03 Abril 2016 Seguir en 

Por Dolores Caviglia
PARA LA GACETA - TUCUMÁN
PERFIL
Selva Almada nació en Entre Ríos, en 1973. Desde la publicación su novela de El viento que arrasa (2012) se han multiplicado sus lectores y los elogios de la crítica en distintos países de habla hispana. También es autora de Mal de muñecas, Niños, Una chica de provincia, Ladrilleros y Chicas muertas.
- ¿Cuándo y cómo nace la idea de este libro?
- La mayoría de los relatos incluidos en el libro se habían publicado en otro, Una chica de provincia. Este libro estaba descatalogado, así que la primera idea fue reeditarlo. Luego, charlando con la editora, nos dimos cuenta de que había otros relatos que habían aparecido sueltos en antologías o revistas y ahí se nos ocurrió pensar un solo volumen que incluyera además esos cuentos sueltos. Tampoco todos, sino una selección que cuajara con ese universo.
- ¿Cuán importante es la geografía en la historia?
La mayoría de estos relatos están ambientados en Entre Ríos, la provincia donde nací y me crié y viví buena parte de mi vida. Muchos de ellos son autobiográficos y en ese sentido la geografía es fundamental porque está muy ligada a esos recuerdos, a esa parte de mi vida que seguramente hubiera sido diferente en otra región.
- ¿Y el título?
- El título del libro es el de uno de los relatos, con una ligera variante. No se me ocurrió a mí titular el libro de este modo, sino a mi editora. La verdad es que no se me ocurría un título que de algún modo contuviera todos los relatos. Me gustaba mucho “Un verano” -que también es el título de uno de los cuentos-, pero hacía poco se había publicado una novela de otro autor argentino con ese título. Y entonces ella me propuso “El desapego es una manera de querernos” y aunque yo no lo había visto, me di cuenta de que esa frase sintetizaba un poco el espíritu del libro que habla de los lazos familiares, amorosos, pero también del desapego, del abandono, de cierta manera distanciada de querer o relacionarse.
- ¿Con qué técnicas se construye un personaje?
- No sé nada de técnicas ni me interesan. Un personaje se construye escribiendo, cuando uno se pone en sus zapatos, probando. No hay secretos.
- ¿Cómo es el proceso para meterse en la cabeza de un niño y hablar desde allí? Las fantasías de la infancia, las máximas…
Todo eso está muy fresco en mí, aunque tengo más de 40 años. Los niños son seres que me provocan mucha curiosidad, que en general me parecen de una valentía tremenda. Me generan admiración. Siempre digo que hay que tener mucha fortaleza para atravesar vivo la infancia. Los niños siempre están muy solos, siempre son ellos solos contra el mundo espantoso de los adultos. Por eso mi personaje más querido se llama Niño Valor.
- ¿Y desde qué lugar está narrado el mundo adulto?
- Está narrado con cierta pena: nostalgia por todo lo que dejamos de ser cuando vamos creciendo, por ser desterrados del mundo de la imaginación y de la fantasía. Los niños de mis relatos sienten bastante pena también por los adultos que piensan que los crían y que los forman, que deben ser obedecidos, etcétera.
© LA GACETA
PARA LA GACETA - TUCUMÁN
PERFIL
Selva Almada nació en Entre Ríos, en 1973. Desde la publicación su novela de El viento que arrasa (2012) se han multiplicado sus lectores y los elogios de la crítica en distintos países de habla hispana. También es autora de Mal de muñecas, Niños, Una chica de provincia, Ladrilleros y Chicas muertas.
- ¿Cuándo y cómo nace la idea de este libro?
- La mayoría de los relatos incluidos en el libro se habían publicado en otro, Una chica de provincia. Este libro estaba descatalogado, así que la primera idea fue reeditarlo. Luego, charlando con la editora, nos dimos cuenta de que había otros relatos que habían aparecido sueltos en antologías o revistas y ahí se nos ocurrió pensar un solo volumen que incluyera además esos cuentos sueltos. Tampoco todos, sino una selección que cuajara con ese universo.
- ¿Cuán importante es la geografía en la historia?
La mayoría de estos relatos están ambientados en Entre Ríos, la provincia donde nací y me crié y viví buena parte de mi vida. Muchos de ellos son autobiográficos y en ese sentido la geografía es fundamental porque está muy ligada a esos recuerdos, a esa parte de mi vida que seguramente hubiera sido diferente en otra región.
- ¿Y el título?
- El título del libro es el de uno de los relatos, con una ligera variante. No se me ocurrió a mí titular el libro de este modo, sino a mi editora. La verdad es que no se me ocurría un título que de algún modo contuviera todos los relatos. Me gustaba mucho “Un verano” -que también es el título de uno de los cuentos-, pero hacía poco se había publicado una novela de otro autor argentino con ese título. Y entonces ella me propuso “El desapego es una manera de querernos” y aunque yo no lo había visto, me di cuenta de que esa frase sintetizaba un poco el espíritu del libro que habla de los lazos familiares, amorosos, pero también del desapego, del abandono, de cierta manera distanciada de querer o relacionarse.
- ¿Con qué técnicas se construye un personaje?
- No sé nada de técnicas ni me interesan. Un personaje se construye escribiendo, cuando uno se pone en sus zapatos, probando. No hay secretos.
- ¿Cómo es el proceso para meterse en la cabeza de un niño y hablar desde allí? Las fantasías de la infancia, las máximas…
Todo eso está muy fresco en mí, aunque tengo más de 40 años. Los niños son seres que me provocan mucha curiosidad, que en general me parecen de una valentía tremenda. Me generan admiración. Siempre digo que hay que tener mucha fortaleza para atravesar vivo la infancia. Los niños siempre están muy solos, siempre son ellos solos contra el mundo espantoso de los adultos. Por eso mi personaje más querido se llama Niño Valor.
- ¿Y desde qué lugar está narrado el mundo adulto?
- Está narrado con cierta pena: nostalgia por todo lo que dejamos de ser cuando vamos creciendo, por ser desterrados del mundo de la imaginación y de la fantasía. Los niños de mis relatos sienten bastante pena también por los adultos que piensan que los crían y que los forman, que deben ser obedecidos, etcétera.
© LA GACETA
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