Con frecuencia, se escucha decir que en los últimos tiempos se ha ido perdiendo la cultura de la constancia, del sacrificio para conseguir un objetivo. Muy atrás parecen haber quedado aquellos consejos de los abuelos y padres de antaño: “esfuérzate y triunfarás” o “nada se consigue sin esfuerzo” o refranes como “Dios nos da las nueces, pero nos las da cerradas… las tenemos que abrir”. El ahora poco recordado escritor francés André Gide solía decir: “el secreto de mi felicidad está no en esforzarme por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo”. Afortunadamente, siempre existen personas que dan lo mejor de sí para superarse, especialmente aquellas cuyas circunstancias de vida les han sido adversas o que padecen alguna discapacidad.
En nuestra edición del sábado pasado, publicamos dos historias que reflejan ese deseo de progreso. Tenía 16 años y cursaba el cuarto año del secundario, cuando Gianfranco volvía de bailar con sus amigos por la avenida Aconquija y Federico Rossi, de Yerba Buena. Una patota empezó a perseguirlos. Corrió al igual que sus compañeros y cruzó la avenida sin percatarse de que avanzaba un vehículo. Fue atropellado y sufrió graves lesiones en la cabeza. Tras pasar un período en estado vegetativo, inició una larga rehabilitación. Pese a estar postrado, pudo reanudar sus estudios apoyado en una memoria inusual. Se recibió siendo escolta del colegio con excelentes notas. Actualmente tiene 24 años, y está intentando caminar andador mediante. Su sueño más grande es estudiar periodismo deportivo.
La vida de María Alejandra es la de muchas personas, con la diferencia que, pese a las adversidades que tuvo que enfrentar, no claudicó en su deseo de algún día poder cursar el secundario. Hace pocos días, a los 41 años, lo logró como abanderada, con promedio 10; dos meses atrás había obtenido el primer premio en las Olimpíadas de Historia de la República Argentina. Ya se inscribió en la Facultad de Psicología.
A fines de julio pasado, invitado por la asociación Down is Up y la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, nos visitó Pablo Pineda Ferrer, un español con síndrome de Down de 41 años, el primer egresado de un instituto universitario europeo; autor de “Niños con capacidades especiales, Manual para padres”, entre otros libros, protagonista de “Yo, también”, película con la cual obtuvo el premio al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián en 2009. “A mí, mis padres, mi familia, no me sobreprotegieron, no me cuidaron; me ayudaron a construir mi autoestima; me han educado para la relación con los demás; confiaron en mí... Una de las cosas que más me ha costado es estar demostrando todo el día que tú puedes. Que tú puedes estar en una escuela, que tú puedes hacer una carrera, que tú puedes enamorarte de una piba guapa”, dijo.
El apoyo constante y el estímulo del entorno, así como el afecto del cual se nutre la autoestima son esenciales para poder lograr una meta. Si la educación actual en el hogar y en la escuela fuera capaz de recrear esas condiciones y se enseñara a los niños desde temprana edad a esforzarse para superarse, posiblemente no se hablaría de la pérdida de la cultura del esfuerzo. Los chicos son el reflejo de sus padres y de sus maestros. “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, afirmaba Mahatma Gandhi. Nuestros mayores suelen decir que querer es poder.
En nuestra edición del sábado pasado, publicamos dos historias que reflejan ese deseo de progreso. Tenía 16 años y cursaba el cuarto año del secundario, cuando Gianfranco volvía de bailar con sus amigos por la avenida Aconquija y Federico Rossi, de Yerba Buena. Una patota empezó a perseguirlos. Corrió al igual que sus compañeros y cruzó la avenida sin percatarse de que avanzaba un vehículo. Fue atropellado y sufrió graves lesiones en la cabeza. Tras pasar un período en estado vegetativo, inició una larga rehabilitación. Pese a estar postrado, pudo reanudar sus estudios apoyado en una memoria inusual. Se recibió siendo escolta del colegio con excelentes notas. Actualmente tiene 24 años, y está intentando caminar andador mediante. Su sueño más grande es estudiar periodismo deportivo.
La vida de María Alejandra es la de muchas personas, con la diferencia que, pese a las adversidades que tuvo que enfrentar, no claudicó en su deseo de algún día poder cursar el secundario. Hace pocos días, a los 41 años, lo logró como abanderada, con promedio 10; dos meses atrás había obtenido el primer premio en las Olimpíadas de Historia de la República Argentina. Ya se inscribió en la Facultad de Psicología.
A fines de julio pasado, invitado por la asociación Down is Up y la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, nos visitó Pablo Pineda Ferrer, un español con síndrome de Down de 41 años, el primer egresado de un instituto universitario europeo; autor de “Niños con capacidades especiales, Manual para padres”, entre otros libros, protagonista de “Yo, también”, película con la cual obtuvo el premio al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián en 2009. “A mí, mis padres, mi familia, no me sobreprotegieron, no me cuidaron; me ayudaron a construir mi autoestima; me han educado para la relación con los demás; confiaron en mí... Una de las cosas que más me ha costado es estar demostrando todo el día que tú puedes. Que tú puedes estar en una escuela, que tú puedes hacer una carrera, que tú puedes enamorarte de una piba guapa”, dijo.
El apoyo constante y el estímulo del entorno, así como el afecto del cual se nutre la autoestima son esenciales para poder lograr una meta. Si la educación actual en el hogar y en la escuela fuera capaz de recrear esas condiciones y se enseñara a los niños desde temprana edad a esforzarse para superarse, posiblemente no se hablaría de la pérdida de la cultura del esfuerzo. Los chicos son el reflejo de sus padres y de sus maestros. “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”, afirmaba Mahatma Gandhi. Nuestros mayores suelen decir que querer es poder.
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