Arco 2017: la fiesta argentina

Nuestro país fue protagonista de la feria de arte contemporáneo más destacada de Iberoamérica. Representó una oportunidad única para que los grandes artistas argentinos logren una visibilidad global y cotizaciones acordes con su talento. ¿Aprovechamos esa oportunidad? ¿Fue excesivo el gasto para el Estado? ¿Mostramos lo mejor que tenemos?

Arco 2017: la fiesta argentina
05 Marzo 2017
Este año, en su condición de país invitada, la Argentina tuvo una conspicua participación en la feria de arte de Madrid que se celebra todos los febreros. ¿Qué significa ser país invitado? Fundamentalmente que la feria concede una docena de stands en forma casi gratuita y que se le da ocasión al país para que realice una serie de actos en toda la ciudad. Una vidriera. La Argentina nunca ha logrado que su arte se ensamble de modo sólido al mundo pese a tener artistas enormes y, por eso, los valores argentinos son sensiblemente inferiores a, por ejemplo, los brasileños o mexicanos. Es llamativo que Antonio Berni, Jorge De la Vega o Alberto Greco, tres artistas absolutamente geniales, tengan bajísima visibilidad comparados con Tarsila Do Amaral o Diego Rivera. Los artistas argentinos que son conocidos internacionalmente lo son porque viven directamente en el exterior o bien venden en galerías extranjeras: Julio Le Parc, Jorge Macchi, Leandro Erlich, Tomás Saraceno o Liliana Porter. Es que Brasil realiza la Bienal de San Pablo pero además tiene una tradición de salir al mundo a vender su arte. La Argentina, que tiene un mercado interno pequeñísimo, está obligada a salir al mundo para que su arte se conozca. Es una cadena: no sale porque los stands le resultan caros y le resultan caros porque los valores de sus artistas no son altos, y no son altos porque sus artistas no son suficientemente conocidos para que el coleccionismo internacional se interese en ellos. Ergo: para una galería argentina ir a una feria importante adquiere condición de patriada. Y en tanto patriada individual no es ni siquiera eficaz, pues se necesita una masa crítica. Por ende, incumbe al Estado coordinando. Y ahí es donde ser país invitado da la oportunidad. Por eso es particularmente ridícula la crítica que hizo Jorge Lanata cuando acusó al Ministro de Cultura, sembrando insidiosas dudas, de gastar dinero público para apoyar a galeristas. No es gastar, es invertir, no es apoyar galeristas privados, es apoyar el arte argentino. El arte no sólo sirve para dar pistas sobre qué pasa en nuestro tiempo y nuestro lugar, sino que también es una forma de que ingresen divisas si logramos exportarlo. Y si no lo hacíamos ahora no lo hacíamos nunca.

Interrogantes

La respuesta de si la Argentina supo aprovechar la oportunidad es problemática y lo dirá el tiempo. Hubo doce galerías argentinas en la feria, de las cuales sólo tres o cuatro habían ido en años anteriores por su cuenta. Inés Katzenstein fue la curadora del envío argentino, es decir quien seleccionaba los artistas. Así, Rolf Art llevó una serie de obras de Liliana Maresca, incluyendo un objeto que la artista diseñó, una suerte de corsé con corpiño, de madera, bujes y elementos reciclados. Vasari exhibió por un lado la emblemática serie Cócktel, del malogrado fotógrafo noventista Alejandro Kuropatwa, que alude a los padecimientos que sufrió por el SIDA, y por otro lado presentó abstracciones geométricas de Juan José Cambre. Una de las estrellas del envío argentino fue la obra póstuma del informalista Alberto Greco (el creador del movimiento Vivo-Dito, consistente en acciones unipersonales en lugares específicos de un pueblo, vivió en España y murió muy joven, en 1965), Besos Brujos, un libro de 137 páginas, manuscrito y pintado por el artista, que estuvo desaparecido durante muchos años. Por esta obra única la galería Del Infinito pedía 550.000 euros y el Reina Sofía se mostró interesado. También había obras históricas de la artista Marcia Schvartz, una de las cuales llamó la atención del Rey Felipe VI, mientras que Jorge Mara mostró obras de la etapa informalista de Kazuya Sakai. Excelente también el stand de Benzacar, donde se destacaban Jorge Macchi y Pablo Siquier. En otro espacio había buenas obras del noventista Marcelo Pombo.

Por otro lado, y comandado por Sonia Becce y Marcelo Panozzo, se realizaron una serie de actos con suerte variada. Desde una carpa en la Plaza Colón y un stand institucional dentro de la Feria, donde se realizaban charlas, como una que brindó el legendario Julio Le Parc, hasta una conferencia en la Caixa Forum dada por el escritor Alan Pauls y el artista Fabio Kacero –con entradas agotadas–, pasando por la presentación de parte de la colección particular de Eduardo Costantini (incluyendo la emblemática pieza de Diego Rivera, recientemente adquirida, Baile en Tehuantepec) en la Real Academia de San Fernando, de la calle Alcalá, o la intervención lumínica de Karina Peisajovich en el frente de la Casa de América, que lamentablemente debió apagarse de modo abrupto y prematuro a raíz de quejas de vecinos quisquillosos y automovilistas sin humor a los que les molestaban las proyecciones de luz sobre la calzada.

En el diario El País, el viernes 24 de febrero, el artista Eduardo Stupía –tal vez extrapolando abusivamente su propio caso– declaró que los coleccionistas españoles se parecían a los argentinos en que ninguno de los dos compra nada. Además de ser un mal chiste no es verdad. Miran, regatean, consultan, comparan, demoran, pero compran. De Eduardo Costantini al empresario español José María Lafuente, especialista en videoinstalaciones, muchísimos coleccionistas han comprado obras en esta edición.

Este ARCO para la Argentina ha sido una suerte de impulso primario para que se entienda que existir es existir globalizado. También en el arte el nacionalismo es malo. Y era indispensable que el Estado apoyara como lo hizo para el traslado de las obras, con publicidad en el aeropuerto de Barajas, con las intervenciones urbanas y con la presencia del Presidente Macri. Podrán gustar más o menos los artistas que se llevaron, pero ha sido una elección razonable. ¿Oscar Bony era mejor que Cambre? ¿Pablo Suárez era más interesante que Schvartz? Es opinable. Es verdad que algunos de los artistas elegidos no eran conocidos ni siquiera por los que estamos en el mundo del arte y la explicación de esas apariciones es difícil. Y de modo inversamente proporcional me permito lamentar que no se hayan llevado obras de los cuatro artistas de la nueva figuración: Macció, De la Vega, Deira y Noé, pues la idea de vanguardia está indisolublemente ligada a la idea de arte contemporáneo, y la neofiguración fue uno de los únicos movimientos vanguardistas que tuvo la Argentina en el siglo XX, sólo anticipado –y solitariamente– por William De Kooning. Nadie diría que Lucio Fontana no es una suerte de contemporáneo y lo mismo cabe decir de la neofiguración.

© LA GACETA

Marcelo Gioffré - Periodista y escritor.

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