La nueva novela de Vargas Llosa

Política, sexo y periodismo en una historia con la tensión de un policial

PROFETA DE SU TIERRA. La historia que aborda el Nobel peruano transcurre en la década del 90 en su país. REUTERS PROFETA DE SU TIERRA. La historia que aborda el Nobel peruano transcurre en la década del 90 en su país. REUTERS
27 Marzo 2016

NOVELA

CINCO ESQUINAS

Mario Vargas Llosa

(Alfaguara - Buenos Aires) 

Muchos se resisten a leer a Mario Vargas Llosa por sus convicciones ideológicas y ciertas declaraciones políticamente incorrectas que hizo. Pero nadie puede negar -lo hayan leído o no- que su importancia en la literatura latinoamericana, cuando no universal, es mayúscula.

Tras haber publicado la monumental Conversación en la Catedral, Vargas Llosa se convirtió en un ícono de la literatura latinoamericana, y a partir de entonces continuó con una extensa lista de novelas, algunas mejores que otras, en las que abundan las referencias y temas de la política peruana.

Su nueva novela contiene grandes dosis de política, terrorismo, sexo y periodismo amarillo, con una tensión propia de una novela policial. La historia transcurre en la década del 90 en Perú, durante la dictadura de Fujimori. El dueño de un periódico de chismes intenta chantajear a Quique, un empresario millonario, con unas fotos en las que éste, que tiene una reputación que cuidar, aparece participando de una orgía. A su vez, la mujer de Quique comienza a tener un devaneo homosexual con su mejor amiga de toda la vida. La novela abunda en asesinatos, sorpresas, historias de rencores y frustraciones, y tiene una intensidad sexual narrada de manera espléndida. Una de las grandes virtudes de Vargas Llosa es que puede incluir en sus obras un contenido político explícito y no morir en el intento; sino todo lo contrario (sería un buen ejercicio preguntarnos qué escritor argentino es capaz de concebir una novela aceptable con alusiones directas a, por ejemplo, la década de Menem).

Precisión y ritmo

Como punto débil, hay alusiones quizás excesivas al terrorismo y ciertos facilismos que procuran, seguramente, hacer la novela asequible al gran público.

No obstante, Vargas Llosa, un maestro de la estructura narrativa, asombra con la precisión en el registro de los personajes que, a pesar de los regionalismos peruanos, uno siente que hablan un castellano perfectamente familiar. A ello se le suma, en Cinco Esquinas, un ritmo propio de un thriller.

En definitiva, el mérito de Cinco Esquinas no es propio de especificidades de esta novela puntual, sino de elementos y recursos que son comunes a todas las novelas de Vargas Llosa.

© LA GACETA

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Pablo Nardi


Fragmento de Cinco esquinas

Por Mario Vargas Llosa

- Pueden ser fotos arregladas, ahora los fotógrafos falsifican cualquier cosa -intentó tranquilizarla ella.

En su media lengua, como si no la oyera, Marisa le contó que su marido se había levantado tempranito igual que de costumbre, habían desayunado juntos y había partido a la oficina antes de las ocho. Y, en ese mismo momento, Marisa recibió la primera llamada. Su prima Alicia, que estaba llevando a su hijito al Colegio San Agustín, se había quedado pasmada cuando, en un semáforo, un canillita le metió al auto esa inmunda revista. Y, por supuesto, la compró al ver que Quique estaba en la carátula. ¡Y calato, como lo oyes, calato! También su prima creía que era un fake, que habían amañado esas fotos, era imposible que Quique hiciera semejantes cosas. Marisa mandó comprar la revista y todavía no podía dar crédito a lo que mostraban esas páginas asquerosas. ¡Toda la revista consagrada a la tal orgía de Chosica! Tuvo arcadas, vómitos. Y ya no pararon las llamadas, todas las malditas chismosas de Lima parecían al tanto. Y muy pronto empezaron a llamar también a las radios, los periódicos, las televisiones. Una revista que Marisa ni siquiera sabía que existía hasta ahora. Sí, tenía que ser una falsificación, ¿no es cierto? Porque, repetía una y otra vez como para convencerse a sí misma, no era posible que Quique hiciera esas cosas. Lo peor era que todavía no podía hablar con él. Había desaparecido de su oficina o se hacía negar; su secretaria se contradecía, aseguraba que no había llegado o que acababa de salir de urgencia. Seguramente los malditos periodistas lo estaban buscando y el pobre se había escondido en alguna parte para librarse de ellos. Pero ¿cómo era posible que no la llamara para tranquilizarla, para darle alguna explicación, para decirle que eso era mentira y que prontito vendrían los desmentidos y todo se aclararía?

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