Tras las vacaciones hay que volver al trabajo con proyectos

Hay personas que sufren cuando tienen que retomar las obligaciones. Eso se debe al hecho de que no se plantean objetivos para desarrollar a lo largo del nuevo año.

15 Febrero 2004
Muchas personas sufren cuando deben volver al trabajo después de las vacaciones. Ocurre que estas están relacionadas con el el placer; son sinónimos de juego, de despreocupación, de la vida al margen del tiempo, así como de emociones positivas (alegría, descanso, tranquilidad, amor o esparcimiento). Todo esto tiene una connotación lúdica y retrotrae a los años de la infancia, adonde el juego es un fin en sí mismo. En la vida adulta, en cambio, impera el principio de realidad y el de las obligaciones; el trabajo debe hacerse en un tiempo que siempre es finito.
En definitiva, el mundo laboral, como lo técnico, está ordenado hacia un fin posterior, mientras que cuando se juega todo se agota ahí. Lo lúdico -la infancia- da la idea de libertad, porque no está la obligación o el deber. En cambio, cuando reina el principio de realidad -el trabajo- hay emociones positivas, pero se agregan también las negativas (el enojo, la ira, el miedo y hasta la desesperación).
En consecuencia, tras las vacaciones, están contentos de volver al trabajo o a las obligaciones quienes tienen objetivos personales o laborales que cumplir. Así, por ejemplo, el joven que estudia Medicina y que quiere recibirse a mediados de año, está ansioso por empezar a rendir. Pero si eligió la carrera por imposición paterna, seguramente, no estará muy feliz. Los otros, los que no tienen objetivos, caminan por la vida porque así les dijeron que debían hacerlo; no se cuestionan nada. También están los que declaman tener fines, pero hacen poco por concretarlos. Dicen que se quieren recibir pronto, pero si alguien, por ejemplo, los invita a seguir de vacaciones, lo hacen. Esto pasa porque, en los hechos, no se toman tan en serio los objetivos. La falta de motivación está relacionada con la falta de fines propios.

Una tensión doble
Las vacaciones son un corte, implican la finalización de un ciclo; por ello, hay gente que prefiere dejar todo listo antes de irse. La vuelta, entonces, les plantea la incertidumbre acerca de si las cosas estarán como las dejaron. Las vacaciones, en cuanto cambio, generan un estrés a la ida y otro a la vuelta.
El estrés al salir se da porque uno trata de dejar todo ordenado y porque trata de que las vacaciones sean satisfactorias, para uno o para la familia.
Lo segundo requiere una explicación más larga. El trabajo no es sólo una fatiga física, un esfuerzo o una mercancía que se intercambia por un salario; cuando se reduce a eso se pierde el sentido humano, que consiste en transformar a una materia en una obra cultural. Cuando esto sucede, el hombre disfruta de él y se perfecciona, porque el objetivo es poseer el fruto de su tarea. Entonces, ama su propia obra, que es una prolongación de su ser. En este caso, el estrés se produce a la vuelta de las vacaciones porque, con la ausencia, se pierde el control sobre las cosas. Los cambios son permanentes e independientes de la voluntad y de la conciencia del empleado que está lejos. La crisis se da porque él se pregunta: ¿con qué me encontraré? ¿Las cosas estarán como las dejé? Se trata de una prueba. Piensa que, en la ausencia, otros pudieron hacer las mismas cosas y mejor. Entonces, el desafío pasa por saber si sigue a la altura de las circunstancias y si merece el puesto que tenían al irse.
Las vacaciones son absolutamente necesarias, porque implican un descanso, una suspensión temporal del trabajo y del estudio; ellas sirven para la reflexión, para la introspección, para hacer una lectura crítica de la propia vida. Esto último no se puede hacer en medio de la vorágine laboral, en la que hay que andar a toda velocidad.
El trabajo, para ser querido y convertirse en algo amable, tiene que tener una misión, un proyecto. Es clave la colaboración de los otros y, sobre todo, que haya beneficiarios. La labor más gratificante es la solidaria, la que trasciende a uno. Quienes padecen con la vuelta son quienes no ven en él un fin trascendente; son quienes se quedan con el trabajo como fatiga y como manera de solucionar las necesidades materiales. Por eso, sufren la pérdida de esos 15 días de paraíso que son las vacaciones.

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