ACLARACIÓN. “Para concebir fantasías terribles no precisamos ser poetas, sino estar aterrados”, sostiene Ospina. Foto de Penguin Random House.

NOVELA
EL AÑO DEL VERANO QUE NUNCA LLEGÓ
WILLIAM OSPINA (Random House - Buenos Aires)
Este es un libro raro pero fascinante. Al principio parece una historia con rumbo algo indefinido. Luego, su autor, William Ospina, empieza a describir a los cinco personajes principales y a ubicarlos en su contexto temporal: el verano de 1816, en Ginebra. Lo interesante es que el relato lo tiene a él como protagonista, ya que se posiciona abiertamente como narrador y entonces cuenta cómo fue escribiendo el libro. Menciona a Buenos Aires como escenario fundacional para contar los hechos, habla de los viajes que hizo por Europa y América y que, de distinta manera, contribuyeron al trabajo final. No se olvida de grandes escritores, a quienes cita a través de frases hermosísimas. Entre ellos, destaca a nuestro Jorge Luis Borges, sobre quien hará una referencia en la entrevista que le hizo este diario.
Ospina maneja los tiempos -yendo y viniendo- de manera magistral. Se mete dentro de cada personaje y logra que el lector sea cómplice. Uno viaja con él. De tanto en tanto escribe cosas como “para concebir las fantasías más terribles no precisamos ser poetas sino estar de verdad aterrados”. Los temores que tuvo al recorrer, doscientos años después, los escenarios en que sucedieron los hechos, los transcribe con las palabras justas.
Habla del azar (¿o destino?) y ejemplifica con cosas que le sucedieron y no sabe cómo calificarlas. Por ejemplo, entrar a Google a buscar información del tema y encontrar que ese mismo día se cumplían 197 años del nacimiento de la hija de Byron, Ada Lovelace. “Algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar, rige estas cosas”, cita a Borges.
“Tu no sabes, en el momento en que vives las cosas, para qué las estás cosechando”, escribe. También dice que “quizás el secreto no está para ser descifrado sino apenas para ser advertido. Lo nuestro no es el paraíso sino demorar ansiosamente su llegada”.
El año del verano que nunca llegó no es sólo la historia de una noche. Es la historia de esa noche y de dos libros clásicos y es la historia de muchos otros libros y de escritores y de personas. Es, por ende, nuestra propia historia. O tal vez, como escribió en la dedicatoria de mi ejemplar, sea simplemente “un viaje a la fuente de los mitos románticos”.
© LA GACETA
ALEJANDRO DUCHINI

Fragmento de

Fragmento de
El año del verano que nunca llegó*
Por William Ospina
Ya se sabe cómo es: de Mary Wollstonecraft pasé a Shelley, de Shelley a Byron, de Byron a Polidori, de Polidori a Villa Diodati, y a medianoche estaba leyendo sobre El paraíso perdido y sobre la visita que hizo Milton en 1638 a Galileo Galilei en Italia. En los días siguientes me interesé por la isla de Sumbawa, y por el contrahecho monte Tambora, que hoy tiene 2.850 metros de altura pero que hace dos siglos tenía más de 4.300. Me sorprendió que la erupción de un volcán a mediados de 1815, en Indonesia, hubiera sido una de las causas eficientes del nacimiento en Occidente de la moderna leyenda del vampiro y de la pesadilla del ser viviente hecho con fragmentos de cadáveres.
Sentí el extraño agrado de ver cómo se unían en una sola historia, que yo presentía vagamente, las vidas de Byron y Shelley con la catástrofe de una erupción volcánica en los mares del sur, con un tsunami en las costas de Bali, con esa nube de azufre y ceniza y cristales volcánicos que ennegreció el cielo de la península de Indochina y que los monzones se fueron llevando hacia el norte, desatando el cólera en la India y ahogando muchedumbres en las inundaciones del Yangtsé y del río Amarillo.
* Random House.







