderar. Debiéramos ponerlos en marcha.







