Galeano inédito

Este es un adelanto de El cazador de historias *, libro póstumo del genial uruguayo que llegará a las librerías la semana próxima. Galeano reúne historias que reflejan facetas de un mundo desequilibrado y desconcertante, como también textos que revelan los motores de su oficio.

03 Abril 2016
Nota del editor
Por Carlos E. Díaz 

En sus últimos meses de vida siguió haciendo una de las cosas que más disfrutaba hacer, que era escribir y pulir los textos una y otra vez. Había empezado una nueva obra, de la que dejó escritas unas cuantas historias; le gustaba la idea de llamarla Garabatos. Luego de su muerte, cuando fue posible retomar el plan de publicar El cazador de historias, volvimos sobre ese proyecto inacabado, releímos las historias y sentimos que varias de ellas tenían tanto en común con las de El cazador que merecían integrarse al volumen. Por eso, una veintena de esos “garabatos” forman parte de este libro. Varios de ellos tenían como tema la muerte. Eduardo siempre fue un hombre sobrio, quizás haciendo honor a sus genes galeses de los que tanto renegaba, y no solía hablar en tono grave de sus enfermedades o dolencias, ni siquiera en los últimos tiempos. Este puñado de textos parecían ser una huella de lo que imaginaba o pensaba sobre la muerte. Son tan bellos e impactantes que quisimos incluirlos, y para eso nos permitimos sumar una cuarta parte al libro original. A esta sección le dimos el título de un poema que él había dispuesto como cierre del volumen, y que efectivamente clausura esta obra: “Quise, quiero, quisiera”.

Carlos E. Díaz - Editor de Siglo XXI.


Por Eduardo Galeano

Huellas 

 El viento borra las huellas de las gaviotas. Las lluvias borran las huellas de los pasos humanos. El sol borra las huellas del tiempo. Los cuentacuentos buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se borran

Elogio del viaje

 En las páginas de Las mil y una noches, se aconseja: -¡Márchate, amigo! ¡Abandónalo todo, y márchate! ¿De qué serviría la flecha si no escapara del arco? ¿Sonaría como suena el armonioso laúd si siguiera siendo un leño?

Los libres

 En los días, los guía el sol. En la noche, las estrellas. No pagan pasaje, y viajan sin pasaporte y sin llenar formularios de aduana ni de migración. Los pájaros, los únicos libres en este mundo habitado por prisioneros, vuelan sin combustible, de polo a polo, por el rumbo que eligen y a la hora que quieren, sin pedir permiso a los gobiernos que se creen dueños del cielo.

Los náufragos 

El mundo viaja. Lleva más náufragos que navegantes. En cada viaje, miles de desesperados mueren sin completar la travesía hacia el prometido paraíso donde hasta los pobres son ricos y todos viven en Hollywood. No mucho duran las ilusiones de los pocos que consiguen llegar.

Encuentros 

Tezcatlipoca, dios negro, dios mexicano de la noche, envió a su hijo a cantar junto a los cocodrilos músicos del cielo. El sol no quería que ese encuentro ocurriera, pero la belleza prohibida no le hizo caso y reunió las voces del cielo y de la tierra. Y así se unieron, y aprendieron a vivir unidos, el silencio y el sonido, los cánticos y la música, el día y la noche, la oscuridad y los colores.

La explicación

 El fraile dominico Antonio de la Huerte escribió, en 1547, a propósito de las rarezas de América: Se diría que, en el día de su creación, al Señor le temblaba un poco el pulso.

La piel del libro 

Él nos dio y nos da mucho placer, pero recibió poco o ninguno. Tsai Lun, eunuco, miembro de la corte imperial china, inventó el papel. Fue en el año 105, tras mucho trabajar con la corteza del árbol de la mora y otros vegetales. Gracias a Tsai Lun, ahora podemos leer y escribir acariciando la piel del libro, mientras sentimos que son nuestras las palabras que nos dice.

Por qué escribo/1

 Les quiero contar una historia que para mí fue muy importante: mi primer desafío en el oficio de escribir. La primera vez que me sentí desafiado por esta tarea. Ocurrió en el pueblo boliviano de Llallagua. Yo pasé ahí un tiempito, en la zona minera. El año anterior había ocurrido la matanza de San Juan ahí mismo, cuando el dictador Barrientos fusiló a los mineros que estaban celebrando la noche de San Juan, bebiendo, bailando. Y el dictador, desde los cerros que rodean el pueblo, los mandó ametrallar. Fue una matanza atroz y yo llegué más o menos un año después, en el 68, y me quedé un tiempo gracias a mis habilidades de dibujante. Porque, entre otras cosas, siempre quise dibujar, pero nunca me salía demasiado bien como para que sintiera el espacio abierto entre el mundo y yo. El espacio entre lo que podía y lo que quería era demasiado abismal, pero se me daba más o menos bien para algunas cosas, como por ejemplo, dibujar retratos. Y ahí, en Llallagua, retraté a todos los niños de los mineros e hice los carteles del carnaval, de los actos públicos, de todo. Era buen letrista, entonces me adoptaron y la verdad que lo pasé muy bien, en aquel mundo helado miserable, con una pobreza multiplicada por el frío. 238 Y llegó la noche de la despedida. Los mineros eran mis amigos, y entonces me hicieron una despedida con mucha bebida. Bebimos chicha y singani, una especie de grapa boliviana muy rica pero un poco terrible; y estábamos ahí celebrando, cantando, contando chistes, a cuál más malo, y yo sabía que a las cinco o seis de la mañana, no recuerdo bien, sonaría la sirena que los llamaría al trabajo a la mina, y ahí se acabaría todo, hora de decir adiós. Cuando se acercaba el momento, me rodearon como para acusarme de algo. Pero no era para acusarme de nada, era para pedirme que les dijera cómo era la mar. Dijeron: -Ahora dinos cómo es la mar. Y yo me quedé un poco atónito porque no se me ocurría nada. Los mineros eran hombres condenados a la muerte temprana por el polvo de silicosis en las tripas de la tierra. En los socavones, el promedio de vida en aquel tiempo era de 30, 35 años, y de ahí no pasaba. Sabía que ellos nunca verían la mar, que iban a morirse mucho antes de cualquier posibilidad de verla, ya que además estaban condenados por la miseria a no moverse de ese humildísimo pueblito de Llallagua. Así que yo tenía la responsabilidad de llevarles la mar, de encontrar palabras que fuesen capaces de mojarlos. Y ese fue mi primer desafío como escritor, a partir de la certeza de que escribir, para algo, sirve.

El asustador 

Allá por el año 1975 y 1976, antes y después del cuartelazo que impuso la más feroz de todas las dictaduras militares argentinas, llovían las amenazas y desaparecían, en la niebla del terror, los sospechosos de pensar. Orlando Rojas, exiliado paraguayo, atendió el teléfono en Buenos Aires. Una voz repitió lo mismo de todos los días: -Le comunico que usted va a morir. -¿Y usted no? -preguntó Orlando. El asustador cortó la comunicación.

Viaje al Infierno

 Hace ya algunos años, durante una de mis muertes, visité el Infierno. Yo había escuchado que en esos abismos te sirven el vino que prefieras y los manjares que elijas, amantas y amantes para todos los gustos, música bailandera, gozadera infinita... Y una vez más confirmé que la publicidad miente. El Infierno promete la gran vida, pero yo no encontré nada más que un gentío haciendo fila. La larguísima fila, que se perdía de vista en esos desfiladeros humeantes, estaba formada por mujeres y hombres de todos los tiempos, desde los cazadores de las cavernas hasta los astronautas del espacio sideral. Ellas y ellos estaban condenados a esperar. A esperar desde siempre y para siempre. Eso descubrí: el Infierno es la espera.

Al fin de cada día 

El sol nos ofrece un adiós siempre asombroso, que jamás repite el crepúsculo de ayer ni el de mañana. Él es el único que se marcha de tan prodigiosa manera. Sería una injusticia morir y ya no verlo.

* Siglo XXI.  




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