Recientes comprobaciones de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, afirman que durante los pasados meses de enero y febrero, crecieron en un 16 por ciento, con relación a igual lapso de 2016, las infracciones sancionadas en las rutas del país. Tales fueron las conclusiones del Operativo Verano, organizado por la referida Agencia, y que se verificó en casi una treintena de las más importantes carreteras.
De acuerdo a ese informe, en dicho lapso se labraron 34.477 actas de multas, el 85 por ciento de las cuales se debía al exceso de velocidad de los automotores. En cuanto al control de alcoholemia, arrojó 1.100 casos con resultado positivo. Queda claro entonces, según el informe, que la velocidad mucho más allá de lo permitido, en las rutas, constituye el principal rubro en materia de infracciones.
Esto no hace sino mostrar la tradicional rebeldía de los argentinos, a la hora de ceñirse a los límites que la ley establece. Al mando de automotores cada vez más veloces, los conductores hacen caso omiso de la indicación de los carteles, y aprietan a fondo el acelerador. Esto, por razones diversas: ellas van desde el ansia de llegar más rápido a su destino, hasta la de experimentar esa sensación de poderío que en muchos produce el solo hecho de la velocidad desenfrenada.
Y, al mismo tiempo, la cantidad de resultados positivos en los controles de alcohol en sangre, muestran que la tan reiterada advertencia de “si bebe, no maneje”, dista de hallarse instalada en la mente de los conductores.
El problema es muy concreto. Conducir a excesiva velocidad, o cuando se ha ingerido alcohol (fenómeno que, por lo general, suele darse conjunto) pone, tanto a quien va al volante como a los terceros usuarios de la ruta, en gravísimas situaciones de peligro, que pareciera ocioso detenerse a describir. Es escalofriante la cantidad de sangrientos percances que tienen por escenario las carreteras del país, y de los cuales el periodismo informa, con detalle, a cada rato. Bien se sabe que las secuelas de esos sucesos son la muerte, a veces en la flor de la edad; las serias heridas y las discapacidades de por vida, además de daños económicos difíciles de cuantificar.
Lo peor es que esas tragedias no son algo caído del cielo, sino que hubieran podido perfectamente evitarse. Circular por las rutas de un modo prudente, y siempre en el marco de las archiconocidas pautas que a cada rato publicitan las autoridades y que constan en la cartelería caminera, haría inexistentes esas tragedias, o las reduciría al mínimo, según puede conjeturarse.
Todo esto suena a obvio pero, como vemos, no han logrado generalizarse, ni mucho menos, la prudencia y la sensatez en quienes están al comando de un automotor, según lo denuncia largamente la fría elocuencia de las cifras. Frente a esa realidad, se impone como absolutamente necesario ajustar aún más el control en las rutas, con personal policial implacable ante las infracciones, y con sanciones muy severas cuando ellas se detecten.
No parece existir otro remedio, según lo indica hasta el cansancio la experiencia, en todos los países del mundo. Sólo de esa manera podrá modificarse la inquietante irresponsabilidad que encuadra actualmente, en el país, el desempeño de un número considerable de conductores.
De acuerdo a ese informe, en dicho lapso se labraron 34.477 actas de multas, el 85 por ciento de las cuales se debía al exceso de velocidad de los automotores. En cuanto al control de alcoholemia, arrojó 1.100 casos con resultado positivo. Queda claro entonces, según el informe, que la velocidad mucho más allá de lo permitido, en las rutas, constituye el principal rubro en materia de infracciones.
Esto no hace sino mostrar la tradicional rebeldía de los argentinos, a la hora de ceñirse a los límites que la ley establece. Al mando de automotores cada vez más veloces, los conductores hacen caso omiso de la indicación de los carteles, y aprietan a fondo el acelerador. Esto, por razones diversas: ellas van desde el ansia de llegar más rápido a su destino, hasta la de experimentar esa sensación de poderío que en muchos produce el solo hecho de la velocidad desenfrenada.
Y, al mismo tiempo, la cantidad de resultados positivos en los controles de alcohol en sangre, muestran que la tan reiterada advertencia de “si bebe, no maneje”, dista de hallarse instalada en la mente de los conductores.
El problema es muy concreto. Conducir a excesiva velocidad, o cuando se ha ingerido alcohol (fenómeno que, por lo general, suele darse conjunto) pone, tanto a quien va al volante como a los terceros usuarios de la ruta, en gravísimas situaciones de peligro, que pareciera ocioso detenerse a describir. Es escalofriante la cantidad de sangrientos percances que tienen por escenario las carreteras del país, y de los cuales el periodismo informa, con detalle, a cada rato. Bien se sabe que las secuelas de esos sucesos son la muerte, a veces en la flor de la edad; las serias heridas y las discapacidades de por vida, además de daños económicos difíciles de cuantificar.
Lo peor es que esas tragedias no son algo caído del cielo, sino que hubieran podido perfectamente evitarse. Circular por las rutas de un modo prudente, y siempre en el marco de las archiconocidas pautas que a cada rato publicitan las autoridades y que constan en la cartelería caminera, haría inexistentes esas tragedias, o las reduciría al mínimo, según puede conjeturarse.
Todo esto suena a obvio pero, como vemos, no han logrado generalizarse, ni mucho menos, la prudencia y la sensatez en quienes están al comando de un automotor, según lo denuncia largamente la fría elocuencia de las cifras. Frente a esa realidad, se impone como absolutamente necesario ajustar aún más el control en las rutas, con personal policial implacable ante las infracciones, y con sanciones muy severas cuando ellas se detecten.
No parece existir otro remedio, según lo indica hasta el cansancio la experiencia, en todos los países del mundo. Sólo de esa manera podrá modificarse la inquietante irresponsabilidad que encuadra actualmente, en el país, el desempeño de un número considerable de conductores.








