Hitos de una construcción

Si es que hay algo que pueda llamarse una “literatura tucumana”, conviene tener presente que ese recorte o esa categoría constituye una construcción. Y para la construcción de una literatura no basta con los textos literarios; hay que tomar en cuenta las operaciones que se realiza sobre esos textos y que son las responsables de situarlos como parte de una literatura dada.

07 Agosto 2016

Por Soledad Martínez Zuccardi

¿Existe una literatura tucumana? Se trata de una pregunta provocadora, que podría enfocarse de distintos modos. Una posibilidad sería indagar en aquello que define la “tucumanidad” de la literatura tucumana. ¿Que sus autores hayan nacido o vivido en Tucumán? ¿Que la configuren textos publicados en Tucumán? ¿O bien textos que hablan sobre Tucumán, independientemente del origen de sus autores o del lugar de publicación? ¿O quizá esa “tucumanidad” resida en un particular registro del habla tucumana, en la captación de un tono, de un ámbito o de un tempo característicamente tucumano? ¿O en la presencia de un mundo históricamente ligado a la identidad de la provincia como el mundo de la caña de azúcar? ¿O en otros elementos que de algún modo trasunten una “identidad tucumana” –concepto éste que a su vez amerita una discusión específica–?

Más allá del interés de algunas de estas preguntas, no voy a encarar aquí el problema desde la perspectiva que ellas abren, por cuanto están orientadas sobre todo a los textos literarios. Creo que no es en los textos el único lugar en el que hay que mirar para pensar esta cuestión. Porque si es que hay algo que pueda llamarse una “literatura tucumana”, conviene tener presente que ese recorte o esa categoría constituye una construcción. Y para la construcción de una literatura no basta con los textos literarios; hay que tomar en cuenta las operaciones que se realiza sobre esos textos y que son las responsables de situarlos como parte de una literatura dada. Operaciones provenientes de ámbitos como las instituciones literarias, las revistas, la historia de la literatura, la crítica literaria, esto es, ámbitos que, en definitiva, hacen al campo literario. Propongo, así, explorar la pregunta sobre la eventual existencia de una literatura tucumana desde las operaciones de construcción de una literatura, o de un campo literario, en Tucumán. Para ello mencionaré ciertas inflexiones en el proceso de constitución de ese campo, con el anhelo de que el recorrido trazado brinde alguna perspectiva para pensar los fenómenos del presente.

La década de 1940 marca, a mi modo de ver, la emergencia de un campo literario en Tucumán, que se constituye con mayor plenitud en los decenios de 1950 y 1960. Esto no quiere decir que antes de ese momento no haya habido vida literaria en la provincia. Por el contrario, si se compara el caso de Tucumán con el de muchos otros ámbitos provinciales, se observa un desarrollo cultural (y literario) muy temprano, ligado al vertiginoso crecimiento de la industria azucarera a fines del siglo XIX, por el que Tucumán moderniza rápidamente su fisonomía. De esa época datan los primeros periódicos culturales locales como El Porvenir y Tucumán Literario, y, poco después, en los primeros años del siglo XX, surge la significativa Revista de Letras y Ciencias Sociales, articuladora de un proyecto literario que contribuye a la configuración de una “literatura americana” independiente de la española. También por entonces se publican en la provincia los primeros libros de poesía (Las edades, de Víctor Toledo Pimentel; y El poema del agua, de Manuel Lizondo Borda) y aparecen las primeras compilaciones poéticas, como El Tucumán de los poetas, de 1916.

Años dorados

Pero recién hacia 1940 la literatura comienza a organizarse de modo sistemático como un ámbito especializado y diferenciado dentro del más vasto campo cultural, esto es, como un incipiente campo específicamente literario. Un factor decisivo en este proceso es el impacto de la creación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Con su notable plantel inicial de profesores (Eugenio Pucciarelli, Silvio y Risieri Frondizi, Aníbal Sánchez Reulet, Marcos A. Morínigo, Enrique Anderson Imbert, por nombrar solo algunos) la Facultad renueva el ambiente cultural local introduciendo nuevas ideas y lecturas, e instalando un clima intelectual riguroso y exigente. Uno de esos profesores, Morínigo, crea en 1940 la revista Cántico que difunde los primeros poemas de Guillermo Orce Remis y Leda Valladares, y que reclama con vehemencia el desarrollo en Tucumán de una “literatura en serio”, practicada con honestidad, dedicación y rigor. Cántico rechaza tanto la figura del poeta provinciano dado a la versificación cursi e ingenua (el “poetastro ñoño”), como la crítica literaria no especializada y destinada a halagar la vanidad de los autores amigos.

Por las aulas de la Facultad pasan, como estudiantes o como oyentes, los ya nombrados Orce Remis y Leda Valladares y muchos de quienes integrarían el grupo La Carpa. Este grupo de carácter regional que tuvo su “sede” en Tucumán (y entre cuyos miembros puede mencionarse a Raúl Galán, Julio Ardiles Gray, Manuel Castilla, Raúl Araoz Anzoátegui, María Adela Agudo, Nicandro Pereyra, María Elvira Juárez, Sara San Martín) constituye otra inflexión importante en el proceso que revisamos aquí, porque sus integrantes se piensan como poetas “auténticos” que asumen con conciencia y compromiso la propia práctica. La Carpa contribuye así a la consolidación de la figura del escritor profesional en Tucumán, una figura que adquiere su identidad social a partir de la actividad literaria, concebida como una ocupación central pese a que no necesariamente proporcione el sustento económico. Provenientes en su mayoría de la clase media, los poetas del grupo irrumpen en la escena literaria local sin ampararse en cobijos institucionales ni oficiales.

Por otra parte, con su controvertido “manifiesto” de 1944 y su famosa frase “tenemos conciencia de que en esta parte del país la poesía comienza con nosotros”, La Carpa desencadena las polémicas en torno a la literatura de Tucumán y del Noroeste. Polémicas en las que intervienen Ricardo Casterán, Raúl Galán, Tomás Eloy Martínez, Gustavo Bravo Figueroa, José Augusto Moreno, y que tienen lugar en 1954, 1956 y 1961 en otro espacio importante que surge en la década de 1940: la página literaria del diario LA GACETA. Esas polémicas muestran que la literatura local constituía un tópico de discusión vigente en la época. Por entonces se realizan además encuentros destinados a discutir la poesía del Noroeste, organizados por la Peña El Cardón, otro escenario significativo en este recorrido, creado en 1947. También la crítica universitaria comienza entonces a reflexionar sobre la literatura local, como lo hacen los estudios pioneros de Alfredo Roggiano y David Lagmanovich.

Consolidación

A partir de la década de 1950 y sobre todo en la de 1960, aparecen diversos volúmenes que reúnen la poesía de la provincia: la Primera antología poética de Tucumán (1952, que deriva de un concurso literario en el que Galán, Orce Remis y un adolescente Tomás Eloy Martínez comparten el primer premio), Poesía de Tucumán. Siglo XX (1965, antología elaborada por Gustavo Bravo Figueroa), Antología poética tucumana en el sesquicentenario (1966, de José Cresseri), Veinte poetas cantan a Tucumán (1967, libro editado por Carola Briones, Carlos Duguech y Manuel Serrano Pérez, que surge de la voluntad de entregar “cantos y dinero” a los obreros desocupados luego del cierre de ingenios azucareros ordenado por Onganía). Estas compilaciones y antologías tienen un rol clave en la construcción de la literatura local, por cuanto diseñan y definen una poesía de Tucumán, proponen autores y textos como parte de esa poesía y reflexionan al respecto en sus prólogos e introducciones.

En suma, el influjo de la Facultad de Filosofía y Letras, las exigencias de Cántico y la conciencia literaria de La Carpa, las polémicas y los estudios sobre la literatura local, la proliferación de antologías y compilaciones poéticas, configuran hitos de un recorrido seguramente incompleto, que dejo abierto aquí. Creo, de todas maneras, que ese recorrido permite sugerir una respuesta afirmativa a la pregunta inicial de esta nota, en la medida en que revela la existencia de gestos y acciones tendientes a construir una literatura tucumana, a formar en la provincia un campo literario propio. Un proceso impulsado por el influjo de una institución del Estado como la Facultad citada, pero que en buena medida parece deberse a las iniciativas independientes y a la autoorganización de los agentes de ese campo incipiente: a las gestiones, los anhelos y los afanes de escritores, profesores y críticos.

© LA GACETA

Soledad Martínez Zuccardi - Autora de

En busca de un campo cultural propio.

Literatura, vida intelectual y revistas

culturales en Tucumán.

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