El otro Bicentenario
La ciencia ficción se creó en una noche de hace dos siglos. La fascinante historia de la noche en que Mary Shelley dio vida a Frankenstein, engendrando una extraordinaria herencia literaria, es narrada por el colombiano William Ospina -ganador del máximo galardón literario de América latina- en El año del verano que nunca llegó, su último libro.

PERFIL
Escritor y periodista, William Ospina nació en la ciudad colombiana de Tolima en 1954. Viajero del mundo, publicó ensayos como Aurelio Arturo, Es tarde para el hombre y Los nuevos centros de la esfera. También las novelas Ursúa y El país de la canela. Entre otros premios, ganó el Rómulo Gallegos, el máximo galardón literario de América Latina.
Por Alejandro Duchini
PARA LA GACETA - BUENOS AIRES
Para entender la siguiente entrevista hay que viajar en el tiempo. A junio de 1816. A una noche en la que en la mansión Villa Diodati, en Ginebra, nacieron dos de los mitos más terroríficos que se conocen: Frankenstein y El Vampiro. Hacía frío y afuera el ambiente era profundamente misterioso. Por el mal tiempo, no se podía salir. Adentro estaban reunidos mitos del romanticismo: Lord Byron como anfitrión, las hermanastras Claire Clairmont (amante de Byron) y Mary Shelley, el médico y amigo de Byron John Polidori y el poeta Percy Shelley. Famoso por su perversidad, Byron agregó más miedo a la madrugada y propuso que cada uno escriba un cuento de terror. Mary escribió Frankenstein, que se publicó dos años después y se convirtió en un clásico. Polidori apeló a una metáfora por su sentimiento secreto hacia Byron y le salió El Vampiro, que más tarde Bram Stoker haría popular como Drácula. Esa historia, sus consecuencias (las muertes de casi todos ellos fueron tempranas y en algunos casos trágicas) y lo que vivió el propio William Ospina para contarla se puede leer en El año del verano que nunca llegó (Random House).
- ¿Qué siente afectivamente por estos personajes?
- Creo que para dedicar cuatro años o más a seguir el rastro a estos hechos o personas, tiene que ser porque se trata de algo que tiene afinidad con uno. Siempre me atrajo el Romanticismo como movimiento. Publiqué hace unos veinte años Es tarde para el hombre. El primero de esos ensayos se llama Los románticos y el futuro. Me pregunto si la humanidad podrá sobrevivir en un mundo sin dioses y sin sentido de lo sagrado. Esas son preguntas que me perseguían desde antes de meterme en esta historia. Cuando me encontré con los datos, descubrí que cabían muchas de mis preguntas y obsesiones. Tal vez por eso pude seguir durante tanto tiempo en esa búsqueda.
- ¿Cuáles son sus obsesiones?
- Muchas. Pero este ha sido un momento central de mi vida literaria. Lo siento así porque me ha sido posible desplegar mi interés por un montón de cosas sin sacrificar el proceso puramente estético. Si hubiese escrito sólo un ensayo sobre este tema, habría sentido que sacrificaba un costado de imaginación, de sensibilidad y de esta historia que es bella, porque si bien plantea preguntas y tiene temas para la reflexión, discurre como hechos, como cuadros. Ahí están la erupción del volcán que tanto terminó por influir en la cultura de Occidente, la niebla, el nacimiento de los monstruos y las consecuencias de ese encuentro, el suicidio de Polidori, la aventura guerrera de Byron, el naufragio de Shelley. Me parece admirable que Mary Shelley, a sus 18 años, haya creado a Frankenstein y se haya hecho un destino literario. Es una de las creadoras de un nuevo género literario: la ciencia ficción. No deja de ser llamativo que haya encontrado las claves de un género que supo acompañar a la humanidad durante dos siglos. Ella planteó preguntas esenciales: ¿es posible la inteligencia artificial?, ¿terminaremos en manos de las máquinas? Adivinó preguntas que hoy nos seguimos haciendo. Además, son incontables las prolongaciones de Frankenstein en la literatura, en el cine. Por ejemplo, Blade Runner.
- Se buscan otras creaciones para alcanzar la perfección. Pero parece que no existe la vida perfecta.
- Es que tal vez lo que nos ha permitido vivir una aventura creadora en la tierra haya sido nuestra imperfección. Chesterton, comentando a Robert Browning, solía decir que nuestras mayores esperanzas deberíamos cifrarlas en la imperfección de los humanos, porque si fuéramos perfectos, pronto sería perfecta nuestra dictadura y nuestra soberbia. Nuestra imperfección nos enseña a aprender, a buscar caminos, a resolver problemas. Chesterton decía también que no sólo nos inspira confianza la imperfección humana, sino también la imperfección de Dios ha sido estimulante para nosotros.
- En este contexto, ¿cómo entender la divinidad?
- Como un equivalente del universo. Todo es sagrado y divino en la medida en que todo es profundamente misterioso. En la medida en que existe ese misterio, todo en nuestra vida es milagroso. Basta que levantemos la vista de los acontecimientos cotidianos y nos fijemos en la plenitud de la vida, en la diversidad de la vida, en este planeta que Stephen Hawking llama la tercera piedra después del sol. Basta con que comparemos este planeta con los vecinos para que entendamos que este es un milagro. El agua, el oxígeno, las plantas, los animales, los climas. Que todo sea propicio es admirable.
- ¿Qué le causa la vigencia de aquellos hechos que narra?
- Pienso que toda la gran literatura universal es contemporánea. Deja de estar atrapada en los límites de su tiempo. Homero es tan significativo para nosotros como lo fue para los griegos de hace 25 siglos. Esa extraordinaria actualidad de sus lenguajes y temas significa que logró trascender a las limitaciones de su época. Eso también lo podemos decir de Virgilio, Dante y de Shakespeare. Mientras que hay obras literarias escritas hace 20 años que nos parecen envejecidas, que no nos dicen nada. Estos jóvenes de hace apenas dos siglos son nuestros contemporáneos y lograron ver algunas cosas de lo que iba a ser nuestra época y que a veces incluso nosotros mismos no vemos. Por ejemplo, vieron nacer la era industrial y hasta observaron algunos de sus límites.
Qué leer y por qué
-¿Recomienda leer los clásicos?
-Siempre. Recién, si queda tiempo, algo contemporáneo. Pero sólo si queda tiempo. Porque en cualquier clásico está la actualidad. En eso consiste ser clásico.
En tener un mensaje que nos alcanza a todos. Es asombroso leer La Ilíada y sentir que el drama de los jóvenes de las barriadas de esas ciudades está perfectamente descripto en el carácter de esos héroes o médicos de hace 25 siglos. Por algo un libro como La divina comedia es el más citado en la poesía y en la literatura del Siglo 20. Por algo Joyce escribió Ulises para hacer una especie de parodia o versión paralela de La odisea homérica, también para mostrar que en un día en la vida de un hombre de una ciudad contemporánea pueden ocurrir tantos hechos fantásticos como en los diez años que tardó Odiseo viajando por el Mediterráneo para llegar a su casa.
- ¿Por qué lee?
- Está más allá de mis razonamientos. Desde que aprendí a leer y tuve mi primer contacto con cuentos, poemas y relatos, se creó en mí una necesidad que es casi un vicio. No puedo vivir sin leer. Forma parte de la respiración natural de la mente. Eso me ayuda a mantener la salud mental. Siento que la mente tiende a la repetición y que es necesario darle diversidad. Si no, es fácil caer en las adicciones de cualquier género. En esta época la gente se vuelve adicta a la droga, la tecnología, los espectáculos, la televisión y los juegos. La diferencia con la adicción a la lectura es que la lectura enriquece. Con un libro uno empieza un viaje a la variedad de emociones, sentimientos y aprendizajes. La literatura existe para salvar a las sociedades desde la lectura.
- ¿Qué siente al escribir?
- Hay una interacción indisoluble entre lo material y lo espiritual. Nuestra cultura nos ha enseñado que nuestro espíritu viene por un lado y la materia va por otro y que el espíritu es superior. No puedo creerlo. Creo que ambos dependen del otro. La cultura que hemos creado forma parte de la naturaleza y eso se siente sobre todo en el arte. Al arte le gusta más testificar lo que existe que modificarlo. En esa medida, creo que escribo más para agradecer por lo que existe que para inventar cosas nuevas. Las cosas nuevas que se pueden inventar son apenas alteraciones de lo que ya existe.
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