¿Existe una literatura tucumana?
Una literatura referida a un país o a una región puede definirse a partir de ciertos criterios y requiere una postulación de su existencia desde la crítica. ¿Cuáles serían esos criterios? ¿El lugar de nacimiento de los autores, sus temas, el uso del lenguaje, su estilo, los escenarios de los textos, una conjunción de algunos de estos elementos a través del tiempo y de un grupo de obras? ¿Qué ocurre en el caso tucumano? ¿Hay una variante tucumana de la literatura argentina? Si es así, ¿quiénes serían sus principales exponentes? Escritores y críticos locales ofrecen sus puntos de vista
"ZAFRA TUCUMANA". Foto de Mario Gustavo Argañaraz.
07 Agosto 2016 Seguir en 

Sí (por Carlos Duguech)
Sí, existe una literatura tucumana. ¿Cómo se define? es la pregunta que obliga a una repuesta suficientemente equilibrada. Que no incursione en zonas donde suelen darse cita los espadachines que defienden, a su turno, los respectivos territorios literarios.
El criterio para definir la “literatura tucumana” no es tanto atarse a la tucumanía del autor - por su nacimiento- sino por la impronta que deja en otros ámbitos geográficos, del país, o del extranjero, con su obra. Obras -sean éstas en prosa o en verso- que tendrán de un modo expreso o subliminal, vinculación con vivencias de origen.
La poesía halla en Tucumán voces que le imprimen tonalidad comarcana y a la vez universal, tal como la de los fundadores del grupo La Carpa, en los años 40 del Siglo XX, quienes se manifestaron, cuasi soberbios, vaticinadores de sí mismos. De lo que vendría. Hace poco nos dejaba uno de ellos: Manuel Serrano Pérez, a los 98 años, hombre-metáfora, cabeza de un luminoso abanico de poetas que le dieron y le dan estructura a nuestra literatura.
Adolfo Colombres, prolífico en la novela y los ensayos de contenido antropológico, universaliza sus textos pero en ellos puede advertirse el ser tucumano que lo acompaña en sus viajes y que se manifiesta en toda su profusa obra literaria, sin necesidad de mencionar toda vez a su patria chica.
“Tucumán fue siempre para mí el resumen del mundo” no es una expresión de Colombres - que bien podría suscribirla- sino de Tomás Eloy Martínez. Cada vez que es citado, Tucumán aparece como su lugar de nacimiento y formación. En el que adquirió las herramientas con las que llevó nuestras palabras a un lugar alto en la literatura y en el preciso oficio del periodismo. La obra de Tomás no necesita de apologías: con decir que Santa Evita es la novela argentina más traducida, a más de 30 idiomas, con más de diez millones de ejemplares vendidos, estamos instalando una verdad irrefutable. Su destino es ser un clásico. Y en ese contexto no le va a la saga La novela de Perón. Hugo Foguet, como buen marino, con su novela Pretérito perfecto da testimonio de este puerto que es Tucumán. En su obra, territorio, gente, historia y circunstancias de nuestra provincia, son el universo todo. “Novela total. Lo nuestro es el centro de lo que existe, desde el big bang al apocalipsis”.
Importante y buena la proliferación de talleres y otros colectivos literarios. Almácigos de la siempre lozana literatura tucumana, que continúa buscando nuevos horizontes.
No (por Fabián Soberón)
Las clasificaciones son útiles pero guardan una dosis de injusticia y de falsedad. Los rótulos son estantes vacíos en el océano de lo real. Lo que hay son las piezas disímiles producidas por individuos. Ninguna pieza es idéntica a la otra. Para Leibniz -según el principio de los indiscernibles-, no puede haber en la naturaleza dos seres que sean iguales entre sí. De modo similar, no podría haber en la producción artística argentina o tucumana, dos libros que sean iguales, salvo aquel libro que busque emular el logro formal de otro. En este sentido, no existe la literatura tucumana en abstracto.
Por otra parte, sería interesante estudiar los plagios, los préstamos, las tendencias como una forma de ver las bifurcaciones, las entradas y las salidas de un “sistema” siempre abierto.
Quizás por eso mismo, es más provechoso pensar las diferencias estéticas y no tanto las similitudes.
A fin de cuentas, en el mundo del arte, recordamos menos la copia que la excepción.
El rótulo busca semejanzas desde un patrón extraño a la producción de libros. Pensar en la literatura argentina como un todo nos sirve para crear un mapa. Pero en la literatura lo que importa no son tanto los mapas como las piezas únicas, las novelas, los poemas o los cuentos que aspiran a provocar el goce en el lector. Lo central es el placer o el aburrimiento. Ningún libro -cualquiera sea su origen- está exento de producir aburrimiento. Desde esta perspectiva, la cuestión del origen es secundaria o trivial. La literatura no tiene una relación fundamental con la geografía. Al lector que abre un libro no le interesa si el verso o la prosa copian la forma de los cerros o de los zigurats de New York. Para el análisis estético no es imprescindible el lugar de pertenencia. Un cuento o una novela van más allá de la cuestión identitaria. Ser tucumano, cordobés o argentino no ayuda a leer mejor o a escribir mejor. ¿Qué tienen en común Tomás Eloy Martínez, Hugo Foguet y Raúl Perrone? La pregunta no debería apuntar a la identidad sino a las diferencias. El análisis artístico enciende la palestra si logra mostrar las virtudes diferenciales, las particularidades, las excentricidades, el hallazgo poético.
La literatura tucumana -como entelequia- no existe. Tampoco existe la literatura argentina como entidad autónoma. Existen los autores nacidos en Tucumán, Hungría o Canadá.
Pero, ¿qué es el nacimiento comparado con la calidad de un verso o de un cuento?
Una totalidad contradictoria (por Liliana Massara)
Tucumán, en los años 20 al 40, trae consigo las voces del paisaje entre tonos y tradiciones. Estas dieron al poeta la luz y las sombras del monte para poetizar sobre el hombre y la tierra: la solidez de la palabra esculpida con los bienes de la naturaleza. Luego, el Grupo de la Carpa intenta desviarse de localismos exacerbados; el proyecto pretendido reclamaba para la poesía “Belleza, Afirmación y Vaticino”, en relación con lo que se producía hasta entonces en la provincia y en la Región.
Tucumán “hizo y hace literatura”; hoy los trazos de esa literatura difieren porque “somos contemporáneos de historias diferentes”, según Enrique Lihn. La cultura está en movimiento, nos inquieta, conduce, indefectiblemente, a construir otros mapas literarios que ya no son sólo los rurales, sino los urbanos, los suburbanos, los del suburbio, en consecuencia, estos espacios delimitan una zona de producción que representa múltiples realidades del lugar, lo que desconcentra, no homogeiniza discursos; apela a nuevos formatos, a una consistencia escrituraria propia a través de propuestas como el microrrelato, y la poesía narrada, géneros representativos del ahora tucumano; sin embargo, la novela está re-descubriéndose, aún aletargada, pero con un legado interesante: Julio, Ardiles Gray, Juan José Hernández; el ahora revalorizado Hugo Foguet; el canónico Tomás Eloy Martínez; los olvidados Marrocchi, Fasolo; en poesía Francisco Galíndez, Mario Casacci; reivindicados poetas como Juan González, Inés Aráoz, y tantos otros.
Hubo un apego pintoresquista; las transformaciones sociales devienen propuestas estéticas mutables; habrá un tono, una referencia “situada” que la aluda, pero no requiere, esta literatura de “atributos” para ser tal; el lugar de nacimiento del autor no es condición sine qua non; ni tampoco que el tema exclusivo sea la tucumanidad. ¿Cuál?
Las representaciones de lo real conllevan “huellas”, una actitud, un lenguaje, pero no se dirime por un modo costumbrista de ser, sino por “los medios estéticos para llegar a un fin”. No hay criterios específicos, para hacer literatura tucumana. Pertenece a una “totalidad contradictoria”, dentro de un sistema que supone diferencias que lo complementan; relaciones complejas de reconocimiento y distribución.
El arte es libre y universal; lo local pervive, elidido o aludido. El Tucumán literario sucede en su relación hombre/mundo, y cada escritor busca sus propios modos de decir.
La región literaria como voluntad (por Rogelio Ramos Signes)
Hay en Tucumán mucha gente que escribe, lo que no quiere decir que exista una literatura tucumana. Tal vez tampoco haya una literatura específica de cada provincia, salvo chispazos aislados del terruño colándose en una problemática global. No sé hasta dónde llegó el intento de los escritores tucumanos en los años 40 para fundar una manera de ver y de definir lo propio.
El manifiesto que pretende darle identidad a cualquier proyecto bienintencionado no siempre llega más allá del empeño puesto en pintar la aldea. Esa voluntad, con mayor o menor suerte, va diluyéndose en la problemática histórica y universal del ser humano.
No creo que un texto escrito por un tucumano configure la literatura de la región; mucho menos si nos atenemos al lugar de nacimiento como punto de partida para esa premisa. La provincia tiene hijos por adopción voluntaria, que son a mi entender los verdaderos comprovincianos. Nada más azaroso que el punto geográfico de un nacimiento. Sólo cuando la experiencia y los escenarios se hacen carne en el ser humano, éste puede decir cuál es su lugar en el mundo. La literatura, simplemente, es un bosquejo de eso.
Así como necesitamos la mirada del otro para confirmar nuestra identidad, es necesario que haya un trabajo crítico sobre la literatura producida en Tucumán; algo así como una piedra en medio de un charco, donde hacer pie para llegar a la otra orilla. Creo que recién a partir de ese proyecto podríamos hablar de una literatura tucumana. Se necesita un punto de partida, objetivo, desinteresado.
Es primordial que exista un trabajo que no sea escrito por los protagonistas; llevar agua al propio molino es un acto folclórico que nunca dio buen resultado. Sólo un lector imparcial podría encontrar los puntos en común entre distintos escritores de un mismo lugar y descubrir la voz propia de esa geografía reescrita y resignificada.
Insisto, o concluyo: no creo que el lugar de nacimiento sea determinante, ni siquiera los temas o los escenarios. La literatura argentina, desde mediados del siglo XIX, abunda en magníficos textos escritos por autores de otras regiones que pintan con claridad territorios donde no nacieron, escenarios que tal vez no conocieron y temas que (más allá del condimento y el maquillaje) son universales. Es el tono, en todo caso, el que da identidad a la literatura producida en una región; la ensimismada visión del individuo que sueña con ser múltiple y que juega a ignorar que el horizonte es una capricho.
Sí, existe una literatura tucumana. ¿Cómo se define? es la pregunta que obliga a una repuesta suficientemente equilibrada. Que no incursione en zonas donde suelen darse cita los espadachines que defienden, a su turno, los respectivos territorios literarios.
El criterio para definir la “literatura tucumana” no es tanto atarse a la tucumanía del autor - por su nacimiento- sino por la impronta que deja en otros ámbitos geográficos, del país, o del extranjero, con su obra. Obras -sean éstas en prosa o en verso- que tendrán de un modo expreso o subliminal, vinculación con vivencias de origen.
La poesía halla en Tucumán voces que le imprimen tonalidad comarcana y a la vez universal, tal como la de los fundadores del grupo La Carpa, en los años 40 del Siglo XX, quienes se manifestaron, cuasi soberbios, vaticinadores de sí mismos. De lo que vendría. Hace poco nos dejaba uno de ellos: Manuel Serrano Pérez, a los 98 años, hombre-metáfora, cabeza de un luminoso abanico de poetas que le dieron y le dan estructura a nuestra literatura.
Adolfo Colombres, prolífico en la novela y los ensayos de contenido antropológico, universaliza sus textos pero en ellos puede advertirse el ser tucumano que lo acompaña en sus viajes y que se manifiesta en toda su profusa obra literaria, sin necesidad de mencionar toda vez a su patria chica.
“Tucumán fue siempre para mí el resumen del mundo” no es una expresión de Colombres - que bien podría suscribirla- sino de Tomás Eloy Martínez. Cada vez que es citado, Tucumán aparece como su lugar de nacimiento y formación. En el que adquirió las herramientas con las que llevó nuestras palabras a un lugar alto en la literatura y en el preciso oficio del periodismo. La obra de Tomás no necesita de apologías: con decir que Santa Evita es la novela argentina más traducida, a más de 30 idiomas, con más de diez millones de ejemplares vendidos, estamos instalando una verdad irrefutable. Su destino es ser un clásico. Y en ese contexto no le va a la saga La novela de Perón. Hugo Foguet, como buen marino, con su novela Pretérito perfecto da testimonio de este puerto que es Tucumán. En su obra, territorio, gente, historia y circunstancias de nuestra provincia, son el universo todo. “Novela total. Lo nuestro es el centro de lo que existe, desde el big bang al apocalipsis”.
Importante y buena la proliferación de talleres y otros colectivos literarios. Almácigos de la siempre lozana literatura tucumana, que continúa buscando nuevos horizontes.
No (por Fabián Soberón)
Las clasificaciones son útiles pero guardan una dosis de injusticia y de falsedad. Los rótulos son estantes vacíos en el océano de lo real. Lo que hay son las piezas disímiles producidas por individuos. Ninguna pieza es idéntica a la otra. Para Leibniz -según el principio de los indiscernibles-, no puede haber en la naturaleza dos seres que sean iguales entre sí. De modo similar, no podría haber en la producción artística argentina o tucumana, dos libros que sean iguales, salvo aquel libro que busque emular el logro formal de otro. En este sentido, no existe la literatura tucumana en abstracto.
Por otra parte, sería interesante estudiar los plagios, los préstamos, las tendencias como una forma de ver las bifurcaciones, las entradas y las salidas de un “sistema” siempre abierto.
Quizás por eso mismo, es más provechoso pensar las diferencias estéticas y no tanto las similitudes.
A fin de cuentas, en el mundo del arte, recordamos menos la copia que la excepción.
El rótulo busca semejanzas desde un patrón extraño a la producción de libros. Pensar en la literatura argentina como un todo nos sirve para crear un mapa. Pero en la literatura lo que importa no son tanto los mapas como las piezas únicas, las novelas, los poemas o los cuentos que aspiran a provocar el goce en el lector. Lo central es el placer o el aburrimiento. Ningún libro -cualquiera sea su origen- está exento de producir aburrimiento. Desde esta perspectiva, la cuestión del origen es secundaria o trivial. La literatura no tiene una relación fundamental con la geografía. Al lector que abre un libro no le interesa si el verso o la prosa copian la forma de los cerros o de los zigurats de New York. Para el análisis estético no es imprescindible el lugar de pertenencia. Un cuento o una novela van más allá de la cuestión identitaria. Ser tucumano, cordobés o argentino no ayuda a leer mejor o a escribir mejor. ¿Qué tienen en común Tomás Eloy Martínez, Hugo Foguet y Raúl Perrone? La pregunta no debería apuntar a la identidad sino a las diferencias. El análisis artístico enciende la palestra si logra mostrar las virtudes diferenciales, las particularidades, las excentricidades, el hallazgo poético.
La literatura tucumana -como entelequia- no existe. Tampoco existe la literatura argentina como entidad autónoma. Existen los autores nacidos en Tucumán, Hungría o Canadá.
Pero, ¿qué es el nacimiento comparado con la calidad de un verso o de un cuento?
Una totalidad contradictoria (por Liliana Massara)
Tucumán, en los años 20 al 40, trae consigo las voces del paisaje entre tonos y tradiciones. Estas dieron al poeta la luz y las sombras del monte para poetizar sobre el hombre y la tierra: la solidez de la palabra esculpida con los bienes de la naturaleza. Luego, el Grupo de la Carpa intenta desviarse de localismos exacerbados; el proyecto pretendido reclamaba para la poesía “Belleza, Afirmación y Vaticino”, en relación con lo que se producía hasta entonces en la provincia y en la Región.
Tucumán “hizo y hace literatura”; hoy los trazos de esa literatura difieren porque “somos contemporáneos de historias diferentes”, según Enrique Lihn. La cultura está en movimiento, nos inquieta, conduce, indefectiblemente, a construir otros mapas literarios que ya no son sólo los rurales, sino los urbanos, los suburbanos, los del suburbio, en consecuencia, estos espacios delimitan una zona de producción que representa múltiples realidades del lugar, lo que desconcentra, no homogeiniza discursos; apela a nuevos formatos, a una consistencia escrituraria propia a través de propuestas como el microrrelato, y la poesía narrada, géneros representativos del ahora tucumano; sin embargo, la novela está re-descubriéndose, aún aletargada, pero con un legado interesante: Julio, Ardiles Gray, Juan José Hernández; el ahora revalorizado Hugo Foguet; el canónico Tomás Eloy Martínez; los olvidados Marrocchi, Fasolo; en poesía Francisco Galíndez, Mario Casacci; reivindicados poetas como Juan González, Inés Aráoz, y tantos otros.
Hubo un apego pintoresquista; las transformaciones sociales devienen propuestas estéticas mutables; habrá un tono, una referencia “situada” que la aluda, pero no requiere, esta literatura de “atributos” para ser tal; el lugar de nacimiento del autor no es condición sine qua non; ni tampoco que el tema exclusivo sea la tucumanidad. ¿Cuál?
Las representaciones de lo real conllevan “huellas”, una actitud, un lenguaje, pero no se dirime por un modo costumbrista de ser, sino por “los medios estéticos para llegar a un fin”. No hay criterios específicos, para hacer literatura tucumana. Pertenece a una “totalidad contradictoria”, dentro de un sistema que supone diferencias que lo complementan; relaciones complejas de reconocimiento y distribución.
El arte es libre y universal; lo local pervive, elidido o aludido. El Tucumán literario sucede en su relación hombre/mundo, y cada escritor busca sus propios modos de decir.
La región literaria como voluntad (por Rogelio Ramos Signes)
Hay en Tucumán mucha gente que escribe, lo que no quiere decir que exista una literatura tucumana. Tal vez tampoco haya una literatura específica de cada provincia, salvo chispazos aislados del terruño colándose en una problemática global. No sé hasta dónde llegó el intento de los escritores tucumanos en los años 40 para fundar una manera de ver y de definir lo propio.
El manifiesto que pretende darle identidad a cualquier proyecto bienintencionado no siempre llega más allá del empeño puesto en pintar la aldea. Esa voluntad, con mayor o menor suerte, va diluyéndose en la problemática histórica y universal del ser humano.
No creo que un texto escrito por un tucumano configure la literatura de la región; mucho menos si nos atenemos al lugar de nacimiento como punto de partida para esa premisa. La provincia tiene hijos por adopción voluntaria, que son a mi entender los verdaderos comprovincianos. Nada más azaroso que el punto geográfico de un nacimiento. Sólo cuando la experiencia y los escenarios se hacen carne en el ser humano, éste puede decir cuál es su lugar en el mundo. La literatura, simplemente, es un bosquejo de eso.
Así como necesitamos la mirada del otro para confirmar nuestra identidad, es necesario que haya un trabajo crítico sobre la literatura producida en Tucumán; algo así como una piedra en medio de un charco, donde hacer pie para llegar a la otra orilla. Creo que recién a partir de ese proyecto podríamos hablar de una literatura tucumana. Se necesita un punto de partida, objetivo, desinteresado.
Es primordial que exista un trabajo que no sea escrito por los protagonistas; llevar agua al propio molino es un acto folclórico que nunca dio buen resultado. Sólo un lector imparcial podría encontrar los puntos en común entre distintos escritores de un mismo lugar y descubrir la voz propia de esa geografía reescrita y resignificada.
Insisto, o concluyo: no creo que el lugar de nacimiento sea determinante, ni siquiera los temas o los escenarios. La literatura argentina, desde mediados del siglo XIX, abunda en magníficos textos escritos por autores de otras regiones que pintan con claridad territorios donde no nacieron, escenarios que tal vez no conocieron y temas que (más allá del condimento y el maquillaje) son universales. Es el tono, en todo caso, el que da identidad a la literatura producida en una región; la ensimismada visión del individuo que sueña con ser múltiple y que juega a ignorar que el horizonte es una capricho.
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